Tema Central. EL ARTE DE LA PREDICACIÓN

(a la luz de la Evangelii Gaudium)

Cantalamessa predica en Caracas, 2010
Cantalamessa predica en Caracas, 2010

Todavía parece no haberse superado la crisis de la comunicación en la Iglesia, una crisis que viene de lejos y abarca toda la predicación. Son contundentes las palabras de un experto en la materia como el p. Raniero Cantalamessa: “El servicio de la predicación exige horas de lectura, estudio y oración. Si hay un lamento general que se escucha entre los fieles es la inadecuación y el vacío de la predicación. Muchos salen de la misa disgustados por la homilía, empobrecidos en lugar de enriquecidos. Para mi es el problema pastoral número uno. La gente busca pan y a menudo se le da un escorpión, es decir palabras improvisadas y triviales o inclusive no se le da nada”. También en el documento de Aparecida se decía: “Son muchos los que se dicen disconformes no tanto con el contenido de la doctrina sino por la forma con la que esta es presentada” (n.497). Y sin embargo “la predicación es el primer cometido del  ministerio ordenado”, según el Concilio.

El presidente del Pontificio Consejo para la Cultura, Gianfranco Ravasi, en una entrevista a una agencia católica, invitó a los sacerdotes a mejorar sus homilías. “Aunque debemos decir que 10 minutos son el modelo base de duración, si la homilía es corta pero aburrida, se hace larguísima. Ha de ser sencilla, pero a la vez llamativa. Hay que hacer como Jesús que partía de la vida: las semillas, los peces, las monedas perdidas, las cuestiones familiares, los problemas concretos. De por sí la homilía está dirigida a los creyentes para el crecimiento de la fe, pero en ocasión de matrimonios, funerales etc., cuando acuden también no creyentes, hay que hacer un primer anuncio”. Por su parte el arzobispo Nikola Eterovic, ex secretario de los Sínodos de Obispos, señala que hay que evitar absolutamente la improvisación y sugiere el ejemplo del Papa que comienza desde el lunes a preparar la homilía del domingo siguiente y la actualiza a la luz de los acontecimientos que se van dando: “Hace falta determinar el tema principal, transmitir las propias convicciones, ayudar a memorizar el tema, sugerir acciones concretas”. También el arzobispo Rino Fisichella, presidente del Pontificio Consejo para la Nueva Evangelización pidió a los sacerdotes “hacer un examen de conciencia sobre las homilías y cuanto tiempo se dedica a prepararlas, porque se trata del primer ministerio de los pastores y mucha gente no acude a la Iglesia a causa de nuestra predicación”.

Dedicaremos por lo tanto este artículo a la predicación, pero muy especialmente a la homilía dominical partiendo de las consideraciones del Papa en la “Evangelii Gaudium” (E.G.).

5-3La homilía es una tarea evangelizadora semanal que es parte del núcleo central de la celebración eucarística.  Evangelizar significa comunicar buenas noticias. “Evangelio” es una palabra conocida en la antigüedad griega por la que los heraldos anunciaban la victoria después de una guerra. Se trataba de una noticia alegre que había que festejar. En la misa festejamos la resurrección de Jesús como vencedor del pecado y de la muerte, y su presencia viva entre nosotros. Por eso es tan importante escuchar y comprender su palabra para llevarla a la práctica. El Papa Francisco dedica en su carta encíclica (E.G.) nada menos que 24 párrafos del tercer capítulo a la homilía y en general a la predicación. El motivo de esta preocupación se describe en el número 135: “Son muchos los reclamos que se dirigen en relación a este gran ministerio y no podemos hacer oídos sordos, ya que los fieles le dan importancia”. Es que la homilía sigue siendo el único momento de formación cristiana para la mayoría de los feligreses después de su primera comunión. Lamentablemente esta resulta por lo general poco eficaz y significativa, cuando no aburrida e inaguantable.

