(ENTREVISTA) CECILIA ZAFFARONI

Entre nuevas culturas y viejos clericalismos: los laicos en la Iglesia uruguaya

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P. E. Casarotti SJ (UCU) entregando la Gran Medalla Académica a Cecilia en 2013. (J. Cuneo).

Nuestra entrevistada es Asistente Social con una extensa trayectoria a nivel académico y de políticas públicas. Integra el Departamento de Laicos en tanto miembro del Espacio Parroquia Universitaria y ha formado parte de la Mesa Permanente del DELAI en los últimos dos años.

 

 

Cecilia, en primer lugar quisiéramos preguntarte por el Encuentro Nacional de Laicos que tuvo lugar hace apenas algunas semanas. Cuéntanos cómo se compone este ámbito y qué respuesta generó la  convocatoria en esta oportunidad.

El XXXIV Encuentro Nacional de Laicos tuvo lugar el sábado 28 de mayo en el Colegio Maturana de Montevideo. Fue convocado por el Departamento de Laicos de la Conferencia Episcopal del Uruguay, invitando a participar a laicos de todas las Diócesis del país y a representantes de los movimientos laicales con presencia nacional que integran este Departamento.

Se retomó así la práctica de realizar estos encuentros cada dos años. En el 2014 se realizó el XXXIII Encuentro luego de varios años durante los cuales no se llevaron a cabo estas instancias.

Asistieron unos 300 laicos, el 67% de Montevideo y el 33% del Interior. El 87% de los asistentes del Interior pertenecen a cuatro Diócesis. Se destaca la participación de la Diócesis de Mercedes (27 representantes), en segundo lugar Canelones (21) y luego Maldonado y Salto (17 en ambos casos) Con una representación mucho menor estuvieron presentes las Diócesis de San José, Melo, Minas y Florida. No estuvo representada la Diócesis de Tacuarembó.

Los de Montevideo pertenecen un 54% a parroquias o comunidades de base y el 46% a movimientos.

 

¿Y qué evaluación primaria nos puedes compartir?

¿Con qué parámetros evaluar el resultado de convocatoria para responder a la pregunta que me plantean?

Si lo hago en términos de cantidad de asistentes, debo decir que el número fue algo inferior al Encuentro del 2014 en el que participaron unos 500 laicos. También en esa oportunidad con amplia mayoría de Montevideo.

La participación de laicos del interior en estas instancias sigue por tanto constituyendo un desafío que nos debe impulsar a encontrar caminos para lograr una mayor presencia. ¿Realizar encuentros en el interior? ¿Fortalecer el trabajo previo? ….

Entiendo que la cuestión numérica es un dato relevante pero no es el único criterio para evaluar los resultados de una instancia como esta.  Para incorporar otros elementos al análisis creo que es relevante ubicar estos Encuentros en su contexto.

En el 2014 se vuelve a generar un ámbito de encuentro que no se había concretado desde hacía mucho tiempo, en un escenario de cambios a nivel de la Iglesia universal y nacional que naturalmente generan expectativas, ambas cosas probablemente incidieron en la respuesta.

En el 2014 el Encuentro tomó como foco: El laico en misión: Salir a la periferia, partiendo del llamado del Papa Francisco en la Evangelli Gaudium y las orientaciones pastorales del CEU a fines del 2013.

A partir de allí, se inició un proceso de profundización de esa temática que nos llevó a poner la mirada – en esta oportunidad en forma más concreta – en la situación que vive hoy la sociedad uruguaya e interrogarnos sobre nuestro aporte como laicos que formamos  parte de ella.  El lema elegido: En el Año de la Misericordia  Construyamos fraternidad en una sociedad fragmentada, nos impulsó a analizar distintas facetas de la fragmentación social que vivimos y de los procesos que la han ido generando. Para ello se convocó a diversos laicos a presentar sus análisis y propuestas relacionados con los desafíos que hoy se nos plantean en relación a la familia, el trabajo, la educación, la convivencia ciudadana y el cuidado del medio ambiente. Se conformaron equipos para preparar y articular los diversos aportes a realizar.

Dentro de los frutos del Encuentro entonces además del número de participantes creo que es necesario considerar: a) que quienes asistieron concurrieron dispuestos a profundizar y aportar en un tema complejo, b) que se invitó a las diócesis y movimientos a generar instancias previas de reflexión para estar en mejores condiciones de participar en forma activa en esta instancia, y en varios casos así ocurrió, c) que se logró la colaboración de 27 laicos que prepararon aportes que fueron presentados en las diversas mesas y paneles, que hoy están recogidos en la página web del DELAI y a disposición de todos los interesados, d) que se han generado de este modo un conjunto de aportes que nos permitirán trascender el momento del encuentro y continuar alimentando la reflexión iniciada

Al realizar este balance creo pertinente señalar también que como contracara de la diversidad y profundidad de los contenidos planteados, se vio limitado el tiempo para el intercambio entre los participantes. De todas maneras, los espacios en que este tuvo lugar – en los equipos formados durante la mañana, y en las mesas temáticas de la tarde – resultaron especialmente enriquecedores y dejaron planteada la motivación para dar continuidad al análisis, e incluso algunas iniciativas concretas para generar nuevas oportunidades de diálogo e intercambio.

