NUNCA SIN EL OTRO: LOS NUEVOS MÁRTIRES

(la masacre de san Patricio)

mural en la ciudad de Buenos Aires
mural en la ciudad de Buenos Aires

Hace 40 años, la noche del 4 de julio de 1976, cinco religiosos de la Sociedad de san Vicente Pallotti (Palotinos) fueron acribillados a balazos por la espalda en la parroquia de san Patricio de Buenos Aires.

 

EL TESTAMENTO DE P. KELLY
Se vivían tiempos oscuros durante la dictadura militar. En la parroquia situada en el barrio Belgrano de la Capital, había rumores de una carta firmada por algunos vecinos pidiendo la remoción del párroco p. Alfredo Kelly, tildado de comunista. Se notaba la presencia inquietante de un coche estacionado durante largas horas sobre la calle Estomba. Había llamados telefónicos amenazantes. Unos días antes de la masacre los tres curas y los dos seminaristas se habían preguntado cuál debía ser la conducta a seguir frente a todo lo que venía sucediendo en el país. La respuesta adoptada fue la de los apóstoles: “Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres”. Ya tenían conciencia de las difamaciones y de los peligros que los rodeaban. Además del párroco y superior Alfredo Kelly había otros dos sacerdotes: Alfredo Leaden y Pedro Duffau y dos seminaristas: Salvador Barbeito y Emilio Barletti. En su diario personal el p. Alfredo escribía el primero de julio: “Me he enterado de la gravedad de las calumnias que circulan sobre mí y me he dado cuenta del peligro que corre mi vida. A la noche fui a orar y empecé a caer en la cuenta de la realidad de mi muerte. Lloré mucho. Pensé en tantas personas que por mi intermedio reciben  las riquezas de la gracia de Dios; y lloré por tener que dejarlos. Pero en ningún momento creo haber dudado de que es Él que da la gracia y yo no le soy indispensable. Me acordaba de Jesús: “Aún tengo mucho que decirles, pero el Espíritu Santo lo hará”; y mi muerte será, como la de Cristo, un misterioso instrumento para la venida del Espíritu. Recé por mis hermanos de comunidad, por los que me odian, por los que me quieren, para que florezcan las vocaciones en pos del hombre y la sociedad nueva que Dios quiere. Me di cuenta en mi llanto que todavía estoy apegado a la vida; pero la entrega de mi vida y de mi muerte, por un designio amoroso de Dios, tiene mucho valor. En una palabra entrego mi vida, vivo o muerto, al Señor. Seré llamado por el Padre en la hora y de la manera que Él quiera, no cuando yo u otros quieran. Ahora me siento indescriptiblemente feliz. Si alguien lee esto, que le sirva a él y a otros para descubrir las riquezas del amor de Cristo y se comprometan con Él y sus hermanos. Yo ya no me pertenezco porque he descubierto a Quien vale la pena pertenecer. Gracias Señor”.

 

