(cultura) Horizontes críticos del pensamiento latinoamericano:

Arturo Ardao, pionero y precursor de la Historia de las Ideas en el Uruguay

ardao_indexNacido en Uruguay, fue uno de los principales referentes intelectuales latinoamericanos del siglo XX junto a otras personalidades de la vida social, política y cultural tal como lo fueron José E. Rodó y Vaz Ferreira, Carlos Quijano y el gran ensayista Carlos Real de Azúa. Su labor pionera lo sitúa junto a José Gaos (1900-1969), Francisco Romero (1891-1962), Leopoldo Zea (1912-2004), Gregorio Weinberg (1919-2006) y Arturo Andrés Roig (1922). Su pensamiento escudriñó varias direcciones de la “inteligencia nacional” al trazar un mapa de la evolución de las ideas y al propiciar una formidable ampliación de los campos de investigación en Ciencias Humanas.

 

Arturo Ardao es una de las personalidades que hemos seleccionado para las páginas de Umbrales con el criterio de mostrar un panorama de los referentes intelectuales más importantes del continente, aquellos quienes han dado luz sobre procesos históricos y culturales de nuestro territorio. Tal es el caso de Ardao, por su contribución a una genealogía de la Historia de las Ideas que nos permite  comprender el pasado uruguayo en lo que respecta principalmente a los enconizados debates que se dieron entre los defensores del Espiritualismo y del Positivismo durante el siglo XIX y cuyas consecuencias permanecerán a lo largo del tiempo. De la talla de los grandes pensadores latinoamericanos, Ardao nació en 1912 en Lavalleja, aunque ya en 1939 y luego de recibirse de abogado, escribe el primer editorial del Semanario Marcha de Carlos Quijano, iniciando así una larga carrera periodística. Se sabe de la trascendencia de dicha publicación– no solo para la historia cultural de Uruguay sino para  toda la región– lo que puede dar una idea de la dimensión y el nivel de los aportes que aquel grupo de intelectuales brindaron a muchas generaciones. Con un marcado espíritu antiimperialista, difundió trabajos de intelectuales de distintas partes e, inclusive, traducciones, cuando fue necesario. Complemento de esta empresa cultural, destinada a formar conciencia, fue la creación de la Biblioteca de Marcha, con varias colecciones dentro de su plan editorial entre 1969-1974. Siguiendo las huellas de Vaz Ferreira, Ardao se desempeñará paralelamente como profesor de Enseñanza Secundaria y del Instituto Normal, privilegiando así la docencia frente a su profesión original. Fue catedrático de Historia de las Ideas en la Universidad de la República y luego rector de la Facultad de Humanidades y Ciencias. En 1976 se exilia en Venezuela al ser destituido por la dictadura. En aquel país, como profesor de la Universidad Simón Bolívar de Caracas, inicia una vasta labor cuyos resultados recoge en Estudios Latinoamericanos de Historia de las Ideas (1978), entre otros trabajos bibliográficos.  Regresa al Uruguay en 1988 y recibe el Gran Premio Municipal de Literatura, y en 1991 recibe el Premio Interamericano Gabriela Mistral por sus investigaciones sobre los orígenes del nombre América Latina. Fue ciudadano ilustre de Buenos Aires, y en el 2002 fue homenajeado por la Cámara de Senadores del Parlamento nacional al cumplir los 90 años. Su obra se contiene en Introducción a Vaz Ferreira (1961), La Filosofía polémica de Feijóo (1962), Génesis de la Lógica Viva (1972), Espacio e Inteligencia (1983) junto a esclarecedores estudios sobre escritores canónicos entre los cuales merece destacarse el ensayo sobre el poeta Julio Herrera y Reissig; pero también Rodó, Eduardo Acevedo Díaz, Carlos Reyles y Zorrilla de San Martín pasaron por su ágil pluma. Siguió publicando interesantes reflexiones acerca de distintas temáticas, en especial sobre el artiguismo, casi hasta la fecha de su muerte, el 22 de setiembre de 2003.