 

EL QUE NO SE PREPARA ES “DESHONESTO”

El  Papa dedica a la preparación de la homilía estas fuertes palabras: “Es una tarea tan importante que conviene darle un tiempo prolongado de estudio, oración, reflexión y creatividad pastoral. Un predicador que no se prepara no es espiritual; es deshonesto e irresponsable con los dones que ha recibido” (n.145). Inclusive añade que debe dársele ese tiempo “aunque deba darse menor tiempo a otras tareas también importantes”. No se puede jugar con el monopolio del micrófono y el silencio obligado de los fieles. Todavía se encuentran sacerdotes que preparan la homilía cuando están poniendo el alba, el cíngulo, la estola y la casulla para la misa. Siempre hay cosas para decirle a los fieles: la kermés parroquial, la restauración del templo, los niños de catequesis que no vienen a misa. O simplemente se repite el episodio evangélico que ya se ha escuchado, sin mayores comentarios. Obviamente es una falta de respeto a la Palabra de Dios y a la gente. En un caso de apuro, por circunstancias quizás no voluntarias, sería en todo caso prudente ser sumamente breves para que la gente no se sienta burlada. El Papa pide antes que nada una lectura personal orante de la Palabra de Dios, unida a una oración para los feligreses que la escucharán. Pide al predicador que “dedique un tiempo para orar con esa Palabra, para no ser un falso profeta, un estafador o un charlarán vacío” (n.151). Decía san Agustín: “Si el predicador logra algo, en la medida en que lo logra es más por la piedad de sus oraciones que por sus dotes de oratoria”. Es lamentable cuando un cura empieza la misa sin siquiera saber cuales son las lecturas del día y recurre a un repertorio gastado y prefabricado para toda circunstancia. Tampoco se trata simplemente de pensar lo que se va a decir, sino de saber lo que Dios quiere que se diga. La Palabra de Dios y su explicación deberán orientar después toda la misa, desde la Oración de los Fieles hasta la Comunión y después de la misa, toda la vida.

Parecería a veces que la reforma litúrgica del Concilio haya cambiado muchas cosas, pero del “sermón” de antes haya cambiado solo el nombre; ahora se llama “homilía”.

Esta palabra griega es la que se usaba en los primeros tiempos de la Iglesia y significa “conversación familiar”; pero muchas veces no tiene nada de conversación ni de familiar. Los más ancianos en general predican como siempre han hecho; se sienten expertos en su trabajo y ya no necesitan prepararse. Ni se les ocurre pensar que deben seguir estudiando para ponerse al día en la exégesis, en la doctrina y en la pastoral, ya que se trata de verdades eternas que son siempre las mismas. A los jóvenes seminaristas muchas veces no se les enseña el arte de la comunicación; saben muchas cosas, pero no como transmitirlas al pueblo. El Papa dice que “la homilía es la piedra de toque para evaluar la cercanía y la capacidad de encuentro de un pastor con su pueblo” (n.135).

 

LAS HOMILÍAS ABURRIDAS

11-3Dijo el Papa Francisco hablando a los estudiantes de los Colegios Pontificios de Roma en mayo del 2014: “El problema de las homilías aburridas es que no hay cercanía cordial con la gente”. Para muchos feligreses si la homilía es aburrida (lo que sucede a menudo), la misa es aburrida y si la misa es aburrida, más vale quedarse en casa. Evidentemente la homilía no es lo más importante de la misa, pero puede dar el tono a toda la misa. Hoy se la asocia a algo repetitivo, monótono que ya se ha escuchado tantas veces, a recomendaciones y consejos de tipo moralista. Están también los predicadores que transforman la homilía en una clase como si los oyentes fueran alumnos. No miran a los que tienen adelante; son más importante sus argumentaciones que las personas. Arremeten con citas bíblicas, teológicas, de autores. Mientras los sermones antes eran simples exhortaciones morales, ahora el defecto actual de muchas homilías es de ser abstractas, de tipo doctrinal, alejadas de la realidad, difíciles de asimilar.

