(Biblia) EL REINO ES DE LOS NIÑOS

Le trajeron entonces a unos niños para que les impusiera las manos y orara sobre ellos. Los discípulos los reprendieron, pero Jesús les dijo:
«Dejen a los niños, y no les impidan que vengan a mí, porque el Reino de los Cielos pertenece a los que son como ellos».
Y después de haberles impuesto las manos, se fue de allí.

(clic aquí para el texto completo)
Mt 19,13-15

jesus-con-ninos-sonrienteSegún Marcos y Mateo, las madres presentaban sus niños a Jesús para que los acariciara y los bendijera. Jesús los abrazaba y les imponía las manos bendiciéndolos. La fiesta y el bullicio alrededor de Jesús molestaron a los discípulos que intentaron impedir esa que para ellos era una falta de respeto y pérdida de tiempo para el maestro; los niños no podían comprender ni poner en práctica lo que enseñaba el maestro. Frente a esta reacción de los discípulos, Jesús se indignó y exigió que les dejaran a los niños acercarse a él. Y dijo con vehemencia: el Reino de Dios pertenece a quienes son como los niños; quien no recibe el Reino de Dios como un niño, no entrará en él (Me 10,14-15).

Jesús hace preceder esta enseñanza con un en verdad les digo (es como una afirmación solemne en nombre de Dios). Se trata de una condición absolutamente necesaria para entrar en el Reino. Es una afirmación muy dura que amenaza con la exclusión del Reino. Se trata además de recibir (10,15) el Reino como un regalo del Padre, y no de construirlo únicamente con nuestro esfuerzo (ya está presente en el mundo y es obra de Dios).
La indignación de Jesús es antes que nada por el modo discriminatorio con el que eran (y son) tratados muchas veces los niños; hoy son víctimas de la violencia doméstica, la guerra, el trabajo esclavo, la calle, la droga. Hay que saber ver en ellos, personas humanas con su dignidad y derechos y también con sus valores. Jesús los pone justamente como modelos de vida y nos invita a tener una postura de niños frente a Dios. En otro episodio Jesús (Mateo 18, 3) dice que hay que cambiar y llegar a ser como niños. Volver a ser niños en la fe, significa aprender de nuevo a decir: “Abbá”. Esta es una palabra del dialecto arameo hablado por Jesús que significa “papá querido”, usada por los niños con sus papas en casa, así como se le decía “immá” a la madre. Jesús se dirige de esta manera familiar a Dios en todas sus oraciones (Mc 14, 36). Esta palabra es tan importante que es recordada también por Pablo (Gal 4, 6; Rom 8,15). Jesús invita a sus discípulos, inclusive a pecadores y publícanos, a rezarle a Dios de esta manera. Depositar toda nuestra confianza en el Padre, abandonándonos en sus brazos como hijos pequeños. Los niños no son presentados como modelos de inocencia. Lo relevante para Jesús es que no abrigan cálculos, no tienen pretensiones ni poseen nada para dar; todo lo reciben como don; se sienten débiles y confían totalmente en sus padres. No disponen de su propia vida. No pueden proveerse por sí solos de nada. Aún así, no hay ser más poderoso en la tierra de un niño que camina de la mano de su padre. El primer paso para la conversión es sentirnos niños ante Dios y amados por él, el Abbá; reconocer que todo lo hemos recibido. Jesús dice que hay que hacerse (Mt 18, 4) como niños; esta es la verdadera conversión. Así como la leche de la madre es la vida física para el nene, el abandono confiado en Dios es la vida espiritual para el adulto. Es lo que entendió santa Teresita al enseñarnos el “caminito” de la infancia espiritual. La santidad no es tanto un “hacer” sino un “dejarse hacer” y modelar por la mano amorosa de Dios.
Evidentemente la infancia no es la edad ideal del hombre, como también reconoce san Pablo (i Cor 3, i: 13,11). Jesús no nos pide practicar el infantilismo; es una invitación a la humildad y al abandono incondicional en las manos de Dios. Con Dios, quiere decir Jesús, no debe haber un trato comercial o un precio a pagar; tan sólo gratitud y amor filial. Jesús desafía la opinión de los fariseos que enseñaban que sólo como adultos se puede “merecer” la salvación. Por el contrario Jesús enseña que hay que vivir como niños con los ojos puestos en el “Abbá”. El niño no tiene mérito alguno, pero es feliz porque se siente protegido en todo momento. En Jn 3,3 Jesús enseña que para entrar en el Reino hay que nacer de nuevo desde arriba. No se puede ser hijos de Dios simplemente observando la ley o sirviendo las órdenes (Le 15, 29) como el hijo mayor de la parábola. Hay que nacer de nuevo al amor de Dios, como el hijo pródigo. Jesús declara felices a los pobres de espíritu (Mt 5, 3) ante Dios. Son los humildes en contraposición a los orgullosos de dura cerviz; son los que todo lo esperan de Dios y a los que Dios les entrega su Reino.
En Mt 18, 2-5 se habla de los niños pero enseguida se habla, más en general, de los pequeños, es decir no sólo de los niños sino de la gente sencilla y común que cree en Jesús (estos pequeños que creen en mí – Mt 18, 6) y que no cuentan nada en la sociedad ni, a veces, en la Iglesia. En particular se habla aquí de los que son todavía inmaduros o principiantes en la fe, practican de vez en cuando la piedad popular o están alejados de la comunidad; Jesús advierte sobre la gravedad de los malos ejemplos y escándalos que se les da. Aún en la Iglesia actual hemos vivido gravísimos escándalos. Jesús habla severamente de este tema. Mejor sería que (al que escandaliza) se le amarrara al cuello una gran piedra de moler… (Mt 18, 6). Jesús se refiere a la ejecución por ahogamiento que usaban los romanos, como para decir que un grave escándalo puede equiparase a un crimen. Lamentablemente esta frase fue usada hasta para justificar la pena de muerte. Jesús no exhorta a matar o a matarse, pero usa imágenes fuertes y plásticas como en los ejemplos que vienen después (18, 8-9) para decir que hay que evitar cualquier ocasión de escándalo aún a costa de graves renuncias. Si cualquiera está dispuesto a perder una mano o un pie para salvar a todo el cuerpo, mucho más debe estar dispuesto a sacrificios cuando se trata de la comunidad. Jesús tiene otras expresiones muy fuertes, como cuando exclama hablando de Judas: mejor sería que no hubiera nacido (Mt 26, 24) o las llamadas maldiciones contra los fariseos (Mt 23, 13-39). Sorprende el tono severo por parte de Jesús que se definió a sí mismo manso y humilde de corazón. En realidad se trata de denuncias vigorosas que ya practicaban los antiguos profetas para llamar a la conversión. Jesús no maldijo a nadie, aún frente al fracaso de una existencia como la de Judas. Jesús jamás quiso la desgracia o la muerte de nadie. No es cólera la suya, sino profunda amargura y un llamado extremo.

Primo Corbelli

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