(tema central) LA NO VIOLENCIA

 

PAPA JUAN XXIII
JUAN XXIII
Francisco
Francisco

El Papa Francisco ha dedicado por primera vez al tema de la no-violencia la Jornada Mundial de Oración por la Paz, del primero de enero próximo. Es un tema comprometedor y molesto que ya impulsó el Papa Juan XXIII en la “Pacem in terris”.


LA IGLESIA Y LAS ARMAS

Si bien hasta la segunda guerra mundial, las Iglesias nacionales apoyaron casi siempre las guerras emprendidas por sus gobiernos, Pío XII consideraba válida tan solo la guerra defensiva, como legítima defensa. Sin embargo se vio como todos los gobiernos consideraban las propias como guerras defensivas, de tal manera que ya, escribía el sacerdote Primo Mazzolari, “era imposible distinguir el cordero del lobo, ya que el lobo se vestía de cordero y el cordero se vestía de lobo para defenderse del lobo”. Juan XXIII condenó todo tipo de guerra, ya sea ofensiva como defensiva, en la encíclica “Pacem in terris” con estos términos: “En nuestra época que se jacta de poseer la energía atómica, resulta un absurdo sostener que la guerra es un medio apto para resarcir el derecho violado”.newjohn

Se superaba así la doctrina de la “guerra justa” apoyada por la Iglesia a lo largo de 16 siglos, ya que esa doctrina no había impedido jamás las guerras; por el contrario había contribuido a su justificación. Hoy resulta imprescindible experimentar otros caminos, eficaces pero no violentos. El Papa Juan XXIII, hablando desde el Evangelio, recordaba que las justas causas no justifican medios violentos y había descartado la guerra como instrumento de política. El Concilio sin embargo defendió otra vez el derecho de legítima defensa con medios militares en caso de agresión injusta. En esos años empezaba la guerra en Vietnam y Francis Spelmann, arzobispo de New York, pedía al Concilio “no apuñalar por las espaldas a los muchachos que están defendiendo con las armas la civilización cristiana en Extremo Oriente”. Así dijo el Concilio: “Mientras falte una autoridad internacional competente y se hayan agotado todos los medios pacíficos, no se puede negar el derecho de legítima defensa a los gobiernos” (Gaudium et Spes n.79). Al mismo tiempo sin embargo el Concilio reconocía, en los párrafos siguientes, que la realidad de hoy “nos obliga a examinar la guerra con una mentalidad totalmente nueva y preparar la época en que, por el acuerdo de las naciones, pueda ser absolutamente prohibida cualquier guerra”. Esa disonancia se dio también con el Papa Juan Pablo II que en los primeros tiempos condenó toda guerra, apostando por la no violencia como única respuesta racional y evangélica a la violencia. Llegó a decir: “El concepto de “guerra justa” pertenece al pasado. Lo defendió santo Tomás en caso de legítima defensa. Pero en nuestro tiempo no tiene validez, porque hoy los hombres tienen otros medios para resolver los conflictos”. Y en “Evangelium Vitae” reconocía como un signo de esperanza “la nueva sensibilidad cada vez más contraria a la guerra como instrumento de solución de los conflictos” y alentaba “la búsqueda de medios eficaces pero no violentos para frenar la agresión armada” (n. 27). Defendió estos principios en el caso de Irlanda, Sudáfrica, Argentina, guerra del Golfo… pero no en la guerra de los Balcanes.

Los Balcanes, 1992
Los Balcanes, 1992

Se volvió a proponer otra vez la doctrina de la guerra justa y de la legitimidad de la pena de muerte en el Catecismo de la Iglesia Católica, manteniéndose aquí también la tensión entre guerra justa y no violencia. No escapó a esta disonancia tampoco el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia. Habla de la guerra como “absurda, medio no idóneo, matanza inútil, derrota de la humanidad, aventura sin retorno”; sin embargo admite la legitimidad  de la guerra defensiva y la aplicación de la doctrina de la guerra justa en casos límite.

