(tema central) Utopía, a 500 años de la Obra de Moro

Pablo Guerra
Doctor en Sociología.
Profesor e Investigador en la Universidad de la República.
Investigador Activo SNI.

cvkc1bkwwaa8ap_(1) La vigencia de las utopías, 500 años después

 

Mucho se ha escrito de la utopía a partir de la notable pluma de Moro, responsable de este neologismo griego (de u-topos, no lugar) al que recurre luego de explorar con el latín Nusquam en el marco de una serie de intercambios epistolares con su amigo Erasmo de Roterdam. Imbuido de ese espíritu renacentista y sin duda sacudido por las noticias que llegaban de aquel “Nuevo Mundo” que tanto se parecía al paraíso perdido, el entonces Embajador de Enrique VIII, comienza a dar los primeros trazos del libro que en 1516 publicaría bajo el título  Libellus De optimo reipublicae statu, deque nova insula Vtopiae (Libro Del estado ideal de una república en la nueva isla de Utopía).

 

Desde entonces, esta palabra transformada en categoría de análisis y en función social, representará como ninguna otra, a generaciones enteras de hombres y mujeres, de escuelas de pensamiento y de acción, de movimientos sociales que inspirados por un ideal se aventurarán —como aquellos navegantes del Renacimiento— en los mares de cada época y lugar con el propósito de encontrar (construir) un nuevo mundo. Curiosa creación la de Moro. En un contexto de cambio de época hacia la modernidad, caracterizado entre otros elementos, por una mayor tendencia hacia la invención de técnicas y tecnologías aplicadas a la navegación, a la producción o a la cultura, el abogado convertido en diplomático, nos inventaría esa expresión y con ella un estilo literario, una perspectiva de pensamiento y cambio social, así como una catarata de sueños y anhelos por un mundo más justo y solidario, esto es, más feliz (eu-topía) y más propia de ese humanismo cristiano que tanto le representa; un humanismo que basa su esperanza no exclusivamente en el ‘más allá’, sino como nos lo recuerda Mardones, “encarnada en esperanzas históricas con rasgos concretos” (Mardones, 1983: 9). Perspectiva que ciertamente comparte con otros contemporáneos, caso de Juan Luis Vives, que tiene en De subvencione pauperum (1526) un texto de referencia; o caso de Alfonso de Valdés (que vislumbra utopismo en su Diálogo de Lactancio), para no hacer ya referencia al citado Erasmo de Roterdam, a quien con toda justicia podemos considerar un utopista de la paz y de la unidad humana, aspectos que siguen conservando en nuestros tiempos, notoria actualidad.

La utopía es por lo tanto una de esas voces fundamentales para comprender la historia de las ideas desde lo más profundo de la humanidad, aunque el concepto sea utilizado por primera vez del puño y letra de Tomás Moro, en 1516, cuando en Amberes completa los dos libros que luego publicaría en Lovaina y desde entonces sería traducido a todos los idiomas en cada rincón del mundo. Efectivamente, el pensamiento idílico, la búsqueda del paraíso perdido, la necesidad de imaginarnos un mundo distinto o al menos la forma de gobierno y de organización social más perfecta posible, ha animado a intelectuales, a profetas, a activistas, a políticos y religiosos, a tantas personas de buena voluntad a lo largo y ancho del mundo. Esta búsqueda ha estado presente también en las culturas y pueblos autóctonos de nuestro continente, siendo el ejemplo más emblemático el yvy maraê’y que ha empujado al guaraní a perseguir la mítica ‘tierra sin mal’. Luego, ya inspirados por la obra de Moro, asoman como especialmente utópicas en nuestro continente las experiencias llevadas adelante por la señera figura de Don Vasco de Quiroga, más conocido como el Tata Vasco entre los nativos de Michoacán o incluso la denominada “República de los Guaraníes” que jesuitas y nativos de la región del Guaira contribuyeron a desarrollar para hacer frente a la institución esclavista de la encomienda.