Espiritualismo y Positivismo: algo más que un debate histórico

Para tener una idea del campo de batalla que generaron los defensores de otra y otra corriente, hay que remontarse a 1787, año en que se instala la primera cátedra de filosofía en el colegio San Bernardino. A partir de este mojón, Ardao comienza a tejer el hilo del proceso filosófico nacional que se extenderá hasta 1910. En este año se supera definitivamente el positivismo, producto de la renovación promovida por Rodó y Vaz Ferreira. Esta es la primera gran etapa en la historia de la inteligencia uruguaya cuyos avatares Ardao recogerá en sus dos obras insignes: Espiritualismo y positivismo en el Uruguay (1950) y Racionalismo y liberalismo en el Uruguay (1962). En la primera se consigna una época marcada por la exuberancia de hechos, pero aún más por los debates ideológicos que despertaron furibundos análisis e inquisidoras reflexiones de bandos contrarios. El ardor filosófico encendió las mentes de un tiempo que coincide con el período romántico, corriente que agregará un punto de aceleración en los fervores literarios y políticos. En el marco de la emergencia de nuevas doctrinas y paradigmas sobre la independencia de los estados-nación, de los nuevos enfoques de las ciencias naturales y sociales, se articularán intenciones y juicios que tendrán su directa gravitación en la realidad cultural. Precisamente sobre este punto es donde hará hincapié Ardao, a quien le interesa establecer la conexión entre ideas y sensibilidad. En aquel tiempo se cruzaban las intervenciones en la prensa montevideana y las críticas de José Pedro Varela a una Universidad que parecía volverse cada vez más espiritualista, desencadenando así choques de concepciones que involucrarán no solo a los planes de enseñanza sino a los profesores y pensadores en general. En la segunda mitad del siglo XIX tanto el espiritualismo como el positivismo son irradiados por la Universidad, no obstante, modelaron la conciencia espiritual del país en un período decisivo de su desarrollo. En sus respectivos momentos de predominio impusieron ambas una general impregnación anímica en todos los aspectos de la vida nacional, y más que nada, en la dimensión religiosa. A cada una de estas escuelas le correspondió una radical posición por la que se expresó a su turno el alma de la época. Ardao califica de “verdadero drama filosófico” el que protagonizaron estas corrientes, cuestión que puso a nuestro país en “su mayor crisis histórica” y lo constituyó definitivamente como entidad social.  Así, pues, la filosofía irá más allá del territorio puramente académico y cobrará vida en la arena política. Durante todo este siglo las ideas filosóficas condicionarán todo avatar público, lo que se extenderá hasta las primeras décadas del XX. Ardao irá documentando la gestión política para dar cuenta, por ejemplo del objetivo principista de la libertad de conciencia y su vinculación con la masonería, cuestión con la que también se identificó públicamente el espíritu ateneísta, universitario y estudiantil de la época. Para Ardao el movimiento anticlerical liberal fue el terreno en que germinaron las primeras agitaciones sociales obreristas. Otra tesis del autor es que a principios del siglo XX “llega entonces el liberalismo a constituir una verdadera conciencia nacional.” En sus trabajos encontraremos una indagación profunda de tendencias e influencias, una composición ordenada y precisa a través de gran variedad de testimonios y fuentes a partir de los pequeños actos y de las ideas en gestación; un camino que conecta hechos simples con consecuencias complejas esculpiendo con nuevas formas lo más significativo y esencial de un país. En Racionalismo y liberalismo en Uruguay Ardao encara el liberalismo anticlerical, para demostrar desde el primer párrafo de la cuarta sección, que después de 1880 el racionalismo cede su sitio al liberalismo: “tercera y última gran forma histórica en el país del racionalismo religioso”. Según el autor, la conciencia nacional es liberal. El Uruguay tendría una conciencia liberal que proviene de un pensamiento relacionado a lo religioso. Los orientales serían liberales porque son anticlericales y responden, de derecha a izquierda “a todas las grandes formas históricas del racionalismo”.

La compleja relación del ser humano con su pasado

Ardao mapeó el siglo XX uruguayo hasta 1955, proporcionando orientaciones para recorrer nuestro territorio en sus ejes filosóficos de entonces, inclusive los de la Iglesia. Sobrepasaría el propósito de estas líneas enumerar los ejemplos que asoman de mil maneras en los que el ejercicio inclaudicable de Ardao reivindica nuestra inteligencia proclamando la unidad, que no es otra cosa que la actividad inteligente de la sociedad. Puso una época en pensamiento, pero atendiendo la agitación filosófica en el siglo XIX uruguayo, militante, doctrinario y belicoso, en que se buscaba la identidad en aquel “crisol de razas” de un pueblo joven en donde aún no se vislumbraba  un “nosotros”. Justamente, el “nosotros” de Ardao nace del “qué hemos hecho”. Y si bien el conflicto entre positivismo y espiritualismo ya está superado en sus términos tradicionales, es interesante comprenderlo y reconstruirlo en nuestro tiempo, sobre todo para tener presente la fecundidad revolucionaria que caracterizó el pensamiento uruguayo del siglo XIX y el proceso en el que se elabora y constituye la situación de nuestro tiempo. Ardao empalmó el rigor historicista y la  búsqueda del sentido, integrando el sentimiento nacional y el americanista, la Historia con el compromiso ciudadano y la existencia cotidiana. Vigilante y activo, se guió por un imperativo moral con el fin de comprender las claves, las encrucijadas y las tensiones de una sociedad. Dice María Angélica Petit, en su esclarecedor trabajo: “Ardao ha forjado su personalidad y su ética de investigador a partir de reglas no sólo de descubrimiento sino de producción de la verdad. Estando implicadas en esta dupla conceptual que puede resumirse como “obligación de verdad” tanto su misionera tarea de investigador como la valoración que asume su conciencia ética”. Pensar una Historia de las Ideas fue para Ardao la investigación de las formas de instalación del ser humano en su autoconciencia en cuanto emancipación mental y espiritual. Formas de humanización en etapas de secularización, es decir, de consolidación de las ideas y las obras en el espacio-tiempo. De allí que podamos concluir que este saber fue un humanismo renovado y actualizado por Ardao, cuando dilucidó los pasos de la americanidad al americanismo como búsqueda consciente y deliberada de esa americanidad. Pionero y precursor en más de un sentido, junto a la sinergia continental que se inauguraba en la década del ‘40 del siglo XX, cuyos frutos hoy se aprecian en su justa dimensión. Ardao rescató el pasado de las ideas desde la gravitación del presente, es decir, desde la significación en su propio momento con la proyección de la que somos herederos, con lo cual mostró que ese rescate tenía un sentido para nuestro saber en las estrategias de la vida, y no jirones de un baúl de antigüedades. Yamandú Acosta, filósofo uruguayo que sigue dando clases en la Facultad de Humanidades, destaca el valioso aporte  “a una perspectiva universalista de emancipación humana”, que es apertura y “afirmación de un futuro-otro posible”. A esto se unen sus ideas antropológicas, que reúnen en sí lo que de humano hace al protagonista de la historia: su inteligencia y razón, munidas de ideas-juicios; su emplazamiento en un espacio-tiempo vivido, y el orden de las valoraciones que claramente vio en las configuraciones colectivas, desde la autovaloración o autoestima a la que llamó “dignidad del hombre”, hasta las valoraciones morales y sociales. Horizontes de comprensión que sirvieron para destrabar los nudos del pasado, comprenderlos, y asumir su devenir.

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