Más allá de la coherencia doctrinal o no de la enseñanza de los últimos Papas, es claro hoy que la limitación de la violencia con otra violencia de signo inverso, sigue siendo tributaria de la lógica de la violencia y por lo tanto incapaz de conseguir la paz. El logro de una paz verdadera y estable, que excluya definitivamente la guerra, no solo es posible hoy sino que constituye el imperativo máximo para todos. Lo positivo del Concilio es que haya superado el concepto de inevitabilidad de la guerra considerada en el pasado, igual que la pobreza, como un hecho fatal e ineludible. En el mismo Concilio se levantaron voces proféticas a favor de la no violencia. En la última sesión del Concilio Giacomo Lercaro cuestionó todo el sistema bélico y toda teología a favor de cualquier guerra como contraria al Evangelio. “La Iglesia no puede ser neutral frente al mal, venga de donde venga; su misión no es la neutralidad sino la profecía, que significa hablar en nombre de Dios”, dijo. El 1° de enero de 1968, primera Jornada Mundial de Oración por la paz, Lercaro condenó los bombardeos norteamericanos sobre Vietnam del Norte. Esto levantó una crisis diplomática con EEUU y, con toda probabilidad, le valió la destitución de arzobispo de Bologna.

Hoy son cada vez más los teólogos y moralistas que abogan por la no violencia activa. Hay una convicción generalizada que no existe ninguna guerra justa, menos que menos una “guerra santa”. La guerra es siempre un mal; no un mal menor, sino el peor. La guerra moderna, aún con las armas convencionales, es otra cosa con respecto a las antiguas. Involucra con un tremendo potencial destructivo ciudades y poblaciones enteras, hospitales, escuelas, iglesias, civiles indefensos.

Siria: 1 de cada 3 niños solo ha vivido tiempos de guerra
Siria: 1 de cada 3 niños solo ha vivido tiempos de guerra

Es aberrante que en la actual guerra de Siria, haya 136 niños masacrados en un mes por los bombardeos y las bombas a racimo. Los efectos llamados “colaterales”, son por el contrario centrales y premeditados. No hay guerra hoy, por limitada que sea, que no entrañe destrucciones masivas. Víctimas de la guerra son  los civiles y los países pobres, ya que los países ricos en vez de ayudarlos, les proporcionan armas; hacen negocios redondos y no se involucran directamente.

