(cultura) Pensamiento pedagógico latinoamericano:

“Caminando se siembra”: Gabriela Mistral, educadora

Gabriela Mistral fue una de las poetisas más notables de la literatura chilena e hispanoamericana. En 1945 fue galardonada con el primer Premio Nobel de Literatura para un autor de este continente. Sin embargo, no es el foco al que apuntamos en nuestras páginas. Por ahora nos interesa su legado como educadora en su vinculación vital con los sectores de escasos recursos, así como también su obra pedagógica, la cual continúa siendo objeto de estudio y de controversia. Resulta difícil enmarcar el pensamiento de Gabriela Mistral en una sola vertiente y conseguir una síntesis de su visión. Precisamente por la hondura y trascendencia de su trabajo, sería aventurado y erróneo encontrarlo. No obstante, si se tuviera que establecer un factor común en toda la obra mistraliana, nos encontramos con el inmenso amor con que ella realizaba todos sus trabajos.

Sobre su vida

al recibir el Nobel

La conocemos como Gabriel Mistral, pero su verdadero nombre es Lucila Godoy Alcayaga. Del escritor francés Frédéric Mistral toma el apellido y del poeta italiano Gabriele D´ Annunzio el nombre. Nació un 7 de abril de 1889 en la ciudad de Vicuña, Chile. Tuvo por padre a Juan Jerónimo Godoy un maestro rural, quien la abandonó cuando apenas tenía tres años, y por madre a Petronila Alcayaga. Lucila Godoy maestra, mujer, poeta y ciudadana, tal como la definió Andrés Henestrosa en el prólogo del libro Lecturas para maestros tuvo una infancia muy difícil en uno de los parajes más desolados de Chile. Cuando tenía nueve años fue castigada por la directora y profesores, quienes la acusaron, por equivocación, de ladrona y por eso la apedrearon sus compañeros.  A esto se suma que, a los 12 años, a partir de un test de medición del coeficiente intelectual, se le diagnosticaron dificultades de aprendizaje (Pincheira, 1989). Pese a todo, a los quince años comenzó a estudiar magisterio. A esa edad ya se ganaba el pan por sí misma como maestra rural en la escuela de La Compañía Baja, un pueblo en el norte de Chile. A partir de esta experiencia, su fidelidad a los campesinos, tanto en sus escritos como en su vida social y privada, será permanente. Debido a esta íntima pertenencia, nunca se amalgamó con las costumbres sociales ni con los intereses de la burguesía chilena, lo que le valió, en su tiempo, situaciones de aspereza y de rechazo por parte de estos sectores sociales

En 1910 recibe el título de maestra primaria iniciando así su recorrido por los Liceos de Traiguén, Antofagasta, Los Andes, Punta Arenas, Temuco y Santiago. Su servicio al sistema escolar formal concluye en 1922 con su viaje a México, cuando estrecha lazos intelectuales con otro de los exponentes del pensamiento pedagógico en nuestro continente: José Vasconcelos, quien la invita a una suerte de cruzada educacional, hecho que marcaría esta etapa de su vida. Así lo expresa ella misma: “el ministro Vasconcelos había desatado sobre el país una especie de movilización general a favor de la enseñanza rural. Había muchas reformas en preparación y en marcha, pero dos lo llenaban todo: la reforma agraria y la de la escuela campesina…no he visto pueblo más respondedor a una voluntad prócer de cultura y tampoco he conocido un movimiento pedagógico de entraña más popular” (en Valenzuela, 2002). La semilla ya está cultivada para que empezar a enseñar las primeras letras a campesinos, obreros, hombres y mujeres indígenas. Esta nueva experiencia la llevó a inventar un método para enseñar a escribir y a leer a la gente del campo y comunidades marginales, a crear la escuela nocturna para trabajadores, a organizar las bibliotecas ambulantes y las enriqueció con miles de títulos en poco tiempo. Publica artículos en revistas y diarios del continente y de Europa, asumiendo con vigor la tarea de difundir la cultura y literatura chilena y latinoamericana, Dictó conferencias en casi todo el mundo a partir de su cargo como cónsul de Chile en Italia, España, Portugal, Brasil, Nueva York, Los Ángeles y muy especialmente a través de sus actividades en el Instituto de Cooperación Intelectual de la Sociedad de las Naciones (Saavedra: 1958). De este modo, la maestra rural se convierte en una figura de fuerte presencia cultural en Europa y América.