Las homilías son aburridas también por las frases hechas, los lugares comunes, las consideraciones genéricas, por hablar mucho y no decir nada. Lo peor es el protagonismo que se toma el presbítero cuando convierte la homilía en el centro de la celebración. Por el contrario, lo que debería importar sería limitarse a explicar correctamente la Palabra de Dios, conectarla al sacramento de la Eucaristía y aplicarla a la vida cotidiana con comentarios breves, incisivos y oportunos. La vida cotidiana incluye también los hechos sociales, los acontecimientos de la crónica diaria que deben ser vistos con los ojos del evangelio, para que la homilía no sea todas las veces más de lo mismo. Dijo en una oportunidad Joseph Ratzinger: “Es un auténtico milagro que la Iglesia sobreviva a los millones de pésimas homilías de cada domingo”, recordando quizás lo que ya decía el obispo Dupanloup en 1830: “A pesar de miles de sermones cada domingo, sin embargo Francia todavía no ha perdido la fe”. Más recientemente el obispo Tomas Spidlik: “La Iglesia ha colocado el Creo después de la homilía para invitar a creer en Dios y en Jesús a pesar de la homilía”. Son expresiones un tanto polémicas que revelan cierto malestar generalizado. Por otro lado no es tarea fácil aprender el arte de una comunicación atrayente. Hasta san Agustín se quejaba de que la gente prefería ir al circo que escuchar sus sermones. Por eso el Papa insiste en que antes de la predicación haya una seria preparación: “Uno, solo le da tiempo gratuito y sin prisa a las cosas que ama; y aquí se trata de amar a Dios que nos habla” (n.146). Es además “un ejercicio exquisito de amor al prójimo, porque no queremos ofrecer a los demás algo de escasa calidad” (n.156).

 

¿CONVERSACIÓN  FAMILIAR?

Por el camino de Emaús...
Por el camino de Emaús…

Escribía san Justino en la segunda mitad del segundo siglo: “Cuando el lector termina, el presidente de la asamblea con palabras suyas hace una exhortación e invita a que se imiten aquellos bellos ejemplos del Evangelio”. Se refería a la homilía. El verbo griego “homilein” (de donde viene “homilía”) significa “hablar familiarmente” como se hace en familia, con los amigos, de sobremesa. Es un verbo usado por el evangelista Lucas justamente al referirse a la conversación que tuvo Jesús Resucitado con los discípulos de Emaús. No se trata por lo tanto de un discurso sino de un mensaje. Es como una prolongación de la lectura bíblica. Es el momento en el que Dios habla a su pueblo. Dice el Papa en la E.G.: “Por su contexto eucarístico la homilía supera todo tipo de catequesis; es el momento más alto del diálogo entre Dios y su pueblo” (n.137). No es entonces un simple monólogo del cura que habla mientras los demás escuchan. La homilía debe producir en los fieles un diálogo con Dios en el que el sacerdote es un simple instrumento. Por eso también los fieles deben prestar atención, “hacer silencio para dejarlo hablar a Él… de manera tal que después cada uno elija por dónde sigue su conversación (n.143). Es muy importante la pausa de silencio después de la homilía; debe orientar a la asamblea y también al predicador a la comunión con Cristo en la Eucaristía. El objetivo de toda predicación es la conversión de las personas y por lo tanto más que a la inteligencia, hay que hablar al corazón. Por eso se dice en los Hechos que al oír a Pedro los oyentes “se sintieron traspasar el corazón” (He 2,36). El predicador es un “testigo” de Cristo que habla desde su experiencia, con entusiasmo y convicción personal, provocando e inquietando a todos en orden a una revisión de vida. El objetivo no es llenar la cabeza de la gente de ideas o de doctrina, sino del amor de Cristo. Decía san Alfonso: “Más que iluminar e instruir, hay que calentar el corazón”. Es lo que repite el Papa Francisco cuando dice que deben ser “palabras que hacen arder los corazones” (n.142). Tampoco se trata de imprecar y denunciar los males de este mundo. Decía un destacado biblista moderno, Bruno Maggioni: “No hablen de los males de este mundo; ya los conocen. Hablen del amor de Dios y todos los escucharán”. No hay que preocuparse por decirlo todo o servir en bandeja un recetario. No se trata de dar la comida terminada. El feligrés ha de poder sacar sus conclusiones prácticas y el predicador ha de dejar pendientes algunas preguntas. La gente ha de salir del templo con la gana de seguir escuchando. Escuchar una homilía debería ser un placer,  un verdadero alimento. No por nada la gente dice que la misa ha sido buena cuando ha habido una buena homilía.

