NUNCA SIN EL OTRO: ISA SOLÁ, TESTIMONIO IMPACTANTE

El pasado 2 de setiembre en Puerto Príncipe fue acribillada a balazos en su camioneta la hermana Isabel (familiarmente “Isa”) Solá, española de 51 años, religiosa de la Congregación Jesús-María. Dejó un recuerdo imborrable.

cong_560x280Tenía 19 años cuando decidió hacerse Hermana. Siempre lo tuvo claro: quería consagrarse a Dios y a los pobres. “Yo soñaba con perderme en los lugares más pobres del planeta y ponerme los zapatos de la pobre gente para acompañarla y ayudarla”, escribió. En 1994 partió por Guinea Ecuatorial (África) donde estuvo diez años como maestra y directora de una escuela para niños muy carenciados. En el 2008 fue trasladada a Haití, el país más pobre de América Latina; un país castigado por la esclavitud, la corrupción, la violencia. Dos años después se desató el terrible terremoto que en pocos segundos mató a 316 mil personas, con 350 mil heridos. Más de 1,5 millones de personas quedaron sin hogar. Nunca se había sufrido un sismo tan devastador en casi 300 años; en 20 segundos y siete grados de intensidad, el 12 de enero del 2010, el terremoto dejó 1.300.000 de damnificados.

Isa escribió a sus compañeras de Congregación: “Estoy viva de milagro. Tanta gente está muerta y siento que estoy muerta con ellos. No sé porqué estoy viva. Me da rabia estar siempre con los que tienen suerte. No sé lo que Dios quiere de mí. El temblor fue terrible, estremecedor. Mi compañera y yo salimos corriendo y nos tiramos al suelo. Una nube de polvo y casquetes cayó sobre nosotras. Duró unos veinte, treinta segundos y cuando paró, nos vimos cubiertas de polvo blanco. Me di cuenta que la escuela se había caído. Oía gritos y gemidos. Vi varios chicos muertos y una mujer cubierta de bloques pidiéndome ayuda; tenía las piernas prácticamente cortadas, pero no la pude sacar. Veía manos que debajo de los escombros pedían ayuda; vi siete u ocho manos que se movían. Eran chicos. Me acerqué a tocarlos y a decirles que iba a ayudarles. Me fui a buscar un martillo y volví para romper bloques. Tenía poca fuerza; aún así logré que una chica saliera. Pero hubo otro temblor, el piso terminó de caer y todos murieron; ya no oía sus voces. La mujer de las piernas también murió al poco rato. Salvé a un chico con las piernas totalmente rotas que aullaba por el dolor y lo llevé al patio del hospital, que también amenazaba con caer”. Isa se quedó en el hospital para cuidar a los heridos.

