OPINIÓN: La levadura de los fariseos

Seguramente el discurso más agresivo de Jesús contra sus adversarios es la diatriba contra los fariseos, que leemos en Mateo 23, 1-38.

Es una denuncia muy vigorosa contra este grupo piadoso, que tenía una gran influencia en ese momento.

Jesús les ataca sin piedad mostrando sus contradicciones éticas, y su rechazo a la voluntad de Dios y su Reino, a pesar de su aparente cumplimiento de la Ley. (Cfr. Mt. 23, 1-38)

Les acusa de cargar a la gente con prescripciones y preceptos, y una exigencia tremenda de cumplimiento de la misma, que ellos no asumen en su vida.

Les muestra el ridículo de su legalismo puntilloso, que termina anulando el espíritu mismo de la Ley de Moisés.

Su búsqueda insaciable de poder y prestigio, su deseo de manipular la conciencia del Pueblo, y su amor por los títulos venerables de “Maestro” y “Jefe”, títulos que no necesitan ni merecen.

Jesús es muy duro con ellos, pues les llama “serpientes” “raza de víboras” o sepulcros blanqueados, esto realmente impresiona.

Lo más curioso es que cuando este discurso se puso por escrito, sus destinatarios ya estaban muertos y enterrados (año 69 D.C. aproximadamente.)

¿Por qué entonces, el Evangelista inspirado por Dios, nos dejó este discurso y le dio tanta importancia?

La principal razón la revela el mismo Jesús cuando advierte a sus discpípulos que se cuiden de la “levadura de los fariseos” o sea de su doctrina corrompida, y sobre todo de su conducta.

Los fariseos de esa época podrían haber muerto, pero no el fariseismo. (Mt. 15, 6)

Los fariseos fueron portadores de una doctrina centrada en el respeto a la Palabra de Dios y a su Ley, defensa más que necesaria frente a los intentos de destruir a Israel y su identidad, de parte de los pueblos que lo  invadieron. Pero este centrarse tanto en la Ley, aunque fuera la de Dios, les hizo olvidar lo más importante, el Espíritu de la Ley que debía conducirles a la comprensión, al amor y a la misericordia divina.  

Estos “defensores de la doctrina” terminaron corrompiéndose y transformándose en “guardianes de la ortodoxia” esclavizando al Pueblo para que les siguiera.

Esta fue su tentación y su desgracia.

 

¿Existe hoy el fariseísmo?

 

Mateo no habla sólo de los fariseos de aquella época, sino de los que en su época, corrompían a la Iglesia y no desde fuera sino desde dentro de la misma.

Pero también hoy hay fariseos en la Iglesia.

¿Cómo si no nos podemos explicar los continuos obstáculos, que el Papa Francisco tiene que enfrentar para hacer que la Iglesia retome la senda de la reforma del Concilio Vaticano II?

¿Cómo comprender sino los continuos discursos “correctivos” que tratan de interpretar a la Amoris Laetitia bajo una óptica más conservadora, asegurando por ejemplo que hay algunas afirmaciones de Francisco que no deberían interpretarse como Magisterio de la Iglesia.

Los fariseos de hoy son los que acusan a Francisco de no hablar  “claro” o sea de no dar leyes precisas y terminantes.

Como los fariseos antiguos, ellos buscan seguridades, y el Papa les indica que deben dejar lugar al discernimiento pastoral y a la misericordia, sin encasillar a los creyentes que son “frágiles y pecadores” y a los que se debe comprender y apoyar, antes que condenar.

Este discurso no lo inventó Francisco, sino que como vemos viene del mismo Jesús.

Así, que a la pregunta antes planteada debemos responder en forma afirmativa.

Sí, el fariseismo existe hoy y se llama clericalismo.

Es el espejismo farisaico de pensar que sólo unos pocos maestros, clérigos y célibes, que no comprenden el mundo laical, y que se han separado de él, pueden ser los intérpretes de la “Verdad” y no sus servidores.  Ellos quieren ser guardianes y maestros, pero no pretenden hacer una auto-corrección.

Estos guardianes y campeones de la ortodoxia, que dicen que defienden a la Iglesia y obedecen al Papa, son hoy irónicamente la fuerza más retrógrada que impide los cambios en la Iglesia.

