Tema Central: misión en barrio Borro, Casavalle

“Queremos dar el Amor de Jesús para que la persona lo sienta en su propia vida.”

img-20160911-wa0002En estos días las Hermanas Misioneras de la Caridad están celebrando con inmensa alegría la Canonización de la Madre Teresa de Calcuta. Umbrales se une a este importante motivo de fiesta para toda la Iglesia y desea compartir con sus lectores algunos testimonios y anécdotas referidos a la misión que vienen realizando desde hace 27 años en el barrio Borro, en Casavalle.

¿Qué supone estar juntos en un territorio fragmentado, periférico y olvidado?

Allá por el año 1989 algunas hermanas de origen indio y otras italianas dan sus primeros pasos por estas tierras llegando a una casa de familia. Sin embargo, no fue sencillo al principio. El Obispo de aquel momento no encontraba una residencia donde alojarlas, por lo tanto, peligraba seriamente el inicio de la Misión. Fueron los Sacerdotes del Sagrado Corazón (dehonianos) –cuyo apostolado en esta zona se viene desarrollando desde hace tantos años atrás– quienes les ofrecen una solución inmediata al decidir dejarles la casa donde ellos anteriormente vivían. A partir de ese momento y hasta el día de hoy, la colaboración entre ambas congregaciones ha sido permanente y centrada en la Parroquia Nuestra Señora de Guadalupe.

Vivir en este lugar puede significar muchas cosas. Bien lo expresa la canción Casavalle al Sol de Jorge Schellemberg al decir que “es casi un barrio donde el Uruguay sumerge lo que crece y lo margina, crece el hambre, crece el grito, la violencia que termina puesta en los televisores”. Pese a esta realidad aparentemente oscura, la esperanza se sigue construyendo: “la vida lucha en el otro, cada día se levanta aunque se derrumbe todo”. Por eso mismo es también un territorio iluminado por sus habitantes y por quienes lo conocen más de cerca. Desde la perspectiva de las Hermanas, Casavalle es una oportunidad para salir al encuentro, ganando la confianza y recibiéndola como ofrenda. Saben que sin dar ese paso no es posible entrar, llegar, encontrar a esos “otros” que se han dejado hallar. No hay que olvidar que en este territorio los seres humanos han sido muchas veces reacomodados, “contenidos”, confinados, desterrados y gobernados entre cantegriles y cárceles. En este escenario de subjetividades fragmentadas están las hijas de la Madre Teresa. Viviendo desde, para y con historias de indiferencias pero tejiendo solidaridad y sensibilidad. Alumbrando el miedo y secando lágrimas (cada lágrima tiene su historia), animando a levantarse y seguir marchando. Cada gesto contribuye a reconvertir nuestra estructura social repleta de trazos de abandonos, negación, confrontación, de ausencia de las mínimas condiciones afectivas, materiales y ambientales indispensables para una existencia digna.

Casavalle puede ser marcado, definido y estudiado por las instituciones. También por aquellas personas que no saben más que lo que dicen los medios de prensa. No obstante, muy distinto es lo que siente y piensa su gente desde adentro –“gente que no es invisible, que no es diferente” como dice la canción anteriormente citada– existencias estigmatizadas que las religiosas conocen muy bien. Ellas saben quiénes son los segregados históricamente, quienes son los excluidos, cuáles son los parámetros con que se construye al otro, aquel que debe pagar en su cuerpo los costos de una lógica económica imperante que perpetúa sus condiciones de vida. En este sentido, las Hermanas cultivan el conocimiento comprensivo que permite visualizar nuevos horizontes, evidenciar las virtualidades presentes en una realidad muchas veces encerrada sobre sí misma en donde la criminalización y el reforzamiento del individualismo no dejan de tener un peso importante. Lo que las Hermanas se plantean, con su apostolado abierto a Dios y cercano al pueblo, es la resistencia a la marginalidad avanzada, es la búsqueda de salidas. Más que algo dado, es algo haciéndose. Porque aprender sobre quiénes somos, cómo somos lo que somos y qué podemos llegar a ser habilita caminos de transformación y dignificación.