 

LENGUAJE  POSITIVO

Es cansador y deprimente  escuchar las lamentaciones de ciertos predicadores contra el mundo de hoy, la televisión, la política, la disgregación de la familia, el sexo, la juventud perdida, la gente que no va a misa. Dice el Papa en E.G.: “El Evangelio es el mensaje más hermoso que tiene este mundo” (n.277). La propuesta evangélica es positiva, llena de bienaventuranzas. “No hay que decir tanto lo que no hay que hacer, sino lo que podemos hacer mejor” (n.159). Francisco y rechaza igual que Juan XXIII a los “profetas de calamidades” (n.84). En el n.76 reseña el aporte enorme de la Iglesia en el mundo actual a pesar de los pecados de algunos de sus hijos y desgrana algunas de sus actividades en los lugares más pobres y olvidados de la tierra. Se dice a veces que la Iglesia no sabe vender sus productos. Si es cierto que no hay que hacer el bien para ser vistos, también es cierto que es importante que se sepa el bien que hace la Iglesia con el testimonio hoy de sus mártires, misioneros, voluntarios, obras sociales  y ONG “para que la gente glorifique a Dios” (     ) y se acerque al Evangelio. También en la misma sociedad hay que saber detectar la presencia del Espíritu y los signos de los tiempos con los que Dios nos habla. Para anunciar el “gozo del Evangelio” hay que buscar también “un nuevo modo de comunicar el mensaje” (n.34). El Papa insiste en que no es posible reducir el mensaje evangélico a un mensaje moral. “Hay que proclamar siempre y no dar por descontado ese núcleo esencial del Evangelio que le da sentido, hermosura y atractivo” (n.34) y que es el anuncio del amor y la misericordia de Dios. Ese amor misericordioso revelado en Cristo nos lleva al amor fraterno entre hijos del mismo Padre. Y añade: “No se puede hablar más de la ley moral que de la misericordia de Dios, más de la Iglesia que de Jesucristo, más del Papa que de la Palabra de Dios” (n.38). En la exhortación “La alegría del amor”, el Papa demuestra cómo es posible y preferible hablar más de la belleza del matrimonio que condenar el divorcio, de la hermosura de una verdadera familia que descalificar las situaciones irregulares. Una Iglesia beligerante y polémica, solo suscita una reacción opuesta y crispada, y muchos simplemente dejan la Iglesia y se retiran en silencio. Por eso el Papa recuerda que “si sucede algo negativo, hay que mostrar también un valor positivo que atraiga, para no quedarse en la queja, el lamento o el remordimiento. Una predicación positiva siempre da esperanza y orienta hacia el futuro” (n.159).
HABLAR CON IMÁGENES

Hay  predicadores que parecen hablar siempre desde el púlpito. Hay que hablar menos y sobretodo con menos solemnidad. No se puede pretender tener la última palabra en todos los argumentos, como hablando “ex cátedra”. Se pide hoy una Iglesia cercana y amiga, más que maestra. Es bueno hablar desde la humildad, como quien quiere aprender del Evangelio y no sentirse dueño de la verdad, con un estilo discursivo y dialogal. Ya decía Sócrates: “No pretendemos ser maestros de nadie ni tener discípulos, sino amigos”.  Están los que, como profesores, usan conceptos e ideas, mientras Jesús usaba parábolas y narraciones. Citan palabras difíciles en griego o en latín de tipo teológico (metánoia, kénosis, parusía, escatológico…); palabras tan ininteligibles como otras de la misma  liturgia (tronos, potestades, dominaciones etc.). Así hacen saber a toda la asamblea que son profesionales entendidos en la materia. Pretenden hacer conocer al público quienes eran los fariseos, los saduceos, los publícanos, los escribas o largan ladrillos de doctrina sólida siguiendo a santo Tomás para explicar el misterio de la Santísima Trinidad.  Hay predicadores que quieren arrancar lágrimas a toda costa con gritos y susurros y finalmente los que como pilotos, después de haber dado tantas vueltas, ya no saben cómo aterrizar. Es cierto que el avance de la teología y de la investigación  bíblica después del Concilio no ha llegado al pueblo en general, pero la Liturgia de la Palabra no es el momento adecuado para eso. El Papa en E.G. nos pide “sencillez y claridad” (n.158).