GUERRA Y PAZ EN AMÉRICA LATINA

Es preciso para la Iglesia dar hoy un salto cualitativo en pos de una teología de la paz, partiendo de la no violencia del evangelio. Hoy la Doctrina Social de la Iglesia ya no ha de buscar de humanizar la guerra, sino de desterrarla atacando sus causas. En América Latina desde hace tiempo, con los documentos de Medellín y Puebla, se ha visto antes que nada que la paz es fruto de la justicia. El primer paso es luchar contra la violencia y la injusticia estructural; eso solo se logra involucrando al pueblo a través de lo que Paulo Freire llamaba “concientización”. También se ha comprobado que la subversión violenta no es camino a la justicia. Prueba de ellos es el abandono paulatino de las guerrillas en el continente y a la vez un crecimiento de sensibilidad en la sociedad por la justicia social, los derechos humanos y la equidad. El proceso de paz en Colombia entre gobierno y guerrillas, después de 50 años de guerra con las terribles consecuencias que ha tenido para todos, enseña. Ya el obispo Helder Cámara en la década del setenta, hablaba de “ganar la paz” y no la guerra, del “arte de la paz” mucho más difícil que el arte de la guerra. En una época en la que las dictaduras militares, formadas en la Escuela de las Américas y en las Escuelas Superiores de Guerra imperaban en el continente, él pedía al Papa concretar en la Iglesia una Escuela Superior de Paz “que diera a la no violencia toda su potencialidad, la que todavía no se ha aprovechado”. Helder Cámara luchaba por la justicia porque al hablar de Derechos Humanos, mientras en occidente desde la revolución francesa se insistía fundamentalmente sobre los derechos civiles y las libertades democráticas, aquí más exigidos eran los derechos económicos y sociales. Hoy no existen más las dictaduras militares, pero permanece el hambre, la miseria, la discriminación social, la desigualdad, frutos del sistema neoliberal. El hambre y la pobreza matan más gente que la guerra y son la causa principal de muchas guerras. En estos años  se ha hablado con amplitud de las guerras que ha habido en Europa y sobre todo en Oriente Medio donde se encuentra el petróleo, pero de las terribles y crueles guerras que ha habido en Guatemala, El Salvador, Nicaragua, Perú, Colombia a lo largo de tantos años por la lucha en pos de una mayor justicia social, muy poco se ha hablado. En occidente demasiadas veces se ha confundido la bandera de la libertad con el liberalismo económico, individualista y opresor. Hoy ni se habla más en Europa de los problemas de América Latina o del tercer mundo; y de los regímenes progresistas solo se subrayan los errores y no los avances para el pueblo. Para los pobres del tercer mundo se ha acabado la publicidad. Las masacres de indígenas y campesinos y líderes sociales se mantienen y siguen creciendo, obra muchas veces de multinacionales de origen europea o norteamericana, con la complicidad de las castas sociales. También la Iglesia en el pasado se ha apoyado en las clases dominantes y en los militares, ha bendecido las armas, participado en la represión y apoyado la guerra como en el caso de las Malvinas. Se les había repartido a los soldados medallitas, cruces, rosarios, imágenes de la Virgen; la misma operación de desembarco en las islas se llamó “Operación Rosario” en honor de la Virgen del Rosario. En las iglesias donde se debía predicar el amor a los enemigos se predicaba la guerra. Los líderes de la Iglesia sucumbían a la propaganda oficial haciendo colectas “patrióticas”. El único obispo que se opuso públicamente a la guerra y a su manipulación religiosa fue Jaime de Nevares, el cual tuvo que soportar un juicio por traición a la patria. Los argentinos hablaban de “guerra justa” y los ingleses también creían en la justicia de su causa con el apoyo espiritual de sus capellanes y obispos. La absurdidad de las guerras lleva a estos extremos. El Papa Juan Pablo II, que condenó sin titubeos esa guerra, fue tildado de “derrotista”. Para los militares que se habían adueñado del gobierno para “restaurar la moral cristiana”, esta era un especie de cruzada “por Dios y la patria”. Más tarde, después del atentado a las torres gemelas, será el presidente norteamericano George Bush a hablar de “cruzada” , de una “guerra entre el bien y el mal”, de la urgencia de combatir contra “los hacedores del mal”. Sin embargo en nuestras Iglesias de América Latina, la acción no violenta siempre estuvo presente desde los primeros tiempos; Bartolomé de las Casas definió la guerra contra los indios como un “asesinato y robo generalizado” y cruzó 17 veces el Atlántico para defenderlos frente al rey de España. Con el fin de la guerra fría en occidente y de las dictaduras militares en América Latina, se daban las mejores circunstancias para una masiva reducción de los ejércitos y de la industria de la guerra, la que insume enormes gastos. Los ejércitos sin embargo siguen siendo una fuerza conservadora y cerrada, sin un servicio social concreto. Las fuerzas militares, aliadas a las oligarquías locales, siguen siendo un importante factor de poder detrás de los bastidores y un partido político de reserva, siempre listo a intervenir para “salvar a la patria”.

