(Biblia) AL QUE SE LE PERDONA MUCHO, AMA MUCHO

Un fariseo invitó a Jesús a comer con él. Jesús entró en la casa y se sentó a la mesa. Entonces una mujer pecadora que vivía en la ciudad, al enterarse de que Jesús estaba comiendo en casa del fariseo, se presentó con un frasco de perfume. Y colocándose detrás de él, se puso a llorar a sus pies y comenzó a bañarlos con sus lágrimas; los secaba con sus cabellos, los cubría de besos y los ungía con perfume
(clic aquí para el texto completo)
Lc 7,36-50

Jesús es invitado a comer en la casa de un rico fariseo llamado Simón. La puerta está abierta y al final del banquete entra improvisamente una mujer de mala vida, conocida por todos. Ella se dirige directamente a Jesús y rompe a llorar. Se echa a los pies de Jesús, los lava usando sus lágrimas y los seca con sus cabellos, los besa y llena de perfumes. Normalmente se derramaba el perfume sobre la cabeza; ella lo derrama sobre los pies de Jesús por no sentirse digna de él.

Frente a esta escena nadie habla y todos observan. Jesús ve en ella lo que nadie ve; adivina en ella arrepentimiento, gratitud y amor, mientras el fariseo piensa mal de ella y de él (por no saber, como profeta, quien es la que lo toca). Sin em­bargo Jesús sabe que ella es una prosti­tuta, pero comprende que en esos ges­tos silenciosos hay un amor agradecido. Entonces muy delicadamente se dirige al fariseo con una parábola (Lc 7, 41-43), haciéndole descubrir su autosuficiencia, presunción, falta de sabiduría. Defiende a la pecadora, asi como lo ha hecho con la mujer adultera (Jn 8, 1-11), y le explica sus gestos aparentemente excesivos. No le importa su pasado, cree en su conversión, mientras el fariseo se mantiene distante y desconfiado, satisfecho de sí mismo. El resumen de la parábola es que el deudor más agradecido al dueño es aquel a quien el dueño le perdona la deuda mas grande. Por eso la mujer ama mucho porque se le ha perdonado mucho. Es el sentido del versículo 47: “le han sido perdonados sus muchos pecados y por esto (no “porque”) ha amado mucho”. El amor es consecuencia del perdón y el perdón siempre es iniciativa de Dios. También es cierto que amor y perdón se alimentan mutuamente y siempre van juntos, el perdón de Dios llega a quien se arrepiente. Esta prostituta en casa del fariseo Simón, no debe ser confundida ni con la Magdalena ni con María, la hermana de Lázaro. Es una desconocida, la primera persona que demuestra un gran amor a la persona de Jesús y con susu gestos lo llena de cariño. Ella seguramente había oído hablar de Jesús y de su bondad; intuye que él la perdona y agradece a Jesús como puede y como sabe. Jesús también intuye en ella arrepentimiento y ganas de cambiar. Ella es como el publicano en el templo que se golpea el pecho en silencio, mientras del otro lado está el fariseo arrogante. A Jesús no se le escapa ningún detalle de lo que ella hace y los valora; defiende esas aparentes exageraciones diciendo: al que se le perdona mucho, ama mucho (7,47b). Jesús se deja vencer por esas locuras del amor de una mujer que lo arriesga todo frente a las murmuraciones y el desprecio de los presentes. Para ella es como si solo él estuviera presente. Es pecadora pública y público es su arre­pentimiento. Obra por encima del cálculo. Lo que hace va más allá de lo razonable; pero Jesús se lo merece todo. Se ha dado cuenta de que Jesús es el reflejo de la ternura misericordiosa de Dios y es el único que puede entenderla y salvarla.

El fariseo se cree justo a los ojos de Dios y desprecia a la pecadora. Él cree que los buenos son los que cum­plen la ley de Dios (es decir, con la -Torá”, los primeros cinco libros de la Biblia) y Dios los ama a ellos; pero Dios castiga a los pecadores y por eso  hay que apartarse de ellos para no contaminarse. La religión del fariseo es pura contabilidad. Dios lleva la cuenta de las faltas y de las obras buenas y sopesa las acciones para juzgar. Para Jesús el punto fundamental no es quién es el más justo (el que más observa la ley de Dios) sino el que ama más, aunque tenga las mayores deudas. El amor de Dios no se compra con la moneda de los méritos, el amor de Dios es gratuito y amor con amor se paga. Simón no es mala persona y es aparentemente correcto con Jesús, pero no le demuestra amor (lo estudia para juzgarlo). Él entiende la santidad del hombre religioso como un distanciamiento de los pecadores. El significado de “fariseos” es “separados”. Por el contrario, el principal rasgo de Jesús es el acercamiento y la misericordia (Lc 6, 36) para con ellos. La perfección evangélica no es la los que no pecan nunca sino la de los que confian en la misericordia de Dios y son compasivos y misericordiosos con los pecadores. Simón debería arrojarse él también a los pies de de Jesús reconociendo su indignidad. Su pecado es mucho mayor que el de la prostituta; revela un total distanciamiento de Dios y del gran mandamiento del amor a Dios y al prójimo. El fariseo es un guia ciego porque no se cree necesitado de misericordia; y por eso juzga sin misericordia.

La intervención de Jesús tiende por un lado a no humillar a la mujer y por el otro quiere sacudir a Simón para que entienda su error y mez­quindad. La mujer, frente a la delicadeza de Jesús, se siente animada y hasta honrada como el hijo pródigo al que se le pone el vestido más bello y el anillo al dedo. Es presentada al fariseo como modelo de hu­mildad y amor. Inclusive, frente a la decisión de la mujer de cortar los puentes, quemar las naves, abandonarse en las manos de Jesús, él le dice: tu fe te ha salvado; vete en paz (Lc 7, 50). No hay fe sin pasos audaces. La fe es creer que Dios nos ama a pesar de nuestros pecados. Jesús admira esta fe como la del centurión romano, del paralítico ba­jado desde el techo de una casa… Para Jesús ella no sólo es perdonada, es una mujer de fe. Ha reconocido en Jesús al enviado de Dios. El fariseo Simón quería conocer a Jesús; la que lo conoció de veras fue esta pecadora.

 

Primo Corbelli

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