Una respuesta: estar juntos es irradiar la luz del Amor de Cristo para que llegue a todos…

img-20160911-wa0003Para las Hermanas, se trata de cuidar a las personas, visitar el barrio,  intercambiar con sus habitantes, conocer su diario vivir, profundizar en el diálogo, y por supuesto, aprender. Compartir lo cotidiano con aquellos que están solos: “La enfermedad más grave no es la lepra o la tuberculosis, sino la soledad” dice el Papa Francisco a los jóvenes en la Jornada Mundial de la Juventud. Es “la causa de tantos desórdenes, divisiones y guerras que hoy nos afligen”. Este llamado de atención se realiza a partir del ejemplo de la Madre Teresa, una mujer que nos invita incansablemente a recurrir a la fuente del Amor, Jesús crucificado y resucitado. Así lo recuerda el Papa: “la Gracia nos da la fuerza de socorrerlo en los más pobres entre los pobres, con el corazón lleno de alegría”. También aconseja convertir el trabajo diario en oración, siguiendo el ejemplo de la Madre Teresa: iniciar la “jornada participando de la Santa Misa” y, como ella, terminarla “con la adoración a Jesús Sacramento”. El centro de la espiritualidad de la Madre Teresa es ser caritativos, es decir  “aproximarse a los seres humanos que encontramos cada día acogiendo con el corazón sus necesidades y heridas y así, de esta manera, ser testigos de la caricia de Dios para cada dolor”. Para las hermanas del Borro, lo que las personas necesitan realmente es “la presencia y cercanía de Dios misericordioso”, y esto se traduce en atender a personas en extrema vulnerabilidad social con respuestas inmediatas y sin dilaciones, lo que supone estar juntos transformando las condiciones de exclusión, del sufrimiento y de la violencia.

…desde la contemplación de la acción

El llamado de la Madre Teresa es a convertirse cada vez más en la alegría y el consuelo de Dios, alentando la oración en las familias. La familia tiene necesidad de amor, comunión y arduo trabajo. Y este será el don más grande que pueden ofrecer a la Iglesia. Las hermanas que viven en la casita del Barrio Borro tienen una actividad incansable. Por un lado, atienden a 25 ancianas que están solas, ofreciendo techo, comida y el valor incomparable de la Amistad con Dios. Dicen que “la Misión es hacia la Persona, no los grandes programas” y en ese sentido, encarnan la ternura como una de las experiencias más extraordinarias de la Gracia. Viviendo tan solo de la Providencia, las cinco hermanas se reparten tareas: llevar la Eucarística a los enfermos, las charlas para matrimonios, la Catequesis para niños los domingos, y la Catequesis de Confirmación, la visita a las casi cien familias, además del hogar de las abuelas que les insume la mayor parte de la jornada. Hasta hace relativamente poco, tenían un espacio de apoyo escolar al que acudían casi trescientos niños entre los dos turnos. Algunos días cuentan con la animación de la red de jóvenes ignacianos y también de alumnos de un Liceo cercano.

Es importante destacar que la Misión y la Caridad no pueden ser auténticas sin la dimensión contemplativa: la Santa Misa, la Adoración, la Meditación, la Liturgia de las Horas, el rezo del Rosario, las lecturas formativas sobre el pensamiento de la fundadora. Estas instancias llevan aproximadamente cinco horas y medias de cada jornada, pero para ellas ésta es la sustancia de una vida naturalmente orientada al Amor a Dios pero conjugando el estilo fiel de Marta y María: “somos contemplativas en el corazón del mundo, en el medio de la confusión y al pie de la Cruz”.

Responder a las necesidades más urgentes y gestionar un proyecto de estas características requiere mucha energía y entrega. Sí, son cinco religiosas para atender a todas las abuelas, realizar trámites por cada situación que lo amerite, ver al médico, hacer guardia durante la noche, contribuir al aseo de la casa, organizar las donaciones, administrar los gastos, hacer los mandados y cocinar para todas. Evidentemente que con esta rutina no hay mucho tiempo para ver televisión o usar la computadora. Pero no solo se trata de falta de tiempo sino más bien de una elección comunitaria que permite entregar el valioso tiempo a una vida genuina compartida con aquellos que no tienen nada, con los últimos de los últimos, con los que no han sido amados. Sin negar la realidad, pero con las esperanzas y la imaginación de que otro mundo es posible para quienes son “extranjeros en su propia tierra”. No olvidemos que el fenómeno del hacinamiento y de la marginalización experimentada en estas zonas se asemeja al de la inmigración contemporánea. La cuestión de fondo sería: ¿cómo se hace para que aquellos que son fatalmente excluidos se sientan incluidos en algún sentido?