Semejante joya de la literatura social y utópica, con antecedentes en la tradición helénica (La República de Platón puede considerarse sin duda un texto utópico) coloca entonces por primera vez en escena el vocablo “utopía” y dispara una serie de textos que también procurarán imaginar un modelo de organización social alternativo al hegemónico. Vocablo que aún conserva vigencia en el contexto de un mundo que necesita con urgencia proyectos esperanzadores, que partiendo de la crítica actual (tal como Moro hizo, de la mano de su Rafael Hitlodeo, respecto a la situación de Inglaterra en el Libro I donde recorre temáticas como el absolutismo, las guerras, el autoritarismo, el pauperismo, religiosidad, propiedad privada, etc.) arriesguen una mirada de futuro que permita sobre todo hacer frente a la desigualdad (recordemos que la tesis principal del Libro I es que la raíz de todos los males es el deseo de posesión) y a los autoritarismos (ver el capítulo segundo del Libro II). Y es que —como asegura Ricoeur— no hay grupo humano que pueda prescindir de la ‘función utópica’, esto es, de aquella aspiración por imaginar una sociedad diferente que nos saque de las angustias e injusticias del presente.

(2) La utopía como fuerza transformadora  

Escuela de Atenas
Escuela de Atenas

Sin embargo, las críticas al pensamiento utópico están también a la orden del día y echan raíces en la historia misma de las ideas.  Ya La República de Platón, como nos lo recuerda Eugenio Imaz (Imaz, 1941: 35) contaba entre sus contemporáneos con críticos como Aristóteles, quien  ponía su acento en la irrealizabilidad de ciertos ideales de su ciudad, como es el caso de la comunidad de bienes. Pero será más adelante, con Marx y Engels, que el término utópico será utilizado de manera despectiva, ya no solo de manera diferenciadora. Es así que se establecen los límites entre quienes -como ellos- habrían descubierto las “bases científicas de la estructura económica de la sociedad burguesa” y aquellas tendencias que aún persistentes en la Liga de los Justos (aunque lógicamente menos presentes cuando pasa a denominarse Liga Comunista) -siempre según los autores del Manifiesto-, no habían logrado comprender esas bases científicas fundamentales para hacer del proyecto comunista algo más que una mera especulación o un mero socialismo de corte burgués. De esta manera, como señala Buber, estaban echadas las bases de la pugna: “Desde entonces, el calificativo de ´utopista´ pasó a ser el arma más fuerte en la lucha del marxismo contra el socialismo no marxista” (Buber, 1987: 15).

Más aquí en el tiempo, se agregan dos nuevas cosmovisiones críticas a la racionalidad utópica. Una de ellas es el neoliberalismo, que como todos sabemos sentenció el “fin de la historia” luego de la caída de los socialismos reales. Según esta postura, no hay espacio para la prospección de formatos alternativos: la economía de mercado y la racionalidad individualista han venido para quedarse. En segundo lugar tenemos el discurso postmoderno que hace hincapié en la caída de los grandes meta relatos así como en la liviandad de los proyectos políticos: son signos de los tiempos la renuncia a los grandes cambios, el pragmatismo y la debida atención a la denominada realpolitik (“política real”) lógicamente más cercana a Maquiavelo que a su contemporáneo Moro.

En nuestra opinión sin embargo, el pensamiento utópico no debe caracterizarse ni por su irrealizabilidad (crítica aristotélica) ni por su involución respecto a las formulaciones científicas (crítica marxista – engeliana). Lo primero pues la obra de Moro nos permite descubrir en la utopía ciertas funciones sociales que contribuyen no solo a la crítica de determinado modelo de sociedad, sino además a su transformación. Dicho de otra manera, la utopía no cumple la función de pensar en el no-lugar para alejarnos de “nuestro lugar”: la propia estructura del texto de Moro (como ya dijimos, ordenado en dos libros), comienza con la descripción de ese “nuestro lugar” (la Inglaterra que ya ensayaba los prolegómenos del capitalismo), lo que implica de alguna manera comprender a la utopía encarnada en la realidad pero al mismo tiempo proyectada en sueños que puedan ser posibles de concretizar. Lo segundo pues el discurso científico ha aprendido de sus limitaciones en las últimas décadas y en ese contexto la utopía también puede leerse en clave de racionalidad desde un paradigma científico de la complejidad. Respecto a la crítica neoliberal, mucho se ha escrito sobre la manida finalización de la historia. Nos alcanza con señalar que la crisis sistémica en la que nos encontramos como sociedad, nos obliga cada vez más a pensar en escenarios alternativos a los que promulgó el pensamiento único que hegemonizó en los años 90s.  La postmodernidad, que se potenció con el neoliberalismo, mientras tanto, no deja de ser una mirada desesperanzadora de la vida social que como indicaremos más adelante, merece ser removida para humanizar los proyectos de cambio social, político y ambiental de largo plazo.