 

¿Tú crees que este tipo de Encuentros valen en sí mismos o deben formar parte de un proceso dentro de la Iglesia que vaya dando frutos con el paso del tiempo? O dicho de otra manera, ¿cómo se hace el seguimiento respecto a las propuestas concretas que salieron del Encuentro?

En la reunión del Departamento de Laicos, que se realizó el sábado 23 de julio, hubo una evaluación del Encuentro para acordar cómo seguir adelante.

En lo personal, considero que estas instancias tienen valor en los dos sentidos que están planteados en la pregunta. Por un lado valen en sí mismos, por lo que genera en los participantes la oportunidad de encuentro, de conocimiento mutuo, de recibir y dar aportes. Porque nos permiten incorporar elementos que ayudan a pensar, a profundizar nuestro conocimiento y análisis de la realidad, a orientar nuestra búsqueda de caminos para transformarla y nuestra motivación para hacerlo. Nos ayudan a sentir que formamos parte de una comunidad, que no estamos solos, a rezar juntos para que Dios nos ilumine y nos sostenga en la tarea cotidiana, nos ayude a superar desánimos y a vivir con alegría nuestra entrega.

También – y visto en perspectiva, – valen fundamentalmente como parte de un proceso, y en este sentido los frutos se podrán valorar con mayor cabalidad con el paso del tiempo.

Por eso es importante registrar como lo hemos hecho en el 2014 en la Memoria de las Relatorías de los Grupos y en esta ocasión a través de la recopilación de todos los aportes que fueron incluidos en la web.

También sería bueno rescatar la información que ha quedado de encuentros laicales anteriores.

Mirar en perspectiva nos permite ver si vamos creciendo en nuestra capacidad de aporte como colectivo en cada tiempo y circunstancia, si los ámbitos de trabajo conjunto nos ayudan a descubrir con mayor claridad nuestro papel como miembros del Pueblo de Dios y cómo se refleja esto en nuestro compromiso con la Iglesia y con la sociedad.

Con posterioridad a este último Encuentro, llegaron a la Mesa, propuestas, comentarios entusiastas, sugerencias, también críticas… todo esto nos parece importante como signo de que estas instancias generan dinamismo, vida, deseos de ser parte y de aportar. Confiamos en encontrar los caminos para que esto no se pierda con el transcurso del tiempo sino se potencie y multiplique, de modo de llegar al próximo Encuentro habiendo subido nuevos escalones.

 

Pasando ahora a vivencias más personales: tú formas parte de una generación de laicos/as muy activa que ha sido testigo de los profundos cambios generados por el Concilio Vaticano II. Cincuenta años después y a manera de evaluación: ¿qué aportes crees que ha realizado esa generación a la vida laical de la Iglesia en Uruguay? ¿Qué diferencias encuentras respecto a las nuevas generaciones comprometidas en la vida social y eclesial?

Como generación fuimos muy marcados en nuestra juventud y etapa de ingreso a la vida adulta por el Concilio Vaticano II y por la situación social y política que se vivía en el país y en América Latina. En este contexto muchos de nosotros vivimos nuestra vida de fe y nuestro compromiso social como una unidad indisociable. Una experiencia vital no exenta de tensiones, de dificultades, de riesgos, de encuentros y desencuentros, en la que algunos entregaron incluso su vida.

En su momento nos sirvieron de apoyo los movimientos especializados (JEC, JUC) Parroquia Universitaria, y más adelante las comunidades eclesiales de base y la pastoral de conjunto. No para resolver las tensiones que plantea para el laico ser – utilizando palabras de Puebla – “hombres y mujeres de la iglesia en el corazón del mundo y hombres y mujeres del mundo en el corazón de la iglesia” ya que son intrínsecas a su condición, pero sí para discernir y buscar en forma comunitaria, cómo vivir con ellas.

No siempre logramos encontrar respuestas adecuadas, algunos mantuvieron su inserción eclesial, varios fueron y siguen siendo referentes para muchos de nosotros, otros se replegaron viviendo su fe en forma individual o compartida en grupos pequeños, otros se alejaron de la Iglesia.

