(editorial) Un sueño de paz

El sueño de paz universal que se generó luego de las grandes guerras del siglo pasado y de la caída del muro de Berlín ha dejado por lo menos una herencia; y una herencia problemática: la creencia que existan soluciones globales para los problemas del mundo. Pensar mundial, actuar local: se decía, como que siempre hay algo que resolver a nivel macro, si queremos solucionar lo cotidiano. Las alternativas globales se pensaban necesarias frente a un poder que se veía, y es realmente, global.

Esta herencia crea la ilusión de que son necesarias soluciones de arriba; las decisiones del Obispo, de la Conferencia espiscopal, del papa… parecen poder arreglar los problemas de la Iglesia: “si el papa tomara posición a favor de los pobres…”; llegó Francisco, tomó posición, no cambia la realidad, no cambia el planteo de muchos obispos…. Efecto de la misma herencia es, por ejemplo, el hecho que revistas europeas diserten sobre la situación de Argentina: ¿de veras tienen el punto de vista adecuado? Igual, se sabe y se perdona si la página de informes internacionales contiene errores. Nos interesamos por el ISIS, por los refugiados que mueren buscando las costas europeas y olvidamos los que mueren buscando dignidad en los asentamientos de la capital de Uruguay o de Argentina. Otro efecto de la misma herencia: lograr iniciativas que alcancen al mundo entero: llegar a la prensa, tener prensa, repartir prensa… “¿Cuánto bien harán las palabras del papa desde la JMJ?”. Los mismos vecinos, cuando tienen un problema grave en el barrio, sienten que hicieron algo importante cuando lograron “llamar al canal”, ir a la prensa, hacer ruido… Las redes sociales parecen ser la solución a esta sed de alcance global.

Esta esperanza de soluciones globales, que nos quedó de herencia y se alimentó de la globalización, es una buena estrategia para que nada cambie y vivamos en el constante sentimiento de culpa, nuestra porque no sabemos qué hacer, y de los que deberían decidir porque no toman decisiones correctas y eficaces.

Un maestro de vida espiritual, y experto político, decía: leer cada día unas páginas de un buen libro de historia, cada día el Evangelio, cada día los salmos. Mirar la historia para entender las dinámicas del presente (no mirar el presente buscando la mejor interpretación); el Evangelio que nos hace mirar al prójimo, al que está cerca: su problema es lo más urgente, no lo que se vive en Oriente Medio; los Salmos que me elevan a Dios, que cuando entró visiblemente en la historia lo hizo desde un rincón de un rincón del imperio romano, con Jesús que se interesaba por el prójimo. Él apreció la ayuda de los vecinos: nadie soluciona los problemas solo; y frente a la tentación (la segunda según san Lucas) de la solución global, la rechazó.

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