Es así que la utopía debe ser entendida como una fuerza transformadora de la sociedad. Se trata de pasar de una lectura del tipo “u-topos” (no lugar) a una lectura del tipo “eu-topos” (buen lugar). Parafraseando a Paul Ricoeur para quien la utopía no es crear una historia para escapar de ella, destacamos tres funciones fundamentales de lo utópico, a saber: crítica y negación de aquello no deseado para una vida buena; prospección de posibilidades aún no exploradas o realizadas; y propensión a hacer realidad una sociedad alternativa.

Utopía y escatología: apuntes sobre el cristianismo como fuerza transformadora

Recurriendo a Mannheim (Mannheim, 1987) quien se detuvo especialmente en el vínculo entre utopía y religión, deberíamos diferenciar el campo de la ideología del campo de la utopía. Mientras que la utopía fomenta un cambio social consciente y a la vez crítico de determinado statu quo, es la ideología la que se caracteriza por escapar de la realidad mediante sueños irrealizables que solo contribuyen a mantener el orden existente. Eso significa, que existirán religiones utópicas y religiones ideológicas, según las características que asuman.

El filósofo alemán Ernst Bloch, por su parte, distinguiría entre las meras utopías abstractas y las utopías concretas, reservando al pensamiento utópico una enorme capacidad transformadora a partir de la proyección de una imagen deseable del futuro. Será este autor, curiosamente desde su ateísmo heterodoxo, de los más lucidos a la hora de analizar los vínculos entre la escatología y la política, sobre todo a partir de su obra “Thomas Münzer, teólogo de la revolución” (publicado por primera vez en Munich, 1921, y hoy de ineludible lectura en el marco de los 500 años de la Reforma Protestante) centrada en uno de los personajes más apasionantes de la historia social alemana del S. XVI, el líder anabaptista de la guerra de los campesinos de 1525. El estudio de la religión como utopía y especialmente del judeo-cristianismo, lleva a Bloch a desarrollar sus elaboraciones sobre la esperanza (escribe “El Principio Esperanza” entre los años 1938 y 1947, cuando se encontraba exiliado en los EUA) expresando que mientras el judaísmo es la religión del éxodo, rebelión utópica por excelencia de un pueblo que se levanta contra la opresión en búsqueda de la libertad, el cristianismo es la religión del reino, orientándose por lo tanto como una religión hacia el futuro, como una expresión mesiánica que mira con esperanza el final de la historia, esto es, la llegada de un reino que supone “el fin de la miseria concreta”  y “el comienzo de la felicidad concreta”. Como se comprenderá, estas tesituras, que por venir de un marxista (un “marxismo cálido” para utilizar sus propias categorías de análisis) fueron criticadas por los censores oficiales de la ex RDA como “revisionistas”, entablaron rápidamente diálogo con  algunos autores cristianos que vieron en sus aportes una suerte de “teología sin Dios” en la que valía la pena detenerse. Es así que algunos teólogos contemporáneos fueron inspirados por Bloch, destacándose los casos de Jürgen Moltmann y Johann Baptist Metz para mencionar solo a dos de los más reconocidos, uno protestante, el otro católico. Otros teólogos y cientistas sociales cristianos también fueron positivamente influidos por el citado filósofo de la esperanza.

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Juan José Tamayo

Gregory Baum, por ejemplo, luego de analizar su obra, señalará que “la doctrina de la Iglesia sobre la vida eterna constituye una utopía revelada” (Baum, 1980: 305) y añade: “El mensaje del reino que ya está en parte presente en medio de nosotros, pero que a la vez se va aproximando con todo su poder, propone una visión de un futuro en que los hombres vivirán en justicia y paz…”. Juan José Tamayo por su parte, luego de reconocer la centralidad de Bloch para dar razón de nuestra esperanza, nos invita a no repetirle de manera “acrítica y facilona” sino valorando críticamente sus aportes “en busca del genuino mensaje escatológico de Jesús” (Tamayo, 1987: 202).

