(opinión): Educación que excluye

Me preocupa la habitabilidad de las instituciones. Quisiera  que fueran lugares donde los adultos actuemos como los mejores anfitriones de los  jóvenes, porque necesitan antes que nada sentirse queridos y  valorados en lo que son, antes que podamos tener con ellos un intercambio educativo. Por supuesto que luego vendrán la exigencia y las obligaciones. Pero es preciso reconocer en el otro siempre a un sujeto de derechos. Si quiero formar un adulto capaz de discrepar, debo reconocer su  rebeldía como un gesto sano y celebrable. Si como adulto me  habilito el  derecho a discrepar, debo  entenderlo en el  adolescente. Si yo puedo opinar sobre lo que hace el alumno, el alumno, que es tan sujeto de derechos como yo, también debe poder hacerlo sobre mi.  Me preocupa muchísimo seguir comprobando que cada vez que planteamos el tema de los derechos del niño o del adolescente haya un adulto que nos diga – con mirada acusadora “Pero…  qué pasa  con las obligaciones?”

Así que abro el paraguas y aprovecho para aclarar que no hablo de sus obligaciones ahora, no porque no las tengan, sino porque, en general,  los adultos que trabajamos en las  instituciones  tenemos muy claros los deberes de los alumnos. Sin embargo,  no siempre todos tienen clara la necesidad de defender los  derechos de los adolescentes. Y no me refiero al derecho a la  educación sino a TODOS sus derechos. Si los  tuviéramos claros nos daríamos cuenta de  cuánto les debemos todavía como sociedad y como instituciones. Y deberíamos enfocarnos en eso: en ofrecer, en sostener esa oferta (al decir de Frigerio)  a pesar de todo lo que nos diferencia,  La  educación debe invitar, mostrar, motivar,  y no  doblegar. Cada vez  que pensemos que alguien “no es para  acá” refiriéndonos a un liceo, estaremos dejándolo a la intemperie educativa. Por supuesto debemos contar con los recursos humanos,técnicos y materiales, pero no podemos omitir nuestra responsabilidad.  Es  nuestro grano de arena para  mejorar  a esta  sociedad. Si, si, es cierto que no deberían venir al liceo tan privados de sostén y límites familiares, tan etc etc, pero esa es la realidad que tenemos.  Antes no llegaban a secundaria todos los que hoy llegan. Nos   tocó vivir el tránsito hacia la  universalización, hecho a  celebrar porque lo justo es que todos puedan educarse y justamente,  por estar en ese  tránsito, nos tocó lidiar con  situaciones difíciles,  complejas que no podemos siempre  resolver, pero no podemos seguir deseando a aquel  estudiante propio de otros siglos. No  está. No es y no son reproducibles las  condiciones en las que  existió.  Los que están son otros y hay que  inventar y crear nuevas formas de comunicación hacia estos  jóvenes. Me  inquieta  por todo esto  lo que hacemos sin capacidad de autocrítica, cuando actuamos olvidando lo que  está en juego.  Me preocupan mucho los pequeños  dispositivos de control que  tenemos en las instituciones porque generan malestares y discusiones innecesarias que nos distraen de nuestro verdadero rol.  Por  ejemplo, cuando   les queremos imprimir (y es imprimir porque no es posible así  llegar a otra capa  más que a la superficie)   unas formas correctas de presentarse o  vestirse.  Me  resulta inquietante que entendamos el pañuelo de las alumnas sirias y no el gorro de nuestros alumnos. Me preocupa el tiempo invertido en ese disciplinamiento del uniforme.  Recuerdo cuando nuestros compañeros estudiantes del IPA en la dictadura debían ponerse horquillas en el pelo para que no  les tocara la  camisa y poder entrar al aula de clases, recuerdo que no pude nunca usar vaqueros durante los años en que me  formé como  docente.  Los estudiantes que se formaron  en la educación media de  la  dictadura no han sido humanamente mejores que los educados sin esos doblegamientos… O hay  investigaciones que digan lo contrario?  Pienso que es más probable que la garrafa haya sido tirada por un excluido de las aulas, por uno de esos de los que se dijo:”no es para  acá”  que por un alumno que haya tenido una amable conversación con su Adscripta sobre música. Y me incluyo siempre como parte del problema  en todo lo que me inquieta, porque tengo la convicción de que la reflexión y la solución debe venir de todos.

Rossana Mutarelli

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