(Biblia) POR UN SOLO PECADOR QUE SE CONVIERTE…

Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo. Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos». Jesús les dijo entonces esta parábola: «Si alguien tiene cien ovejas y pierde una, ¿no deja acaso las noventa y nueve en el campo y va a buscar la que se había perdido, hasta encontrarla?
(clic aquí para el texto completo)
Lc 15,1-10

Dios ama a los pecadores, a cada uno de ellos, goza de su retorno y hace fiesta. Es el sentido de las dos parábolas de la oveja perdida y de la dracma perdida. El acento se pone sobre el gozo de Dios, más que sobre el arrepentimiento de los pecadores: habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierte que por 99 justos… (15, 7). La misericordia de Dios no es proporcional a los méritos sino a la miseria del hombre. Jesús con estas parábolas justifica, frente a los fariseos, su actitud hacia los pecadores. Se habla de conversión, pero no del pecador a la justicia sino del justo a la misericordia.

Los fariseos, que eran los hombres más religiosos de Israel y se consideraban “justos” frente a Dios, se escandalizaban porque veían a Jesús acercarse a los pecadores, antes de que ellos se convirtieran. Según ellos, Dios rechazaba a los pecadores porque eran sus enemigos; por eso ellos también los rechazaban. Por el contrario, para Jesús, Dios goza inmensamente al recuperar la amistad de ellos. Dios no disculpa al pecador ni disminuye su culpa pero espera en su retorno. La primera parábola habla de una oveja perdida (Lc 15,1-10). En esta parábola el acento se pone sobre el valor para Dios de una sola oveja, entre tantas, que se perdió en los montes. La búsqueda del pastor es obstinada. La busca hasta que la encuentra (Lc 15,4). Se despreocupa de toda la grey que queda en el desierto. Le importa más esa oveja que todas las demás. No porque sea la más linda, la mejor, sino porque se perdió y quizás esté herida. Dios nos ama debido a nuestra debilidad, porque nos ve sufrir. Aquí se subraya el amor personal y apasionado de Dios para cada persona, sobre todo si se encuentra en dificultad. Dios conoce a cada uno de sus hijos por su nombre, por su historia; cada uno es irrepetible y amado como si fuera único. Dijo Jesús: el que recibe a uno de estos niños en
mi nombre… (Mt 18, 5); si se escandaliza a uno de estos pequeños que creen en mí… (Mt 18, 6); lo que hicieron a uno de estos mis hermanos pequeños… (Mt 25,40).
Un solo pecador que se convierte vale más que todos los “justos”. La oveja se deja llevar mansamente por el buen pastor a la casa. Las 99 ovejas representan a los que se creen “justos” y no necesitan convertirse (Lc 15,7). No se trata aquí de 99 buenos cristianos que se quedan en el redil y de un pecador que se pierde afuera del mismo. La contraposición se da entre la soberbia de los profesionales de la religión (15,2) que no necesitan del pastor y el pecador que vuelve arrepentido a casa, de la mano del pastor. Las 99 ovejas siguen vagando por el desierto y se quedan afuera de la casa, como el hermano mayor de la parábola. Si también ellas se reconocieran necesitadas de misericordia, podrían ser encontradas por el pastor que ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido (Lc 19,10). Con la oveja perdida y encontrada no hay rezongos, ni castigo, ni penitencia. El pastor pone amorosamente la oveja sobre sus hombros, vuelve a casa y hace fiesta con sus amigos y vecinos. La parábola es también una invitación a salir por los caminos a buscar ovejas perdidas, a dejar el círculo tan simpático de los creyentes sin problemas, a mirar más allá de nuestras ceremonias y despachos, a ofrecer a todos la amistad del pastor. Jesús hace fiesta por la conversión de un solo pecador como en el caso de Zaqueo y enfrenta las críticas de todos por haber entrado en su casa. Son las críticas envidiosas del hijo mayor, de los que acusan a Jesús de comilón y amigo de los pecadores.
En Mt 18, 14 Jesús vuelve a declarar: Dios quiere que no se pierda ni tan solo uno de estos pequeños, pero esta vez es en el contexto de la comunidad cristiana, en el discurso eclesial sobre los “pequeños” de la comunidad que son la gente sencilla, los más débiles en la fe y que se alejan. Hay que buscar y recuperar a estos hermanos con determinación; son el centro de la preocupación de Jesús. El Padre no se resigna a esto. En las comunidades no debe prevalecer la lógica del número y del prestigio, sino del amor a cada uno, para que “ninguno” se pierda. Los “pequeños” no deben ser abandonados sino acompañados con amor. La segunda parábola habla también de una única dracma perdida (Lc 15,8-10) y de una gran fiesta. Se trata de una moneda de poco valor, pero para una mujer pobre que sólo tiene diez dracmas como patrimonio, tiene grandísimo valor. Diez dracmas de plata equivalían a diez jornadas de trabajo. La casa es una sola habitación sobrecargada, donde hay de todo y sin luz. La mujer revuelve toda la casa hasta encontrar la moneda. Se destacan los detalles para subrayar la intensa búsqueda; la mujer enciende la lámpara, barre la casa, busca en todos los rincones… No hubiera podido hacer más. Hay que destacar que la oveja no ha vuelto a casa por su iniciativa, la dracma no ha vuelto al bolso por su cuenta. Han sido buscadas y encontradas. La iniciativa es del pastor y de la mujer. Estas parábolas son una invitación a los “justos” para que no desprecien a los pecadores y se acerquen a ellos como a hermanos.

Primo Corbelli

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