OPCIÓN POR LA NO VIOLENCIA

El Papa Juan XXIII declaró la inutilidad de la guerra para dirimir conflictos entre las naciones. Su acción diplomática evitó la guerra en 1962 por la crisis de los misiles en Cuba entre las dos superpotencias Estados Unidos y Unión Soviética, alejando hasta una posible guerra nuclear. Su condena en la “Pacem in terris” de la carrera armamentista y de la política de disuasión (equilibrio de fuerzas), causaron un profundo impacto y hasta desacuerdos entre los católicos. Sin embargo era volver al evangelio. Es que la repulsa de la violencia por parte de Jesús fue tan drástica que los primeros cristianos no solo se negaban a participar en la guerra sino inclusive a enrolarse en el ejército. Tertuliano (+222) dice terminantemente que “Cristo al desarmar a Pedro, desarmó a todos los cristianos”, aunque en ese caso se trataba de legítima defensa. Hoy también a nivel político internacional han surgido otros caminos, no violentos y ya experimentados, con perspectivas de viabilidad; con una metodología más humana y eficaz. Se le llama no violencia, acción no violenta, no violencia activa. Tiene fuertes raíces bíblicas porque Cristo fue un no violento. Gandhi, que no era cristiano, decía que Jesús “fue el más activo de los resistentes no violentos de toda la historia humana” y se escandalizaba de que las naciones “cristianas” tuvieran los ejércitos más poderosos del mundo: “esta es la negación del Sermón de la Montaña”, decía. La no violencia es un concepto positivo, no negativo. No hay que confundirla con la indiferencia, con la paciencia en el sentido de una espera fatalista de un mañana mejor; tampoco con una “providencia” religiosa o profana capaz de resolverlo todo dejando tiempo al tiempo. No significa tranquilidad, evitar los problemas, huir de los conflictos o simplemente rechazar a palabras la violencia, lo que sería confundir la no violencia con pasividad. Es por el contrario enfrentar los conflictos para resolverlos, pero con medios pacíficos. No es posible llegar a la paz a través de la guerra. Es proponer caminos alternativos y otro modelo de sociedad en el cual “las espadas puedan ser fundidas en piezas de arado” (Isaías 2,4) y los tanques en tractores agrícolas; una sociedad en la que no sea más necesario reclutar jóvenes para el servicio militar. Esto implica rechazar cualquier solidaridad con los mecanismos de la guerra, pero sobre todo rechazar la violencia en uno mismo. Exige desterrar el odio y la venganza, saber distinguir el mal que uno hace, de la persona que lo hace. Mientras que la guerra busca la victoria sobre los enemigos y la eliminación de los mismos, la no violencia busca tan solo la victoria de la verdad y de la justicia y trocar al enemigo en amigo o en un adversario con quien negociar. Jean Goss cuenta como matando alemanes, en la última guerra mundial, pensaba matar a Hitler y a la ideología nazi, hasta que a un cierto punto se dio cuenta que estaba matando a soldados que eran campesinos, obreros, gente sencilla igual que él. La no violencia es un arma que puede ser usada por parte de todos, pero exige el compromiso de la verdad, el coraje de la denuncia, la solidaridad con el oprimido, la práctica de la tolerancia y del perdón. También las palabras dejan marcas. Hay que estar dispuestos a ser agredidos antes que agredir, a morir antes que matar. Luther King exigía a sus seguidores no responder a los insultos y a las palizas de la policía. Nelson Mandela había hecho amistad con sus guardianes de la cárcel y los llevó consigo sobre el palco de honor cuando fue elegido presidente. A estas actitudes interiores, hay que añadir el rechazo efectivo de todo lo que conforma el sistema bélico: investigación científica, industria, comercio, financiación, armamentos. Armas no violentas muy eficaces son la prensa, la desobediencia civil frente a leyes injustas, el boicot a determinados productos, las movilizaciones, las huelgas de hambre, la no cooperación, la objeción de conciencia al servicio militar, la objeción fiscal a los gastos militares… El presbítero Lorenzo Milani, por defender a los objetores de conciencia al servicio militar obligatorio, fue procesado por apología del delito y condenado en 1968, aunque ya había muerto un año antes.

Costa Rica: casi 70 años sin ejército
Costa Rica: casi 70 años sin ejército

Miles de jóvenes optan hoy por un servicio civil o el voluntariado social, en vez del llamado servicio militar. Tenemos sobrados ejemplos en nuestra época de luchadores y organizaciones que han tenido éxito en su lucha no violenta, como por ejemplo entre nosotros las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, las Marchas del Silencio, los “Sin Tierra” de Brasil, los testimonios proféticos de Helder Cámara, Oscar Romero etc. Todo puede empezar con la rebeldía de un gesto, como le sucedió a Rosa Parks en Mongomery de Alabama (Estados Unidos) por los años 50 cuando el chofer blanco paró el ómnibus para obligar a la señora negra a dejarle su asiento a un hombre blanco; ella dijo que no, y fue arrestada. Allí empezaron los movimientos de emancipación racial en Estados Unidos. En junio de 1989 en la plaza Tianammen de Pekín siete mil jóvenes fueron masacrados. Un joven dejó escrito: “Luchamos por la vida; no buscamos la muerte. Pero si la muerte de algunos puede mejorar la vida de muchos, no tenemos miedo a morir. Nuestro espíritu no morirá jamás”. La no violencia no es simplemente una estrategia política. Es una espiritualidad; y cree en la victoria final del bien. Hoy el concepto de “choque entre civilizaciones, culturas y religiones” parece darle la razón a Samuel Huntington (EEUU.) que defiende la “superioridad” de occidente y profetiza una guerra inevitable contra  el primitivismo y el fanatismo del Islam. Por el contrario, la doctrina de Huntington es justamente el abono que alimenta a los muchos fundamentalistas del norte y a los minoritarios terroristas del Islam. Resulta además muy difícil hablar de superioridad moral de Estados Unidos y Occidente si se analizan sus políticas en relación con los países más pobres del tercer mundo y en particular de Oriente Medio.

