CHIAPAS: PROTAGONISMO DE LOS LAICOS

El obispo Arizmendi
El obispo Arizmendi

El obispo de San Cristóbal de las Casas Felipe Arizmendi ya ha cumplido 75 años y ha presentado su renuncia, pero el Papa Francisco le ha pedido continuar. Digno sucesor y continuador de la obra del obispo Samuel Ruiz en una diócesis con un millón y medio de habitantes en su mayoría indígenas y menos de un centenar de sacerdotes, deja 320 diáconos permanentes, 8 mil catequistas para 2.500 comunidades cristianas. De los 8 mil catequistas, la mayoría (6 mil) son de adultos o de comunidades y 2 mil son de niños. Estos laicos, la mayoría indígenas y campesinos, se hacen cargo de las Celebraciones dominicales de la Palabra en los lugares donde no hay presbíteros ni diáconos; varios son ministros extraordinarios de la Eucaristía. Se encargan de la catequesis presacramental y de visitar a los enfermos.

Dice Arizmendi: “Entre todos, son un fuerza extraordinaria de evangelización. Con su trabajo se ha logrado disminuir la deserción de los católicos y algunos ya están volviendo. Sigue habiendo deserciones, pero cada vez en menor proporción gracias a estos diáconos y catequistas. Según las prioridades de nuestro tercer Sínodo diocesano buscamos ser una Iglesia autóctona, liberadora, evangelizadora, servidora y fraterna bajo la guía del Espíritu”. Este movimiento laical e indígena había sido promovido por el obispo Samuel Ruiz a lo largo de 40 años y recién su obra fue valorada por el Papa Francisco. Este, en su viaje a México el año pasado llamó la atención por su firme decisión de ir a San Cristóbal, a pesar de varias peticiones para que no fuera. Llegó el 15 de febrero del año pasado, celebró misa acompañado por diáconos indígenas frente a una atiborrada multitud de pueblos originarios con lecturas en sus tres idiomas principales, llevó flores y rezó sobre la tumba de Samuel Ruiz, el profeta incomprendido y hostilizado por gran parte de la jerarquía mexicana, el Nuncio y el Vaticano. Fue un gesto silencioso pero extremadamente expresivo, como el del Papa Juan Pablo II cuando, a pesar de la incomprensión de varios obispos, quiso a la fuerza entrar en la cripta de la catedral de El Salvador para rezar sobre la tumba del arzobispo Oscar Romero.

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