Hablar sencillamente no significa rebajar el discurso a un estilo infantil o banal. El Papa en la E.G. enseña que “sencillez y claridad son dos cosas diferentes. El lenguaje puede ser muy sencillo, pero la prédica puede ser poco clara por el desorden y su falta de lógica, por tratar varios temas al mismo tiempo” (n.158). El documento papal sugiere “unidad temática”, con solo “una idea, un sentimiento, una imagen” (n.157). El mismo Pontífice baja a exponer los recursos pedagógicos necesarios. Según él, “aprender a hablar con imágenes es uno de los esfuerzos más necesarios” (n.157) y a eso le dedica un párrafo entero. El mismo Papa Francisco hace el esfuerzo de predicar con imágenes incisivas, que se graban con fuerza. Hoy por ejemplo se usa en todas partes la expresión “pastores con olor a oveja” o cristianos “con cara de vinagre”. Son imágenes muy evocatorias que van más allá de las palabras. Los que utilizan muchas imágenes se comunican mejor, son escuchados con más atención, agradan más. Ya advertía san Alfonso: “Cuando las nubes son muy altas, es difícil que llueva. Debo hablar y escribir para que me entienda también Sabatiello (el portero)”. El mismo san Pablo comentaba: “Prefiero decir cinco palabras mías que sean entendidas y ayuden a los demás, antes que diez mil en lenguas extrañas” (1 Cor 14, 19).
HABLAR BREVEMENTE

El Papa pide que en el texto bíblico se descubra antes que nada “el mensaje principal, el que estructure el texto y le de unidad.., para que la predicación no sea una suma  de diversas ideas desarticuladas” (n.147). Es conveniente hablar de un solo argumento, distinto cada domingo. Aunque el predicador hable sencillo y claro si habla demasiado y de demasiadas cosas, todo se olvida. En la E.G. se dice que “la homilía debe ser breve. Aunque el predicador fuera capaz de mantener el interés de la gente durante una hora, entonces su palabra se volvería más importante que la celebración de la fe. La palabra del predicador no ha de ocupar un lugar excesivo; el Señor ha de brillar más que el ministro” (n.138). En la charla con los estudiantes de los Colegios Pontificios en el 2014 el Papa se explicaba de esta manera: “Es uno de los puntos de conversión que la Iglesia hoy necesita: adecuar bien las homilías para que la gente realmente asimile. Luego de ocho minutos, aunque la gente no lo demuestre, la atención desaparece; una homilía de más de ocho o diez minutos, no es buena”. Así como hay homilías sin contenido, también las hay con demasiado contenido. No es posible explicar “brevemente” las tres lecturas, la fiesta del día, las últimas palabras del Papa y la carta pastoral del obispo. Fundamental es la explicación del Evangelio, con alusiones en todo caso a las demás dos lecturas. Hay que tener en claro lo que se quiere transmitir de acuerdo a la liturgia del día, con una idea o dos que inquieten y remuevan; se puede hasta concretar todo en una sola frase del Evangelio para que pueda ser memorizada. El mensaje desarrollado puede contener  una o dos preguntas para ayudar a la gente a revisar su vida y a personalizar la Palabra de Dios. Un excelente y exitoso predicador como san Francisco de Sales aconsejaba: “Hablar poco y bueno, poco y simple, poco y claro, poco y amable”. También un refrán popular asegura: “Lo poco si es bueno, es dos veces bueno”. Y el Eclesiástico (32,8): “Resume tu discurso; di mucho en pocas palabras”. Si hay algo que molesta son las homilías repetitivas, largas, que dicen siempre lo mismo y se arrastran inútilmente. Es el caso de los predicadores que hablan sin descanso pasando de un argumento a otro y al darse cuenta de la hora, dejan la homilía y emprenden en cuarta la lectura de la Oración Eucarística para terminar a tiempo la misa. Hay otros que practican la homilía “difusa” sermoneando tres o cuatro veces más durante la misa.

Hoy se dice y repite que la homilía debe ser breve; por eso no faltan  tampoco los que sin prepararse, largan dos ideas estereotipadas y con eso piensan haber cumplido. Por el contrario, justamente porque la homilía ha de ser breve, debe ser muy bien preparada para que sea eficaz.