RESPONSABILIDAD DE TODOS

Hoy la guerra ya no se combate entre ejército y ejército, entre soldados y soldados. Se matan a los civiles para ganarles a los soldados; es menos riesgoso en términos operativos y más productivo en términos políticos. Nunca la Iglesia ha dicho que fuera lícito matar a los civiles en una guerra; hoy los civiles son quizás el 90% de los muertos. Si las armas modernas, aún las convencionales, son mayoritariamente contra los civiles provocando asesinatos masivos, deben ser declarados cómplices de los mismos los que proyectan las armas, los que las producen, los que permiten su uso, los que las venden, los que las compran, los que con ellas hacen negocio. Juan Pablo II, hablando a científicos, les decía: “Deserten de los laboratorios de la muerte”.

Ya escribía Lorenzo Milani en la posguerra: “Si se escucha a los teóricos de la obediencia debida, del asesinato de seis millones de judíos, el único responsable sería Hitler. Sin embargo Hitler, como todos dicen, era un loco y por lo tanto irresponsable. Entonces esos asesinatos no existieron porque no tuvieron autor”. Todos somos responsables, de diferente manera, de la violencia que hay en el mundo aunque sea por el silencio, por no hablar, por no gritar. Ya no hay armas buenas y armas malas, unas que se puedan usar y otras que no. Todas las armas en las guerras modernas matan a niños, mujeres, ancianos, enfermos; multiplican a millones los prófugos y desplazados; golpean a los más pobres. Parecería que los hombres trabajaran fundamentalmente para matarse unos a otros; se ha escrito que vivimos todavía en la prehistoria humana. Se habla de progreso, pero ha muerto más gente en las guerras del siglo pasado que en los anteriores diez mil años. En el mundo hay alrededor de medio millón de ingenieros y científicos que trabajan en los laboratorios militares. Decía Albert Einstein: “La potencia del átomo lo ha cambiado todo, menos la manera de pensar de los hombres”. Si se quiere resolver el problema del hambre y de la pobreza en el mundo de forma estable, es necesario parar la absurda carrera armamentista que no garantiza la paz y eliminar las armas atómicas, biológicas y químicas. Estas armas no tienen ningún poder disuasivo; por el contrario son un riesgo constante, incalificable, para la supervivencia humana. Milani escribía irónicamente en “Carta a una profesora”: “La única defensa posible en un guerra atómica es disparar veinte minutos antes del agresor (pero esta es agresión, no defensa); si por honestidad se dispara veinte minutos después, será desde lo submarinos porqué ya no habrá vida en gran parte de la tierra (y esta es venganza, no defensa)”. En el ’89 se soñaba un mundo sin bombas atómicas; ahora se han multiplicado. Se esperaba que frente a los atentados terroristas de las Torres Gemelas se respondiera, no con el “ojo por ojo” sino en forma más inteligente, yendo a las verdaderas causas del problema. Hace tiempo que se pide la democratización y reforma de la ONU, una ONU más eficiente; en realidad son las cinco mayores potencias de la organización, encargadas de la paz en el mundo, las que más producen y exportan  armas. El nuevo orden internacional no busca la solidaridad entre el norte y el sur, sino la “superioridad” del norte sobre el sur a través del neocolonialismo económico, la deuda externa y la venta de armas. Solo en la década del 70 al 80 se han transferido al sur las tres cuartas partes del armamento mundial. En América Latina hemos vivido décadas de guerra y guerrilla donde el gran enemigo era el comunismo con cientos de miles de muertos. Ahora los enemigos son el narcotráfico y las mafias contra los cuales se siguen usando las mismas armas, sin ir a las causas. En un continente donde tanta gente sobrevive o vive mal por falta de lo indispensable, el cristiano ha de estar en primera fila no solo contra el aborto que es un crimen inadmisible contra los más indefensos, sino también en la lucha de los movimientos populares por la justicia, en especial por educación, salud, tierra y trabajo para todos. La primera pobreza es la falta de instrucción. Ya decía don Milani: “Cuando el pobre sepa dominar las palabras, terminará la tiranía del político, del patrón y del usurero”.