LA MASACRE
Entre la una y las dos de la mañana del 4 de julio unos vecinos vieron como cuatro personas con armas largas bajaron de un coche y entraron en la iglesia por la fuerza. Alertaron a la policía y esta llegó, pero después de haber hablado con el grupo de tarea, presuntamente de la ESMA (Escuela de Mecánica de la Marina), se retiraron. Por la mañana encontraron los cuerpos atados y acribillados boca abajo y alineados, en un charco de sangre. Quedaron unas dos horas revisando la casa y llevando documentos. Los asesinos habían escrito en una pared: “Estos zurdos murieron por adoctrinar mentes vírgenes”. Y en una puerta: “Por los camaradas dinamitados en Seguridad Federal. Venceremos. Viva la patria”. Efectivamente dos días antes una bomba arrojada en la Superintendencia de Seguridad Federal, había matado a 15 policías. Sobre el cuerpo de Salvador Barbeito pusieron un dibujo de Quino, tomado de una de las habitaciones, en el que Mafalda aparece señalando el bastón de un policía diciendo: “Este es el palito de abollar ideologías”. El pronto comunicado del Comando de la zona 1 del Ejército salió diciendo: “Elementos subversivos asesinaron cobardemente a unos sacerdotes y seminaristas. El vandálico acto demuestra que sus autores, además de no tener patria, tampoco tienen Dios”. La misa de cuerpo presente fue presidida por el obispo auxiliar de Buenos Aires Guillermo Leaden, hermano de uno de las víctimas y acompañado por 150 sacerdotes. A la misa participaron las más altas autoridades militares y unos tres mil fieles. En su valiente sermón el palotino Roberto Favre dijo: “Rogamos a Dios por las innumerables muertes y desapariciones de las que nadie sabe dar razón y que constituyen una injuria a Dios y a la humanidad. Reclamamos a todos aquellos que tienen responsabilidad que realicen todos los esfuerzos posibles para que vuelva el estado de derechos que requiere todo pueblo civilizado”. El entonces nuncio apostólico Pío Laghi concelebró la misa y le dijo ese mismo día a Robert Cox, el famoso director del Buenos Aires Herald: “Yo tuve que darle la comunión al general Suarez Mason. Puede imaginar lo que yo sentía como cura; sentí gana de pegarle con el puño en la cara”. El 7 de julio el obispo Aramburu y el nuncio Pio Laghi visitaron la Junta Militar pidiendo explicaciones. El gobierno, diferenciándose del Comando del Ejercito, llegó a admitir que se trataba de grupos militares salidos de control. El nuncio y el obispo  llevaban una carta en la que se les notificaba: “La gente se pregunta en la intimidad del hogar y en el círculo de amigos por qué el miedo cunde: ¿Qué fuerzas tan poderosas son las que con total impunidad y con todo anonimato pueden obrar así, a su total arbitrio? ¿Qué derecho le queda al ciudadano?”. En agosto de 1976 un grupo armado secuestró por unas horas al periodista Mariano Grondona y al liberarlo le dijeron de llevar el mensaje a los obispos que si seguían tolerando curas de izquierda “proseguirían los episodios como el de los palotinos y sufrirían una escalada hacia la jerarquía eclesiástica”. En efecto, un mes después asesinaban al obispo Angelelli. Con eso lograron asustar y acallar a la jerarquía. Treinta y seis años después en la cárcel federal de Campo de Mayo, el ex general Jorge Videla, confesó que el asesinato de los palotinos fue “un tremendo acto de torpeza”.

 

PARA RECORDAR
Los palotinos no pertenecían a los grupos de Iglesia más comprometidos como los Curas del Tercer Mundo, pero habían optado por el camino de renovación emprendido por el Concilio y la Iglesia Latinoamericana en Medellín, la que colocaba el acento sobre la justicia y la opción por los pobres. Los habitantes del barrio Belgrano, gente de clase alta, se resistían a ciertos cambios y orientaciones. En 1989 un autor no católico, Eduardo Kimel, escribió el libro: “La masacre de san Patricio”. En una entrevista a la revista “Umbrales” en junio del 96, Eduardo Kimel afirmaba: “Aunque no sea católico, la masacre de san Patricio me movilizó porque el crimen fue puntillosamente ocultado y porqué me permitió conocer la realidad de los sacerdotes comprometidos con el pueblo, un hecho que tenía gran importancia para la gente que acompañaba el proceso de renovación de la Iglesia. Fue para mi una etapa de profundo crecimiento personal”. Kimel pagó muy caro sus denuncias contra la inoperancia de la justicia argentina en este caso. Procesado por injurias, tuvo que recurrir a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, para que se dejara sin efecto su condena. Recién dos años después de su muerte, fue absuelto por la Justicia Argentina.

El pasado 4 de julio, en la conmemoración de los 40 años, se organizó una “caminata” partiendo de la ex Escuela Mecánica de la Marina (ESMA) y haciendo un recorrido de 5 estaciones en 5 parroquias distintas, evocando a cada uno de los asesinados en presencia de familiares y cantidad de público. Se lo llamó “camino de los mártires”. Concelebraron la misa con el arzobispo de Buenos Aires, Mario Poli, unos 15 obispos; otros tantos habían estado en los días anteriores. Se hicieron presentes el Premio Nóbel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel, el rabino David Goldmann y otras personalidades. Algo se está moviendo en la Iglesia Argentina después de 40 años. Los religiosos palotinos se han presentado como querellantes en la causa penal para que se sepa la verdad, se termine con la impunidad y se haga justicia. Ya Bergoglio había impulsado la causa de beatificación de los mártires en el 2006, la que también se detuvo debido a diferencias entre los obispos. Como en el caso del mártir Angelelli, también para los mártires palotinos queremos repetir lo que escribíamos en diciembre del 2000 en “Umbrales” sobre los “nuevos mártires”: “Algún día se valorarán las historias de nuestros mártires de hoy. Por ahora, ellos esperan todavía un digno reconocimiento”.

P.C.

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