“No es solamente un plato de comida…”

Para María Cristina Paiva (Pelusa) –vecina de toda la vida y catequista de la Parroquia Nuestra Señora de Guadalupe – hay una respuesta posible en la autenticidad de una vida puesta al servicio de los demás. Desde la Capilla Sagrado Corazón ubicada en Unidad Casavalle entre Aparicio Saravia y el Borro, Pelusa acompaña todos los días a los adultos mayores que allí acuden para compartir la vida y un almuerzo que entre todos preparan, porque “somos como una familia”. Para ella “la Catequesis es la vida misma” y su razón viene de la mano del reconocimiento a la presencia misionera de las Hermanas: “Lo que puedo decir es que desde que vinieron, ellas transmitieron siempre paz, amor y tranquilidad. Ayudan a mucha gente y por eso las admiro, por el trabajo y el sacrificio que hacen. Recuerdo los campamentos con los adolescentes, las catequesis, las charlas a los matrimonios… yo acompañaba a las visitas a las familias. Hace poco fuimos al Bautismo de un señor de 82 años. Quiero que sigan adelante con su misión de hacer sentir a la gente que Dios los quiere mucho.” Pelusa dice que “la gente habla con las hermanas de los problemas que no pueden hablar en otras partes, así que no es solamente darles un plato de comida, es también entregarles la parte espiritual, el Evangelio”.

Es el interés por el prójimo”

img-20160911-wa0005En esta misma sintonía encontramos a la Señora Marta Franco, referente comunitaria, coordinadora del grupo de artesanos de la Gruta de Lourdes, líder y gestora de varios proyectos de mejoramiento cultural y educativo de la zona desde hace muchos años, apóstol incansable del Reino de Dios. Su trabajo permanente a favor de los más desprotegidos es reconocido por todo el barrio; la autenticidad de su vida y de sus obras la han hecho merecedora de respeto y gratitud de todos quienes la rodean. Así se expresa con relación a las Hermanas:

Cuando las hermanas llegaron, el Padre me dijo que las apoyara ‘un poquito’. Ese poquito fue toda la vida. Desde el principio entendí que su presencia era muy importante para el barrio y me interesó lo que hacían y cómo vivían la realidad de ser pobres ellas mismas. Así se lo había transmitido la Madre Teresa, y así comprendían la vivencia de ser misioneras. Colaboré desde los inicios con la obra de las hermanas. En los primeros tiempos ayudé consiguiendo leche en el expendio municipal porque lo urgente era hacer el merendero y que se sostuviera. Mientras tanto, yo trataba de hacerlas conocer en el barrio para que se valorara su presencia. Cuando pudieron conseguir el terreno, me avoqué de lleno a colaborar con la construcción. No recuerdo los años, pero luego del merendero comenzaron a tener un hogar de niñas. En aquel período la misión era atender a las chiquilinas, llevarlas a la escuela y hacerlas sentir que estaban en su propia casa. Las hermanas eran efectivamente madres. Yo hacía la comida y también daba clases de manualidades a todas ellas. Cuando se hicieron adolescentes, se las promovió a que siguieran estudiando y pudieran salir adelante en su mayoría de edad. Si me preguntas sobre los momentos más fuertes que recuerdo, te digo que uno de ellos fue cuando llegó la primera abuela a la casa de las hermanas. A la pobre señora la dejó su hijo, un marino, que le dijo que la tenía que dejar allí porque él se iba de viaje. Y nunca más volvió. Así se inició esta nueva etapa en la que muchas de las ancianas que hoy viven en el hogar fueron trasladadas del Hospital Maciel y de tantos otros centros donde parecía que ya no había nada que hacer por ellas. Y yo allí, cocinando, pero también acompañando en las visitas a las familias. Lo que rescato de las hermanas es que son muy humanas, creen en las personas, creen en el encuentro. Aún cuando no contaban con el mismo idioma que nosotros, ellas intentaban comunicarse manteniendo la esperanza de saber y comprender realmente en qué condiciones vive la gente. Son un ejemplo del dar, de darlo todo. No importa la lluvia, el barro, los problemas, las balas. Ellas están interesadas en el prójimo y allá van, como una Bendición de Dios para todo el barrio”.