Hoy los tiempos han cambiado. Los “proyectos de sociedad” que predominaron en otras décadas han entrado en crisis, hay profundos cambios de todo orden incluso en los ámbitos de socialización primordiales (familia, educación, trabajo, vecindario) y en el tipo de vínculos que entablamos entre nosotros. Hay un aumento de la diversidad, de la fragmentación y al mismo tiempo de la interdependencia.

Hay un vacío y concomitantemente una búsqueda de sentido que a veces se pierde tomando por atajos que no constituyen respuestas sino formas de alienación.

Pero también muchos signos de esperanza, de vida nueva, de humanización, de búsquedas respecto a cómo avanzar hacia sociedades más equitativas donde se respete la dignidad y los derechos de todos, cómo integrar la diversidad de culturas y tradiciones, cómo encontrar el camino para la unidad en la pluralidad en las sociedades, en las organizaciones humanas y también en la Iglesia. Con avances y retrocesos.

Hoy más que nunca el mensaje de Jesús es una buena noticia, que puede iluminar las búsquedas e interrogantes de creyentes y no creyentes.

En esta búsqueda las nuevas generaciones tienen un papel crucial, están abriendo futuro. Es en diálogo con ellos que deberíamos rescatar el valor de lo construido y gestado por tantos en generaciones anteriores para proyectarlo a través de nuevas formas, sin atarnos a esquemas o formatos que respondieron a otras circunstancias.

El Papa Francisco nos ha alentado a volver a las fuentes, al encuentro con Jesús y su mensaje para encontrar como anunciar su reino. “Cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual”. (E.G. 10)

En este sentido confío en la novedad que traen las nuevas generaciones. Pero su creatividad y compromiso deben ser alentados.  En particular, creo que hoy tienen poca presencia y continuidad los ámbitos de apoyo y acompañamiento a los laicos que buscan vivir su fe insertos en el mundo, y en especial de los que asumen roles públicos. Tampoco son frecuentes las oportunidades de intercambio intergeneracional.

 

En relación a la pregunta anterior y teniendo en cuenta tu experiencia y conocimientos en las ciencias sociales: ¿cuáles son a tu criterio los principales desafíos de la Iglesia en la sociedad actual? ¿cuál crees que será el papel de los laicos/as en esos desafíos?

De algún modo, mencioné algunos aspectos al responder a la pregunta anterior.

Un desafío crucial es encontrar los caminos para el diálogo con la cultura y el mundo contemporáneo. Hablar con un lenguaje que responda a las interrogantes y búsquedas del hombre y la mujer de hoy, que permita hacer llegar el mensaje de vida y esperanza de Jesús a todos, en especial a los pobres y “descartados” por la sociedad actual, y que ofrezca un sentido a los jóvenes.

Una Iglesia abierta, en diálogo con una sociedad plural, no autocentrada ni a la defensiva, servidora, que asuma con libertad y sin ataduras su rol profético, iluminando en medio de tantas contradicciones y movimientos pendulares el camino para que la humanidad llegue a vivir la plenitud de su vocación como hijos de Dios.

En ese diálogo y en esta construcción, junto con otros que compartan nuestro proyecto de humanidad, el papel de laico es sin duda central.

 

Para finalizar. Hace un tiempo el Papa Francisco nos dijo que el clericalismo nada tiene que ver con el cristianismo. Aún así, hay quienes piensan que en la Iglesia los laicos son meros brazos ejecutores de los curas. ¿Tú qué crees? ¿hay realmente espacios de protagonismo laical o sigue primando la concepción de una Iglesia clerical?

Creo que el clericalismo está muy presente aún en nuestra Iglesia, pero no sólo en los pastores, también en los laicos. No es sólo un problema de espacios, aunque también lo es. No siempre visualizamos con claridad el rol a jugar ni estamos dispuestos a encarar proactivamente y con profundidad las tensiones y dificultades que implica promover nosotros mismos esos espacios. Muchas veces nos replegamos en una actitud pasiva, o en todo caso de reclamo, esperando que otros nos allanen el camino.

Modificar pautas tan arraigadas no es viable a través de procesos individuales, requiere un camino vivido como comunidad. Implica apostar a un diálogo maduro y constructivo entre los propios laicos (no todos pensamos ni sentimos lo mismo) y con nuestros pastores. Requiere escucha, comprensión mutua, confianza, articular visiones, abrir caminos. Generar cierta “opinión pública” dentro de la Iglesia, asumiendo que seremos capaces de mantener nuestra unidad respetando diferencias, porque es más fuerte lo que nos une que lo que nos separa.

Que finalmente “sea la hora de los laicos” no depende sólo de nosotros, pero requiere que seamos capaces de asumir nuestra parte.

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