Su pensamiento se adelantó en muchos años a preceptos legales que establecen la igualdad para todos los individuos. Reconoció el talento como única supremacía. Para ella, las puertas de la escuela deben estar siempre abiertas a todos sin importar el origen o clase social.  Defendía con ahínco los derechos de la madre soltera frente a una sociedad ajena a toda comprensión. En su testamento, Mistral estipuló que el dinero producido por la venta de sus libros en América del Sur debía destinarse a los niños pobres de Montegrande, donde pasó sus mejores años de infancia. Falleció los 67 años, habiendo difundido y enriquecido la cultura propia de América y de sus individualidades culturales.

Literatura y Pedagogía

decálogo del maestro

La obra literaria de Mistral se relaciona directamente a su rol de educadora. En muchos escritos expresa que la entrega del maestro supera los confines del aula. De su vasta producción poética y ensayística cabe destacar “La oración de la maestra” y el “Decálogo para el maestro”, textos que señalan la grandeza de su visión respecto a las actividades pedagógicas. Recordamos también a la “Oración del estudiante a la gracia”, así como las “Palabras a los maestros” en donde, mencionando a Rodó, insta a los pedagogos a cumplir su oficio de forma adecuada y señala algunos aspectos cualitativos que permitirán un mayor acercamiento al estudiante. “El oficio Lateral” es otro escrito en donde da cuenta que con sólo quince años de edad estaba trabajando en la escuela de la Compañía Baja, y de su relación con la lectura y la vida de los serenenses de aquel entonces. En los “Derechos del niño”, un texto que ya desde 1927 plantea fuerte y claramente la necesidad del acceso a la educación y el derecho a recibirla. “Biblioteca y escuela” del año 1947 trata críticamente el tema de la calidad de la lectura popular. En “Niño y libro” de 1935 propone, a la vanguardia de las ideas pedagógicas, establecer un cine educativo. “La imagen de Cristo en la Escuela” de 1950, señala el papel que debe ocupar la religiosidad en la escuela y de los riesgos que conlleva imponerla.

Un legado para el Magisterio
El trabajo pedagógico, según Gabriela Mistral, se inicia con una vocación, y también con una amistad, que va más allá de la relación docente – alumno. Para educar debe existir un respeto por el otro y un preocuparse por sus necesidades. El profesor debe tener una preocupación genuina por aquellos de escasos recursos o que tienen limitadas sus virtudes por las circunstancias de la vida. Solo demuestra verdadero profesionalismo aquel que es capaz de alejarse del academicismo y se vuelca en los más necesitados. Es por este motivo que presta mayor interés en las metodologías de la enseñanza, en la libertad de culto y en la amplitud de miras que debe tener el docente. Para esta maestra siempre había una ocasión para enseñar: el patio y la calle podían ser una sala de clase. Enseñar con la actitud, el gesto y la palabra desde la honradez profesional. Su propuesta era confiar y no vigilar a los alumnos. Su concepto sobre la docencia era exigente: los profesores deben renovarse constantemente, porque la única aristocracia que existe es la del saber. Consideraba que los límites a los alumnos son necesarios, pero es fundamental dar con la forma: “la más acre reprimenda puede hacerse sin deprimir ni envenenar un alma”. Para ella, la enseñanza de los niños “es tal vez la forma más alta de buscar a Dios; pero es también la más terrible en el sentido de tremenda responsabilidad”. Era partidaria de usar como modelo didáctico a las parábolas de Jesús: “usar la imagen, ser sencilla y dar bajo apariencia simple el pensamiento más hondo”. En cuanto a metodología, tendrían que brindarse herramientas para el estudio y no basarse simplemente en brindar información porque “los niños no son mercancías”. Precisamente por esto, no habría que regatearles tiempo: “el amor enseña más que los métodos pedagógicos”. Como fiel seguidora de Pestalozzi y Froebel, decía que ser educador implica algo más que es aplicar teorías pedagógicas: es edificar, ser críticos, abiertos, es ser parte del progreso de un país. La responsabilidad de un maestro se traduce en una pregunta que la llevó a pensar durante toda su vida: “¿Cuántas almas ha envenenado o ha dejado confusas o empequeñecidas para siempre una maestra durante su vida?”. La respuesta venía de la mano de su propia forma de ver el hecho educativo: “sostener el esfuerzo tratando de encontrar la belleza en toda lección, considerando la escuela como una casa para todos.”

