VATICANO: IGLESIA Y CREMACIÓN

Una Instrucción del 25 de octubre del Vaticano dispone que, si bien es preferible la sepultura tradicional, se acepta la cremación como ya dispuesto en 1963 pero a determinadas condiciones para que no se llegue a banalizar la muerte y al cuerpo humano. A los que integramos la Iglesia Católica se nos pide no desparramar las cenizas en el aire, en la tierra, en el agua ni convertirlas en recuerdos o en otros artículos. No se permite tampoco conservar las cenizas en casa, repartirlas entre los familiares, sino que deben depositarse en los cementerios. La cremación debe hacerse después del funeral y de acuerdo a la voluntad explícita o presunta del difunto. “La cremación del cadáver no toca el alma y no impide a la omnipotencia divina resucitar el cuerpo transformado”, dice el documento.  Si en el pasado la Iglesia había condenado la cremación, no era por la cremación en cuanto tal, sino por la ideología antirreligiosa y anticristiana que la solía acompañar. En momentos de emergencia como guerras, pestes etc., la Iglesia siempre admitió la quema de los cadáveres. El fuego hace más rápido lo que la naturaleza hace con más tiempo. Las nuevas normas miran a suscitar un mayor respeto hacia los difuntos. Las tumbas en los cementerios y las cenizas en las urnas con foto, nombre, apellido y una palabra de fe, favorecen la oración y el vínculo afectivo con los que nos han precedido. La muerte no es un hecho privado. Se prefiere la sepultura en los cementerios (del latín=dormitorios) porque para Jesús la muerte es un sueño y la resurrección un despertar a una nueva vida. San Pablo habla de una semilla sepultada en la tierra que brota a una nueva vida. Estas normas se dan en el marco del Año de la Misericordia, ya que una de las obras de misericordia es una digna sepultura de los difuntos y con la finalidad de una mejor evangelización sobre el sentido de la vida y de la muerte. El problema real no parecería estar en las cenizas o en lo que se haga con ellas, sino en lo esencial de nuestra fe que es la resurrección  de los muertos. Más que las prohibiciones, lo importante del documento es la reafirmación del valor de la vida humana y de la esperanza cristiana.

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