Se trata entonce de entender al Reino de Dios en clave de utopía y no de ideología, en tanto ese mensaje cristiano provoque en las personas una crítica al “desorden establecido” (al decir de Mounier) despertando el anhelo por avanzar hacia un orden social más justo y solidario. O sea, la utopía nos debe mover del mensaje escatológico a la acción social concreta. Notoriamente no ha sido ésta la única interpretación que se ha dado sobre la ciudad celeste desde el cristianismo, pero aplicando las categorías de análisis de Mannheim, si el mensaje del Reino de Dios no es utopía, pasa a ser mera ideología.

El cristiano, desde esta visión, debería ver los riesgos evidentes de destrucción de la vida (tan notablemente expuestos por Francisco en su reciente Laudato Si) no como un destino fatal que se ha de aceptar, sino como punto de partida obligado  para imaginar “otro mundo posible” (para utilizar la frase utópica del Foro Social Mundial) con actitud esperanzadora, abierta y mancomunada, esto es, junto a tantas personas que desean también avanzar hacia situaciones más humanas y dignas, siempre en el marco de una opción preferencial por los pobres y afligidos. Donde la esperanza no suplante a Dios, sino que sea entendida como fruto suyo. O lo que es lo mismo, retomando a Tamayo, podamos decir que frente a la esperanza como Absoluto, “nosotros confesamos al Dios de la esperanza”.

CONCLUYENDO

Los 500 años de la obra literaria más emblemática de Tomás Moro constituyen un motivo propicio para interrogarnos sobre la vigencia del pensamiento utópico, sobre su alcance y su pertinencia, dado el contexto de cierto ‘desencanto’ que notoriamente a inhibido los ‘metarelatos’ propios de décadas atrás, lo que ha llevado a Huyssen a afirmar que la utopía se ha desplazado del “polo futurista” al “polo de la rememoración” (Huyssen, 2002). Dicho de otra manera, aquella ‘verdad del mañana’ (hermosa expresión acuñada por Victor Hugo) correría el peligro de proyectarse resignando su vocación prospectiva y esperanzadora. Se trata por lo tanto de evitar visiones nostálgicas (una suerte de conservadurismo) y a su vez evitar utopías abstractas que prescindan del análisis de la realidad.

En este sentido, las religiones en general, y el cristianismo en particular, deberán preguntarse cuánto de utópicas y cuanto de ideológicas exhiben. ¿Será el Reino de Dios algo propio del más allá o será la invitación que nos provoque como cristianos a hacer nuestra parte desde el aquí y ahora? Como dice Ricca (ver el anterior artículo publicado por Umbrales 271 en Temas Centrales), el Reino de Dios es futuro, pero también es presente. Y nosotros para que venga (“venga a nosotros tu Reino”), podemos ir construyendo parábolas.

Portada Utopia_vf¿Dónde podemos leer más sobre Utopía?

Recientemente el Fondo Editorial de la Universidad Cooperativa de Colombia ha publicado el libro “Utopía, 500 Años” bajo la dirección del Dr. Pablo Guerra.

Su acceso es libre y gratuito desde Internet en el siguiente link:

http://ediciones.ucc.edu.co/index.php/ucc/catalog/book/37

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Baum, Gregory (1980). Religión y Alienación. Lectura teológica de la sociología, Madrid, Ediciones Cristiandad.

Buber, Martin (1987). Caminos de Utopía, México, FCE.

Imaz, Eugenio (1941). “Topía y Utopía” en Utopías del Renacimiento, México, FCE.

Mannheim, Karl (1987). Ideología y Utopía, México, FCE.

Mardones, José María (1983).  Esperanza cristiana y utopias intrahistóricas, Madrid, Ediciones SM.

Moro, T. (1980). Utopía. México: fce.

Platón. (1992). La República. México: Ed. Mexicanos Unidos.

Ricca, Pablo (2016). “Reino de Dios: ¿esperanza para la humanidad o utopía?”, en Revista Umbrales 271, Octubre.

Tamayo, Juan José (1987). Cristianismo: profecía y utopía, Navarra, Verbo Divino.

Un comentario en “(tema central) Utopía, a 500 años de la Obra de Moro

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