Enseñanza y Estética
Uniendo su vocación pedagógica y su alma de artista, en numerosos textos advertía sobre la misión del docente: “Maestro, enseña con gracia, como pedía Rodin. Sin hacerte un retórico, procura dar un poco de belleza en tu lección de todos los días. Narra con donaire; sabes que tu oficio, que es de ternura, te ha vedado ser seco de corazón: también te prohíbe serlo de lenguaje… No te conformes con ser claro; sé, si puedes, elegante en tu palabra. La sobriedad que tú sabes condición pedagógica de tu explicación es don literario; la naturalidad, que también tu manual te recomienda, es refinamiento artístico; la viveza del relato te la da no sólo tu entusiasmo, sino tu habilidad de narrador científico. Aprende esta sobriedad en Pascal, en Heine, en el Dante. No destierres a los artistas ni a los editores galanos de tu grave biblioteca…”

El proyecto modernizador
Mistral concedía importancia medular a la educación activa y manual como herramienta necesaria para la capacitación de los sectores laborales al mismo tiempo que para la construcción y desarrollo de la sociedad moderna. Así lo señala en uno de sus escritos: “Es preciso, a la vez que afinar la sensibilidad del niño… adiestrar sus manos, sus pequeñas manos que en esta hora han de ser duras y ágiles, sobre la masa quemante y revuelta de la vida. Debemos, pues, dignificar la enseñanza manual en diarios, conferencias y hasta en el arte, y poner en torno de ella la aureola de grandeza, que le da esa epopeya viva que es la industria moderna”. En conexión con su defensa de la enseñanza manual, dedica en otro discurso de septiembre de 1919, un extenso párrafo a la actividad fabril, a la mano de obra y con ello, a los sectores obreros. Dice allí: “… y alabemos a los que acudieron después a los campos desmontados, a hacer palpitar las máquinas febriles y a crear las industrias y el comercio… son las manos oscuras que tronchando los robles y descuajando el carbón, al entregar el fuego entregan la vida; son los hombres silenciosos y anónimos que la fábrica o el campo devuelven al atardecer, y pasan, sin soberbia, como si ignorasen su propio poema, por las calles, los que nos hicieron y nos siguen haciendo día a día este organismo poderoso que es la ciudad moderna”

La voz de las mujeres
En muchos discursos la educadora muestra la necesidad social de situar a las mujeres en el mismo nivel y con iguales oportunidades, cuestión que le resultaba impostergable para el desarrollo social, cultural y económico de un país. Desde la solidez de su pensamiento afirmaba: “Las mujeres formamos un hemisferio humano. Toda Ley, todo movimiento de libertad o de cultura, nos ha dejado por largo tiempo en la sombra. Más sabia en su inconsciencia la naturaleza pone su luz sobre los dos flancos del planeta. Y es Ley infecunda toda ley encaminada a transformar pueblos y que no toma en cuenta a las mujeres”.

El valor de la Cultura Popular
En efecto, desde sus funciones como representante de Chile ante el Instituto de Cooperación Intelectual de la Sociedad de las Naciones (fue nombrada a comienzos de 1926), activa el reconocimiento del folklore y de las tradiciones orales. Esta preocupación también se relaciona con la preservación de la originalidad de las costumbres y tradiciones de América hispana (Franco, 1997). En sus conferencias sobre el tema considera al folklore como raíz del alma nacional y a la cultura popular como genuina manifestación del espíritu de un pueblo. Afirma que un pueblo es artista “solamente cuando el canto penetra la vida nacional y está derramado en las fábricas y en los campos, cuando traspasa tan verdaderamente el alma de un pueblo, que cantan sus forjadores entre las chispas de la fragua y cantan los gañanes derribando un roble, y cantan las mujeres al anochecer, sobre el rostro del hijo que hacen dormir”. (Arrigoitia,1989: 330).

Belleza, laboriosidad, participación activa y respeto a los más vulnerados se enlazan en el credo pedagógico mistraliano, Un credo que encarnó en sí misma y que comprende un conocimiento de la vida, y sobre todo del amor en su concepto abarcador, inclusivo y universal.

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