(editorial): Vivir la misericordia….

Parece algo sencillo.

*Predicar sobre la misericordia.

*Fomentar la piedad popular y parroquial, resaltando la devoción a Jesús misericordioso; una especie de actualización del Sagrado Corazón de Jesús.

* Peregrinar a la Catedral o al Cerrito para pasar al menos una vez por la puerta de la misericordia, y así ganar indulgencias, descontando años o al menos algunos meses de Purgatorio.

* Ah, me olvidaba, estar más disponibles para celebrar como penitente y como confesor (si eres cura) el sacramento de la Reconciliación.

 

Si, se puede plantear de esta manera, pero si desligamos lo cultual de nuestra vida concreta, el año de la misericordia habrá pasado sin pena ni gloria: el año jubilar de la misericordia proclamado por el papa Francisco.

Estamos según él mismo ha denunciado en guerra, y no es una guerra santa sino una feroz guerra de codicia entre las naciones poderosas de oriente y occidente. La hipocresía de esta guerra está en que utiliza la devoción religiosa y la ignorancia de los devotos de oriente y occidente sembrando el miedo y el fundamentalismo, que aunque irracional y cruel, da una falsa seguridad.

El Papa ha advertido al mundo sobre la perversión de usar la religión con fines espúreos, y de manchar la fe en Dios con la violencia. Las religiones han organizado “guerras santas”, también la nuestra. No hay que olvidarlo, pero eso ha sido una corrupción del mensaje de Jesús, que predicó el amor a los enemigos y la no violencia. ¿Y por casa como andamos?

Una Iglesia dividida, con distintas orientaciones teológico pastorales, que parecen inconciliables. Una fragmentación social muy profunda, uno de cuyos síntomas es la inseguridad, pero no el único.

Desde nuestras familias, desde nuestras comunidades cristianas, y desde nuestra inserción social, laboral y política. ¿Cómo vivir la misericordia?.

Una forma es desde el diálogo y desde la relación con el otro, sea afín a nosotros o no. ¿Por qué no empezar a valorar las ideas, y posturas vitales de los otros, aunque no sean las nuestras? ¿Por qué no empezar una eficaz y auténtica reconciliación?

Desde el Evangelio vemos al Señor, predicar el perdón y la misericordia. Pero él no lo hizo sólo de Palabra, sino que él mismo fue como la encarnación de la Misericordia del Padre Dios. Cuando le reprochaban que comía con pecadores, él recordaba a los que le criticaban que no estaba haciendo más de lo  que el Padre Dios hacía, que era compadecerse de los pecadores, y comprender sus miserias, y sentir como propio el dolor que ellos sentían para ayudarles a volver al amor del Padre Dios. (Cfr. Lc. 15)

Frente a una sociedad que discrimina, y compite ferozmente en pos del éxito y la productividad expulsando de si a los improductivos, y a los que no encajan en el sistema, necesitamos comunidades abiertas a todos, en donde nadie se sienta menos, ni rechazado ni juzgado.

La misericordia no es fruto exclusivo de nuestra buena voluntad, sino un don de Dios, que prometió quitarnos el corazón de piedra que tenemos y darnos un corazón de carne sensible a su Espíritu de amor y perdón. (Cfr. Ezq. 11,19-20)

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