(Biblia) NO VINE A TRAER LA PAZ SINO LA ESPADA

No piensen que he venido a traer la paz sobre la tierra.
No vine a traer la paz, sino la espada…

(clic aquí para el texto completo)
(Mt 10, 34-36; Lc 12, 51-53)

No he venido a traer la paz sino la espada, dijo Jesús según el evangelista Mateo (Mt 10, 34) y Lucas cita la misma frase cambiando la palabra espada por división (LC 12, 51). La frase de Jesús en Mateo se refiere a su discurso misionero. Jesús, al hablar de espada, se refiere a la Palabra de Dios que desafía el mal y visibiliza el juicio de Dios; es la espada de doble filo de la que habla el salmo 149. Por eso la carta a los Hebreos definirá la Palabra de Dios como más aguda que espada de dos filos; ella penetra en lo más íntimo, es capaz de juzgar los pensamientos y los sentimientos (Heb 4, 12). Jesús es portador de paz y unidad pero su mensaje divide, efecto típico de la espada, porque algunos lo reciben con entusiasmo y otros lo rechazan con violencia.

Esta división se dará hasta en las mismas familias (Mt 10, 35-36). El amor y el seguimiento de Jesús no eliminan el amor a la familia, sino que lo subliman y lo hacen más auténtico. Jesús vino a traer su paz (Jn 14, 27) que no es la del mundo que encubre habitualmente un orden injusto impuesto por el más fuerte. Jesús es signo de contradicción (LC 2, 34-35) Él vino entre los suyos y no lo recibieron, fue vendido por uno de sus discípulos, fue abandonado por ellos y los jefes de su pueblo lo condenaron a muerte, Aquí Jesús se refiere a los constructores de paz que encuentran resistencia y persecuciones por luchar por la verdad, los derechos humanos, la justicia. Jesús no está haciendo un llamado a la violencia, sino a la fidelidad al evangelio aún cuando este comporte conflictos. Cuando en la última cena Jesús invita a sus discípulos a vender el manto para comprar una espada (LC 22, 36), se refiere al comienzo de una lucha dramática contra los poderes de las tinieblas (LC 22, 53) y no al uso de armas que él mismo rechaza (aún en el caso de legítima defensa: “quien a hierro mata, a hierro muere (Mt 26, 52). Jesús rechazó hacer bajar el fuego sobre los samaritanos (LC 9, 51-55), rechazó la pena de muerte para la mujer adúltera (Jn 8, 1-11). La indignación de Jesús cuando en el templo atropella a los vendedores de palomas, bueyes y ovejas y vuelca las mesas de los cambistas, no es otra cosa que un gesto profético contra el negocio instalado en el templo, no contra las personas. Cuando Jesús invita a no resistir al mal (Mt 5, 39), en una traducción más exacta del griego significa que no hay que reaccionar violentamente contra el mal. Hay que resistir al mal, pero sin violencia. Cuando ordena presentar la otra mejilla (Mt 5, 39), significa desarmar al agresor con la no violencia… Jesús no quiere personas violentas, ni tampoco pasivas y resignadas, cobardes o cómplices de abusos e injusticias. En Mt 11, 12 se afirma que el Reino de Dios sufre violencia y los violentos lo arrebatan. Es la violencia de los que con decisión y coraje luchan por el Reino. Jesús dice también: he venido a traer fuego sobre la tierra (LC 12, 49). Es el fuego del amor que lo llevará a un bautismo de sangre, a dar la vida por una paz que no es barata sino que tiene un elevado precio. Jesús no nos presenta un futuro tranquilo, sino de lucha. Muchas veces la Iglesia padeció la tentación de la violencia, la excomunión, la condena, la intolerancia. Muchos cristianos se han abandonado y se abandonan a la tentación integrista, fundamentalista de querer imponer el evangelio en forma agresiva y proselitista o a través del poder. La paz (“shalom”) es una de las características esenciales de los tiempos mesiánicos, cuando llegue el Reino de Dios. Consiste en llevar a cabo el programa de las bienaventuranzas y el proyecto de Dios contra la pobreza, contra el hambre, el sufrimiento, la violencia, la guerra, la corrupción, la mentira. El anuncio de la llegada del Reino de Dios es el núcleo fundamental del mensaje de Jesús en los tres primeros evangelios y es la razón principal de las complicaciones políticas que determinaron su muerte. “Reino de Dios” es una expresión de alcance político, visible, social, para anunciar un nuevo orden de cosas en el mundo, El cristianismo debe ser eficaz históricamente para transformar al mundo. Por eso Jesús usó esta expresión, aún si se prestaba a malentendidos de orden estrictamente temporal. La Iglesia no debe predicarse a sí misma, defenderse a sí misma sino ponerse a servicio del Reino. Más que “reino”, la palabra griega “basileia” significa “reinado”. No es un territorio, sino la acción soberana de Dios en la historia. No es una institución, sino la implantación del ideal mesiánico de la justicia, el derecho y la paz. De hecho el rey mesiánico es visto en la Biblia como el protector del débil contra el fuerte; la suya no es una falsa imparcialidad o neutralidad. Los privilegiados del rey son los pobres, los oprimidos, los extranjeros, los huérfanos, las viudas…, no porque sean merecedores de ayuda sino porque Dios se compadece de ellos y toma su defensa. Dios tiene un sueño, un proyecto de paz para este mundo, ya profetizado por Isaías (Is 2, 49′, 11, 6-9′, 65, 17-25) de un cielo nuevo y una tierra nueva que daría comienzo con la llegada del Mesías. Otro rasgo esencial del Reino es la prioridad que se da en él a los pecadores; no porque ellos se decidan a convertirse en masa, sino porque Dios los busca y los espera como hijos queridos. A todos ellos Jesús los llama por estar fatigados y agobiados por un gran peso (Mt 11, 28), el peso del desprecio público de los hombres, la falta de perspectiva de hallar jamás la salvación. Jesús arriesgó toda su reputación para acercarse a ellos. El Reino de Dios está en la Iglesia pero va más allá de la Iglesia; no es obra del hombre, pero no llega sin el hombre. Dios mismo lo introduce en el mundo y a nosotros nos toca colaborar en una lucha, muchas veces difícil y dolorosa.

Primo Corbelli

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