“Hay que jugarse por el otro”

Así como Marta, también Elsa cuenta su experiencia vital y afectiva con las Misioneras. En la actualidad es catequista de la Parroquia Guadalupe y referente fundamental de la zona. Recuerda con profundo cariño aquel primer encuentro: “En el 2006 era presidente de una comisión del barrio. Llegó a mí la solicitud de ayuda de una vecina y yo sabía que las Hermanas brindaban asistencia a personas solas. Así que le dije a mi vecina que iríamos juntas a presentarnos a la casa de las religiosas. Con solo atravesar el portón sentí una paz indescriptible… a la derecha hay una Gruta con María y al frente la imagen de Santa Teresita. Mientras esperábamos que nos atendieran, las dos nos miramos y nos dirigimos a la Virgen para que nos ayude a encontrar lo que habíamos ido a buscar. Al rato salió la Hna. Polcia, con quien enseguida nos entendimos. Le conté de mi trabajo con los niños en la comisión de barrio, y dado que ellas también tenían un espacio para el apoyo escolar, me consultaron si estaría dispuesta a ayudarlas a ellas. Mi respuesta, por supuesto, fue SI… cuatro meses después me llamaron… me sentí tan feliz! Esos años fueron los mejores de mi vida por la emoción y el orgullo que sentía: daba clases a niños de 5° y 6° que nunca faltaban, que resolvían sus problemas y que me hacían sentir la mejor maestra del mundo con muy poco, aún sin tener el título. Aprendí todo del carisma de la congregación y cada día me enamoraba más de la obra de Madre Teresa… podía sentir sus palabras tan reales: ‘amar a todo ser humano hasta que duela’, y  ahora yo era parte de eso. La preferencia por los pobres, la misericordia, el acercamiento al que sufre, quedarse con ellos y acompañarlos en su devoción. Cada día me levantaba con unas ganas enormes de ir… porque allí era donde sentía los sacramentos vivos y a flor de piel. Era estar cerca de Dios a través de la Madre Teresa, sentía que había que jugarse por el otro, con y por Amor. No es fácil lo que digo, pero es posible. Porque Jesús se jugó y entregó su Vida. Sabiéndonos amados, nos toca a nosotros dar testimonio. A fin de año las hermanas decidieron visitarme en mi propia casa. Quedaba lejos para ir caminando, yo jamás había mencionado que vivía en un contexto crítico. Al llegar a casa se dieron cuenta que no había calles, ni luz, ni agua… era un asentamiento originado en la peor crisis de nuestro país. Mucha gente como nosotros había encontrado ese destino luego de no tener trabajo ni poder pagar un alquiler. Tenía un living chiquito y allí había seis niños apretados pero concentrados en sus deberes para la escuela. Me tocaba seguir de tarde con estas tareas, ya que al hogar iba de mañana. A las hermanas les llamó la atención que nunca me quejé de nada y siempre acudí a trabajar, con lluvia y sin lluvia. Así que me preguntaron de qué manera podían ayudarme y de ahí surgió la posibilidad de becar a mi hija en el liceo. De esta forma mi niña pudo terminar 5° de liceo. Hoy por hoy puedo decir que estoy sumamente agradecida de su ayuda. En todo este tiempo aprendí el verdadero valor de hacer las cosas por amor. Entendí que no tenía precio el aprendizaje de los niños, que es más grande la confianza en Dios, que siempre hay una solución para quien confía en Dios. Las Hermanas siempre ayudan, nadie se va de su casa sin sentirse importante. Estamos en el 2016 y seguimos haciendo tareas juntas, ya que pertenecemos a la misma comunidad, la de Guadalupe, la del barrio Borro. La frase con la que más me identifico a diario es: ‘que nadie venga a ti sin irse mejor y más feliz’”.