El Papa con gran generosidad y apertura de espíritu  les escucha, les atiende y les deja opinar con total libertad.

Pero luego abre la discusión y no la cierra.

Este nuevo impulso farisaico ha sido muy claramente detectado por el Papa Francisco

No podemos reflexionar sobre el tema del laicado, si ignoramos una de las deformaciones más fuertes que América Latina tiene que enfrentar, para la que pido una especial atención: El clericalismo que lleva a la funcionalización del laicado; tomando a los laicos como “mandaderos”, coarta las distintas iniciativas, esfuerzos y hasta me animo a decir, osadías necesarias para poder llevar la Buena Noticia del Evangelio a todos los ámbitos del quehacer social y especialmente político. El clericalismo, lejos de impulsar los distintos aportes, propuestas, va apagando poco a poco el fuego profético que la Iglesia toda está llamada  a testimoniar en el corazón de sus pueblos. El clericalismo se olvida que la visibilidad y la sacramentalidad de la Iglesia pertenece a todo el Pueblo de Dios (Cfr. LG 9-14) y no sólo a unos pocos elegidos e iluminados.” (Tomado de la Carta del Papa Francisco al Presidente de La Cal. (Comisión Pontificia para América Latina. Marzo 2016.)

He aquí el rostro del fariseismo en la Iglesia. La élite legalista y clericalista que trata a los laicos como cristianos de segunda categoría y que se opone a concebir a la Iglesia como un Pueblo de Dios, donde todos somos evangelizadores y miembros activos y conscientes.

 

La Élite de los sabios, y la Pastoral de la  Misericordia.

 

Los fariseos (nombre que significa “separados” o sea elegidos) dejaban todo claro, los buenos eran ellos y por eso tenían derecho a juzgar a los demás que no eran como ellos, no eran sabios y tenían la llave de la sabiduría y la verdad.  Siempre mostraron un gran desprecio por los que no tenían estudios como ellos y no “no conocían la Ley” (Juan 7, 47-49)

¿Y nosotros los pastores de la Iglesia, no hacemos esto precisamente hoy?

Cuando nos imaginamos y concebimos una Iglesia con la mayor autoridad para juzgar a los demás hombres, cuando le exigimos al Papa que sea claro, que no deje librado al discernimiento de los pastores locales, como hace en “Amoris Laetitia” la resolución de los problemas pastorales como matrimonios y familias fallidas, marcadas por la fragilidad.

Cuando el Papa llama a valorar y comprender a los que han caído en la desgracia de vivir en familias disfuncionales.

Cuando apela a la piedad y la misericordia, antes que a la aplicación tajante de la ley, y de las disposiciones de la Iglesia. Lo critican y llaman a lo que hace una doctrina que no es ni se puede considerar magisterio.

¿Por qué? Porque no da seguridades, e invita como Jesús a guiarse por la misericordia y el amor.

Jesús ya había sentado este principio cuando dijo “el sábado se ha hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado” (Marcos 2,27)

Para llevar a plenitud la ley, hay que ponerla al servicio de los hombres, hay que asumir el rol de servidores de la verdad y no el de dueños de la verdad.

El Pueblo de Dios  hoy se revela contra normas farisaicas que una élite de pastores tratan de aplicar tajantemente.

 

La Iglesia cuestionada.

¿Cómo explicamos entonces las crisis de credibilidad que ha sufrido la Iglesia, y precisamente en la persona misma de sus pastores?

El escándalo de la pedofilia de algunos sacerdotes, fue superado ciertamente por el descubrimiento de que importantes prelados los habían encubierto.

La corrupción económica y política que sacudió a las mismas finanzas internas del Estado del Vaticano. No será que el Señor permitió estas cosas para que los pastores de la Iglesia nos demos cuenta que la levadura de los fariseos nos ha afectado?

¿No será para darnos una lección de humildad, a los que hoy asumimos actitudes farisaicas?

¿No será para hacernos ver que no estamos llamados a hacer carrera eclesiástica, sino a ser servidores del pueblo de Dios?
Eduardo Ojeda.

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