 

UN OÍDO AL EVANGELIO Y OTRO AL PUEBLO

VI-ES-ART-42007-murales_angelelliEste lema que era del obispo mártir argentino Enrique Angelelli, parece resonar en las palabras del Papa Francisco en el n. 154 de E.G.: “El predicador necesita también poner oído al pueblo, para descubrir lo que los feligreses necesitan escuchar. El predicador es un contemplativo de la Palabra, pero es un contemplativo también del pueblo”. Para eso “hace falta ampliar la sensibilidad para reconocer lo que tenga que ver realmente con la vida de la gente. Nunca hay que responder a preguntas que nadie se hace” (n.155). El primer paso para llegar al otro es comenzar hablando de lo que a él puede interesarle o preocuparle, desde su realidad. El buen predicador se acerca y mira en la cara a sus oyentes; habla con el corazón, no con olor a libro o a escritorio. El doble conocimiento de la Palabra de Dios y del pueblo al que se habla, es indispensable para aterrizar la predicación. Por eso el Papa aconseja que “sacerdotes, diáconos y laicos se reúnan periódicamente para encontrar juntos los recursos que hacen más atractiva la predicación” (n.159). Antes era solo el cura que explicaba desde el púlpito la Palabra de Dios. Ahora son cada vez más los laicos  que atraídos por la Palabra de Dios se reúnen en grupos bíblicos y están capacitados para colaborar con el sacerdote en la preparación de la homilía dominical. Antes la palabra del cura era sagrada; ahora son cada vez más los que se quejan y están disconformes con  la homilía del cura. Son cada vez más los que van a misa no por el simple precepto, sino por una real hambre y sed de la Palabra de Dios y muchas veces se sienten defraudados. Lamentablemente muchos sacerdotes ni se preocupan de hacer una evaluación, con los laicos o el equipo litúrgico, de su predicación: lo que se dice, como se dice, si la gente entiende, si es adecuada al ambiente, si es un verdadero alimento espiritual. Un buen ejercicio sería grabar la homilía y volverla a escuchar después. Para aprender a crear comunicación y a suscitar interés, es bueno hablar con los adolescentes. Es la prueba del fuego porque si no se logra atrapar la atención de los chicos, a diferencia de los adultos ellos se hacen oír y arman lío. Hoy han aumentado las exigencias de los fieles, culturalmente más maduros y acostumbrados a los locutores de radio y televisión.

Por otra parte no puede decirse que haya aumentado en los seminarios la preocupación para enseñar el arte de la predicación. Esta disciplina parecería estar ausente no solo de muchos seminarios sino de las escuelas de ministerios, casas de formación, cursos de catequesis.

 

PALABRAS  PROFÉTICAS

La predicación hoy en día, en un mundo tan violento e injusto, ha de ser necesariamente profética. Siempre estarán los que están observando si alguien dice alguna palabra fuera de lo políticamente correcto, capaces hasta de acusarlo de dividir la Iglesia si afirma algo discordante. Son los que no dicen nada contra la chatura y mediocridad de cierta predicación, solo se quedan en discursos piadosos y nunca se asoman a los temas de actualidad social.  Hay que superar el miedo a escandalizar a los fieles, como si fueran eternamente niños. Hay hechos que pueden afectar la misma reputación de la Iglesia, pero que ya no se pueden esconder; la gente se escandalizaría mucho más, si se los tapara. La mejor forma de ser creíbles, es ser fieles a la verdad, buena o mala que sea, y saberla interpretar  desde el Evangelio. Jesús dijo: “He hablado abiertamente ante el pueblo” (Jn 18,20). Es lamentable que haya predicadores que estén preocupados por quedar bien con todos, no despertar sospechas ni malentendidos. Ya en su tiempo santa Teresa se quejaba diciendo: “Los predicadores en su predicación buscan no incomodar a nadie. Son demasiado prudentes, no queman; su llama no calienta”. Son los que tratan de quedarse siempre en lo seguro para preservar, según ellos, el prestigio de la Iglesia. El no arriesgarse quita fuerza al mensaje profético. Los acontecimientos de la vida diaria, de la Iglesia, del mundo (los “signos de los tiempos”) ofrecen la ocasión de anunciar de modo eficaz lo que el Señor desea comunicar hoy. Muy poco se habla por ejemplo de la opción preferencial por los pobres, de las advertencias de Jesús contra la riqueza y el poder, de la doctrina social de la Iglesia, de los pecados sociales por los cuales en algunos países de tradición católica hay tanta gente de Iglesia metida en la corrupción. Habría que volver a leer al respecto las homilías de los primeros grandes Padres de la Iglesia como Basilio, Ambrosio, Juan Crisóstomo, Agustín etc. Aguar el evangelio es como traicionarlo. Escribe el Papa: “No podemos evitar ser concretos, sin pretender entrar en detalles, para que los grandes principios sociales no se queden en meras generalidades que no interpelan a nadie. Hace falta sacar sus consecuencias prácticas para que puedan incidir eficazmente también en las complejas situaciones actuales” (n.182). Al Papa no le tiembla la mano advirtiendo que a ciertos cristianos prácticos y de misa dominical “se les dirige el reproche de pasividad, de indulgencia o de complicidad culpable respecto a situaciones de injusticia intolerable y a regimenes políticos que las sostienen” (n.194).