“Con todos, sin excepción”

img-20160911-wa0006Estos sentimientos también son compartidos por Rosita, educadora y coordinadora del espacio Tarde de la Gruta en la Parroquia El Salvador. Su testimonio es un ejemplo de la capacidad, el coraje y el talento de una madre cuya única meta es criar bien a sus hijos, pero también es una muestra de hasta dónde llega el Amor de Dios a través de las Hermanas. No es sencillo educar sola y dar de comer a cuatro hijos pequeños. Pero frente a todo obstáculo, Rosita golpeó puertas. Y una fue la de la casa de las Hermanas. Lo que en principio fue solicitar trabajo para ayudar para sus hijos, se transformó en un servicio solicitado por las Hermanas: “No tenemos pensado contratar gente, pero precisamos a alguien que nos ayude con el apoyo escolar. Se trata no solo de enseñarles, sino de acompañarlos, conocerlos, darles cariño para que aprendan y adelanten… ¿se anima? A cambio le podemos dar un buen surtido y pan y leche para sus hijos. Así que acepté. Y fueron años muy lindos, viendo su trabajo sencillo y callado. Su andar entre la gente, entre las ancianas. Siempre con una sonrisa afable, y con pocas palabras… a veces entreveradas con el inglés, pero demostrando siempre amor y cuidado con que se dedicaban a toda persona y no solamente desde un punto de vista material”. Rosita recuerda especialmente aquel día en que fueron a Canelones como parte de la formación de voluntarios: “Fuimos al Hogar de varones con HIV. Impresionaba ver sus figuras delgadas pero con sonrisas asomando en los labios. Ninguno de nosotros llevaba guantes, ni tapabocas, ni sentía asco o rechazo. Todos éramos iguales. Compartimos el almuerzo, oraciones, reflexiones. Fueron años de aprendizaje para mí, porque eran tiempos en que esa enfermedad avanzaba y la gente era discriminada y olvidada. Y nosotros no solo ofrecíamos cuidados básicos sino un tratamiento humano, porque sabíamos que Dios ama y no olvida. Todo aquello me hacía pensar en los leprosos de la época de Jesús. La inspiración para una vida de obediencia, sencillez, entrega y oración era la Madre Teresa.” Tantos años de acompañamiento a las Misioneras de la Caridad le ha dado a Rosita un acumulado de saberes que solo puede tenerlos quien conoce de cerca la complicada realidad de lo que hoy se denomina Cuenca de Casavalle: “Las Hermanas apoyaron a muchos jóvenes para  lograr sus sueños de poder estudiar. En los años ochenta no era fácil tener esa perspectiva en esta zona. Sin embargo, gracias a ellas salieron maestras, profesores, enfermeras de lo que mal llamamos los Palomares. Jóvenes que en su momento tuvieron la voluntad de salir adelante contaron con el apoyo emocional y también económico de las Hermanas. Era la Caridad. Era Jesús quien vio y amó a estos jóvenes a través de las Hermanas, mujeres con sus largas ropas blancas, siempre de a dos, discretamente hablando bajito y saludando a todos sin excepción, en el asfalto y en el barro, en las casas de material y en las de las chapas a medio caer. De esta forma, poco a poco se fueron instalando y formando así parte de la comunidad…