“Fueron cinco días interminables, sin parar. Me debatía entre llorar o seguir aguantando para aliviar el dolor de tanta gente. Hasta que una compañera me obligó a dejar el hospital para descansar. Pero ahora la vida ha cambiado para mi”. Fueron días de vagar en la calle, de no comer, no dormir; tres semanas viviendo a la intemperie. Además de educadora, Isa era enfermera. Amputó ella misma brazos y piernas en gangrena. Después del terremoto estalló el cólera que mató a 8.700 haitianos. Isa recorría en la ambulancia los lugares más recónditos para vacunar a los niños. La población sufría el hambre; “la gente se ponía violenta porque no tenía para comer. Yo misma experimenté que el hambre te puede empujar hacia lo que sea”, escribe. Sin embargo Isa no estaba conforme. Creó un taller para mutilados montando prótesis con sus manos y un poco de yeso y plástico para que pudieran moverse y valerse solos. Se le añadieron colaboradores brindando todo tipo de asesoramiento. Decía: “Dios no tira nunca la toalla, jamás se cansa”. Isa siguió trabajando como educadora, enfermera y sobre todo como misionera ayudando espiritualmente a la gente en los barrios más pobres de Puerto Príncipe. De los 1.500 campamentos, quedaron hoy unas decenas, pero el 80% de la población vive aún en la pobreza y de la economía informal. Ya no hay escombros en las calles, pero los haitianos más desfavorecidos siguen abandonados a su suerte. La Superiora General de Isa, la describe como “un soplo de aire fresco, con dinamismo y visión de futuro, entusiasmo por la vida, gran espíritu misionero  y tantos sueños”. Siempre sonriente, apasionada y audaz, también era cantante y compositora. La gente quedaba encantada escuchándola cantar con su voz melodiosa lo de santa Teresa: “Nada te turbe, nada te espante; quien a Dios tiene, nada le falta; solo Dios basta”. Ella repetía a menudo: “Dios me dio la vida y esta no tiene sentido si no es para darla”. Y también: “Me gustaría que me recuerden por haber vivido por los demás”. Sus cartas son un tesoro precioso. A una amiga en ocasión de la muerte de su madre: “Lo único es abandonarse y dejarse llevar por Dios que lo sabe todo. Solo así encontrarás la paz”. A otra amiga que sufría de cáncer: “No decaigas, no llores, no dejes de luchar por la vida. Porque la vida es Dios. Tu has luchado mucho por la vida de los demás; ahora lucha por la tuya”. Hablando de su compromiso con los pobres: “Cuando yo decía que quería estar entre ellos, con ellos y como ellos, no sabía lo que decía ni lo que realmente suponía”. Pero a una compañera joven que hacía sus votos le decía: “Acuérdate de esto; busca con todas tus fuerzas una sola cosa: amar”. Isa sabía del entorno violento que la rodeaba, pero decía: “Aquí seguiré, hasta que Dios quiera”. Y escribía: “Haití es el lugar donde me gusta estar. Haití es mi casa, mi familia, mi trabajo, mi sufrimiento y mi alegría, el lugar donde me encuentro con Dios”. Y allí la sepultaron.

“EL TERREMOTO ME CAMBIÓ LA VIDA”

En una carta a sus compañeras de Congregación Isa escribió: “Cuando volé hacia Haití recuerdo el desgarro que sentí por dejar África, como un vértigo que me daba por ir hacia lo desconocido y a la vez tanta serenidad por dejarlo todo una vez más, en pos de Jesús y del Reino. Pero en ese pequeño y sufrido país Dios me tenía preparadas sorpresas y lecciones que no imaginaba. En primer lugar la miseria de Puerto Príncipe y lo impotente que me iba a sentir en medio de ella. Tuve que comprender y aceptar que no estaba allí para salvar a nadie o para cambiar nada. El terremoto me hizo bajar la cabeza hasta hacerme comprender profundamente que el único que salva es Jesús. El terremoto cambió radicalmente mi concepción de la vida, del sufrimiento, de la muerte y de la fe. He experimentado que no merecemos nada, que todo es don de Dios, tanto lo que consideramos bueno como lo malo. El sufrimiento no es algo malo, sino una lección que no hay que saltarse porque nos enseña a ser más humanos y menos ambiciosos. Tras el terremoto estuve muy triste, desanimada, chocada y rebelde. Me reprochaba a  mi misma haber salido con vida y me preguntaba porque Dios permitía algo así para un pueblo tan castigado a lo largo de la historia. Pero quedé aturdida cuando vi la reacción de este pueblo: rezar, aceptar, cantar, pedir fortaleza. Tanto sufrimiento que le viene de lejos, ha hecho de este pueblo un pueblo tremendamente humano, no resignado pero humilde y valiente. Entre los escombros volvían a plantar sus sombrillas para seguir vendiendo y ganarse la vida. Para ellos la vida continua y Dios sigue estando con ellos. Eso desmontó todos mis esquemas. Ahora entiendo la importancia de mi vida religiosa; mi misión no es hacer y hacer.., sino ser hermana para mis hermanos. Tengo la curiosa experiencia que me falta todo y me sobra todo. El terremoto no acabó con lo más importante que es la gana de vivir, de creer, de amar. La humanidad, la humildad y la simplicidad son lo que verdaderamente necesitamos para ser felices”                                               P.C.

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