 

DE MANERA AMABLE

Hacer buena prédicas no es suficiente si no se les da esperanza, paz y alegría a las personas, con una cercanía cordial. Según el Papa, se trata de una actitud que debe cultivarse “mediante la calidez y el tono de voz, la mansedumbre en el trato y el estilo de las frases, la alegría de los gestos. Aún si la homilía resulta algo aburrida, si existe esta cordialidad afectuosa siempre será fecunda, así como los aburridos consejos de una madre dan fruto con el tiempo en el corazón de los hijos” (n.140). Hay por lo tanto que estar atentos al modo de presentarse ante la asamblea. Todo tiene su importancia: la expresión del rostro, los gestos, la postura, la mirada que crea lazos con quienes se habla. El Evangelio debe ser anunciado con dulzura; debe ser buena noticia para los pecadores y alejados para que se sientan acogidos con cordialidad en la Iglesia. La gente ha de percibir en el rostro de sus sacerdotes el rostro del buen pastor y no el rechazo, la frialdad o la indiferencia del funcionario. El Papa Francisco nos enseña que también los gestos evangelizan. Hay pequeños gestos que abren camino a la amistad: saludar una por una a las personas, llamarlas por nombre, sonreír, abrazar y besar, disculparse, reconocer errores, recordar cumpleaños, pedir consejos, ofrecer oraciones… Cristo evangelizaba también cuando tocaba a los leprosos, abrazaba a los niños, se compadecía de los enfermos, lloraba por la muerte del amigo Lázaro. Una palabra, una bendición, un pensamiento pueden influir en la vida de un persona. También hay que recordar que es una cosa hablar a la comunidad cristiana y otra hablar con los que vienen tan solo para cumplir con el precepto y otra hablar con los que llegan por primera vez a la Iglesia (en caso de funerales, casamientos, bautismos..). No se habla de la misma manera a todos. Muchas veces será el caso de limitarse a hablar tan solo de Jesucristo y del amor que Dios nos tiene. Es lo primero y fundamental. Y la primera actitud apostólica será amar a la gente y demostrárselo. A una persona que llega a la iglesia por compromiso no se puede querer  hacerle tragar toda la doctrina cristiana de un golpe; lo primero  y absolutamente indispensable será una buena acogida. La mayoría de ellos tendrán un buen recuerdo de la Iglesia solo si han sido tratados cordialmente. Vale más el trato que se les da, que todo lo que se les dice. El Papa en “Amoris Laetitia” dedica dos párrafos a la amabilidad (99 y 100), una virtud que nos capacita para “decir palabras de aliento, que reconfortan, fortalecen, consuelan y estimulan”.

 

LA “PREDICACIÓN INFORMAL”