También Carmen Albana Sanz Rodríguez recuerda con emoción: “Cuando me has dado la oportunidad de escribir sobre el impacto que tuvieron las monjas de Calcuta en mi vida, he comenzado a evocar recuerdos muy bonitos. Todo lo que tiene que ver con su presencia en mi vida es muy positivo. Llegaron a mi vida cuando yo tenía veinte años, ya hace 27 desde ese momento. En la Parroquia de Guadalupe estaba el párroco José Cacin. En aquel momento yo llevaba la catequesis y el grupo de jóvenes de la Parroquia, preparábamos las misiones con el padre Quinto, estaba muy involucrada en todas las actividades parroquiales de los Dehonianos. Ellas llegaron con su carisma de Pobreza y dedicación a los más necesitados. Como yo conocía los Palomares y los asentamientos de San Martín comenzamos a recorrer sus calles, pasillos, ranchitos, invitándoles a la misa. Recuerdo a la Hna. Mariangeles, a Hna Ninet, Hna Lencita, que íbamos de dos en dos, como las primeras comunidades cristianas, predicando y ayudando con el ejemplo. Ese verano comenzamos unos campamentos para los niños del barrio y la idea era que pasaran el día en actividades lúdicas y recreativas, todo nos costó mucho, porque no teníamos más que nuestra fuerza de voluntad y una incipiente organización, con un mundo de niños. Ese año fue el que más recuerdo por la emoción que representaba un nuevo desafío, nos consolidamos como grupo y crecimos ante las adversidades. Ellas llegaron sin hacer ruido, a hacer tanto por todos, su ejemplo de humildad y generosidad es tan grande que dónde voy doy testimonio de su carisma. Nosotros no teníamos nada y al final tuvimos mucho, éramos jóvenes de un barrio carenciado con muchas dificultades económicas y emocionales, ellas llegaron a nuestra vida a darnos lo que nos faltaba. Éramos importantes, nos dieron un protagonismo su amor y protección. En las condiciones de vida que hemos crecido, y en mi caso personal, de una pobreza espiritual y material, a ser completada en lo espiritual fue una riqueza de tal envergadura que mi proyección de vida cambió. Siempre he considerado que la religión me rescató como ser humano y la educación que he recibido gracias a los sacerdotes dehonianos me dio la dignidad que necesitaba para proyectarme y colocarme en cualquier situación de vida. Con los años he tenido que solicitar ayuda a las Misioneras de Calcuta para que pudieran cuidar de mi madre, y así lo han hecho, mi madre lo más valioso era cuidada por ellas y por las personas que trabajaban ahí. Cuando me hablan de las misioneras las recuerdo con amor, con ese amor que han sabido darme y darnos a todos los que estábamos ahí. Cuando en la vida somos auténticos, somos capaces de proyectarnos y damos imagen de autenticidad, y ellas son auténticas volcadas a los más pobres y necesitados. La vida después nos enseña que no hay mayor regla que el amor, y el saber que Dios está presente en cada momento y que su amor es misericordioso”.

Hable con ellas…

Una de las Hermanas contaba que “hace poco una señora nos dijo: ‘a mí me hace bien hablar con ustedes’. Eso es lo que nosotros buscamos en una época en que nadie tiene tiempo para nada y el uso de la tecnología parece complicar el relacionamiento. Llevamos a Jesús donde quiera que vayamos, pero entendemos que para evangelizar, primero hay que reconocer las necesidades de la familia. Por eso, el primer paso es escuchar y luego compartir la Palabra. Escuchamos y con el tiempo vamos viendo en qué podemos colaborar y acompañar en las distintas situaciones. Esa es nuestra espiritualidad: llevarlo a Él, hablar de Él, vivir la obediencia de la fe, y dar a entender que esta vida tiene una dimensión sobrenatural. Todo esto lo vivimos de forma natural y espontánea. No tenemos un programa. A partir del encuentro viene lo demás… los vínculos se dan con el tiempo. Dios da gratuitamente en todo momento y las personas tienen sus procesos: nosotras queremos dar ese Amor de tal forma que la persona lo sienta en su propia vida.”

 

Un testimonio: la Hermana Odilia nos cuenta una anécdota de la Madre Teresa: un modelo a imitar

img-20160911-wa0007“Recién había profesado mis primeros votos religiosos. Con un grupo de hermanas nos fuimos de viaje con la Madre, porque estábamos buscando un terreno para construir un espacio para niños y moribundos en uno de los barrios más pobres de la India. No era fácil conseguir una casa en el lugar que nosotros pretendíamos, así que íbamos rezando. La hermana superiora tenía una medalla de la Milagrosa, y de pronto la Madre se la pide. Tomando la medallita en sus manos, le dio un beso y la tiró para atrás, encomendando su sueño y su deseo de poder conseguir lo que se proponía. Nos quedamos cuatro días juntas, pero luego ella volvió a Calcuta. A los tres meses de haber dejado la medallita en aquel terreno, nos llamaron dos personas para avisarnos que nos vendían esa parcela. Así era siempre la Madre Teresa: frente a toda dificultad, conflicto y necesidad, ella rezaba. La fe era el aire que respiraba. Era coherente, daba el ejemplo, era como cualquiera de nosotras pero cercana y maternal. Ella vivía lo mismo adentro que afuera. Y nos decía que teníamos que alimentarnos bien para poder estar. Porque esa es nuestra misión: estar. Y no importa si al lugar que vamos no tiene agua, o hay conflictos bélicos, o violencia social… lo que importa es estar. La única condición verdaderamente importante para nosotras es poder celebrar Misa y contar con la Adoración diaria”.

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