EDUCAR PARA LA PAZ

Si se quiere la paz, hay que educar para la paz. Educar para la paz significa promover campañas de concientización en las escuelas y centros educativos porque en muchos lugares se alimenta desde niños un fuerte nacionalismo y un falso patriotismo hecho de batallas con héroes casi todos militares, con monumentos en todas las ciudades y pueblos. Los textos escolares de historia son sustancialmente historias de guerras (la paz figura más bien como una serie de breves paréntesis); los hechos y las fechas más importantes son hechos de guerra. Es preciso terminar con la retórica militar de la defensa de la patria con las armas. La guerra no es solo una calamidad, sino un gravísimo pecado, una inmoralidad. Un mundo que tolera masacres de niños inocentes, vengan de donde vengan, está en pecado. No es cierto que las revoluciones violentas sean más eficaces; engendran más violencia y crean nuevos problemas. El realismo político lleva inevitablemente a la competencia, a la rivalidad, al atropello.

Don Milani, renovador de la escuela.
Don Milani, renovador de la escuela.

La patria se defiende con el trabajo responsable y honesto, protegiendo a los más débiles, luchando contra el narcotráfico, contra la devastación del ambiente. Para don Lorenzo Milani defender la patria era luchar por la soberanía popular, la justicia y la libertad. Decía: “Las guerras defienden siempre los intereses de clases restringidas que ellos llaman patria”. Según él, eran los sufrimientos y las luchas de los pobres que hacían historia, no los reyes ni los generales. Rechazaba con indignación que amar a la patria era odiar al enemigo, que los capellanes militares se identificaran con los militares, con grados y estipendios. Y se preguntaba: “¿Cómo hacen los capellanes militares a predicar el amor a los enemigos?; ¿Cómo pueden hacer un trabajo pastoral, es decir libre de condicionamientos, sin ser presionados ni presionar a nadie?”. Es indispensable crear hoy una pedagogía de la paz, lo que no es fácil porque hay demasiados programas televisivos que son verdaderas apologías de la violencia, donde el héroe y el valiente es el que mata y hace justicia por mano propia recorriendo a todos los medios. En las escuelas, los niños han de conocer como Gandhi liberó la India, como Luter King venció la discriminación racial, como los obreros polacos recuperaron la libertad del país, como los países del este europeo derribaron el comunismo. Hay que terminar de llamar “heroísmo” lo que es matanza entre hermanos, por lo general de jóvenes que son usados como chivos expiatorios. Las nuevas generaciones están cansadas de guerras. Hace unos años en Porto Alegre (Brasil) ha surgido un movimiento mundial (“Otro mundo es posible”) que mira a construir una nueva globalización no violenta y solidaria. Es pura demencia que en el mundo se gaste más de un millón de dólares cada minuto, ante los ojos de una humanidad hambrienta. Un tanque de guerra moderno equivale al presupuesto anual de la FAO, la organización de la ONU que se preocupa por el hambre en el mundo. Se vive hoy una terrible hipocresía mundial: los mismos que envían los soldados de la ONU en las zonas de conflicto, son los que alimentan allí las guerras vendiendo armas. Es inadmisible la venta de armas a países en guerra. Después de 20 siglos de Cristianismo, se sigue aplicando la regla pagana de los romanos: “Si quieres la paz, prepárate para la guerra”. ¿Por qué el asesino común va a la cárcel y los que exterminan poblaciones enteras son honrados como héroes? Hay una frase de Jesús en el evangelio que bien se puede aplicar a la guerra y a la violencia: “Es necesario que haya escándalos..; pero, ¡ay de aquel que causa escándalo!” (Mt 18,7). La “necesidad” de la que habla Jesús se refiere al pecado, a la codicia, a la maldad del hombre; algo sin embargo que no deja de ser por lo mismo extremadamente grave y que hay que superar. El pastor y teólogo alemán Dietrich Bonhoeffer se encontró involucrado en el complot para matar a Hitler. Él se unió a esos planes por no contar entonces con opciones no violentas. Sostuvo que esa actitud suya era un pecado y se entregó a la misericordia de Dios. Fue él que, antes de ser colgado, lanzó la idea de un Concilio por la Paz entre todos los cristianos. Para nuestro tiempo muchos han pedido al Papa una encíclica contra el comercio de armas; esta es una estructura de pecado que ha de condenarse con un explícito acto del magisterio. Es la hora de decir que es un crimen fabricar y vender armas. Así como otros organizan la guerra, los cristianos y todos los hombres de buena voluntad, debemos organizar la paz. Nuestro ha de ser el “sueño” de Luther King: “Un día los hombres se erguirán y pondrán de pie; y se darán cuenta que hemos sido creados  como hermanos”.  

Primo Corbelli

 

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