mario-3-640x400El Papa Francisco dedica todo el capítulo tercero de la E.G. a la predicación del Evangelio. Por primera cosa quiere desterrar un prejuicio de muchos por el cual los que deben predicar y anunciar el Evangelio son solo los que lo hacen en forma oficial: los obispos, los curas, los diáconos. Más allá de la homilía dominical reservada al que preside la Eucaristía y al ministerio ordenado, todo bautizado está llamado a predicar. El Papa lo dice así: “El sujeto de la evangelización es más que una institución orgánica y jerárquica; es todo el Pueblo de Dios” (n.111). Jesús no pidió a los apóstoles que formaran un grupo exclusivo, un grupo de elite, sino que todos los pueblos fueron sus discípulos. El Papa niega enfáticamente que la predicación del Evangelio deba ser llevada adelante solo “por actores calificados donde el resto del pueblo fiel sea tan solo receptivo de sus acciones” (n.120). Si un bautizado de veras cree en Jesús y ha hecho experiencia del amor de Dios “no necesita mucho tiempo de preparación para ir a anunciarlo, no puede esperar que le den muchos cursos o largas instrucciones… La Samaritana, apenas salió de ese encuentro con Jesús, se convirtió en misionera y muchos creyeron en Jesús por su palabra” (n.120). Con esto el Papa no niega que haya que crecer en la fe y lograr una mejor formación para un testimonio más claro del Evangelio. Pero al mismo tiempo advierte que eso “no significa que debamos postergar la misión evangelizadora; hay que comunicar a Jesús desde la situación en la que nos hallamos” (n.121). Son frases fuertemente comprometedoras para todos los cristianos laicos. La fe crece entregándola; y no hay excusas. “Nuestras imperfecciones (o impreparación) no deben ser una excusa; por el contrario, la misión es un estímulo constante para seguir creciendo y no quedarse en la mediocridad” (n.121).

El Papa detalla después cómo ha de desarrollarse esta predicación laical; no ya desde un púlpito o desde el altar, sino en la calle, de persona a persona, diariamente. Dice así: “Hay una forma de predicación que nos compete a todos como tarea cotidiana. Se trata de llevar el Evangelio a las personas que cada uno trata, tanto a los más cercanos como a los desconocidos” (n.127). El Papa llama a esta tarea: “predicación informal”, la que se puede realizar en medio de una conversación o visitando un hogar. Al tener la disposición permanente de llevar el amor de Jesús a todos, esta se produce espontáneamente y en cualquier lugar: en la calle, en la plaza, en el trabajo, en un camino” (n.127), o cerca de un pozo como Jesús con la samaritana. En esta predicación que ha de ser respetuosa y humilde, “el primer momento es un diálogo personal donde se escuchan las alegrías, las esperanzas, las inquietudes de la otra persona; solo después es posible presentarle la Palabra… de una manera directa, o a través de un testimonio personal, de un relato, de un gesto”  (n.128).

 

PROTAGONISMO DE LOS LAICOS

El Papa Francisco insiste en que para una renovada difusión del Evangelio como en los primeros tiempos de la Iglesia, debe haber “un nuevo protagonismo de cada uno de los bautizados” (n.120). Todos estamos capacitados para hacer resonar el “primer anuncio” (lo que en los tiempos de Jesús se llamaba en griego “kerygma”). Para el Papa es este: “Jesucristo te ama, dio su vida para salvarte, y ahora está vivo a tu lado cada día para iluminarte, fortalecerte y liberarte” (n.164). A este primer anuncio se le llama “primero” no porqué esté al comienzo y después se lo pueda olvidar o reemplazar con contenidos más importantes. Dice el Papa: “Es el anuncio principal, que siempre hay que volver a anunciar de una manera u otra” (n.164). “No hay nada más sólido, más profundo, más seguro, más denso y más sabio que este anuncio” (n.165). A este anuncio, subrayado por el Papa con cinco calificativos, están relacionadas las páginas más bellas y atrayentes del Evangelio y de la Biblia. Lamentablemente, si bien se ha hecho mucho camino en estas últimas décadas, la predicación oficial en muchas partes sigue siendo tediosa. Escribe el biblista Gianfranco Ravasi: “La Palabra está sufriendo, es traicionada y humillada. Con frecuencia los sermones son tan incoloros, insípidos e inodoros que resultan irrelevantes. La Palabra verdadera consuela y perdona, pero también ofende, hiere, inquieta, juzga, deja marcas”. El teólogo y arzobispo argentino Carmelo Giaquinta decía que una de las  graves falencias o asignaturas pendientes de la formación clerical era como capacitar a los seminaristas para  la predicación. Hoy puede decirse lo mismo de los agentes pastorales. Es preciso bajarse del pedestal, despojarse de todo dogmatismo y paternalismo, para confrontarse en pie de igualdad con la gente. Hay cierta irrelevancia y erosión del lenguaje eclesiástico que hay que superar. Ha llegado la hora de que los mismos laicos de a pie,  se hagan cargo de predicar el Evangelio.

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