Editorial: AÑO DE LA MISERICORDIA – CONSTRUIR FRATERNIDAD EN UNA SOCIEDAD FRAGMENTADA

El estilo de vida y cercanía, el modo de construir fraternidad, no puede ser otro que el de Jesús, y priorizando lo que él priorizó y a los que él priorizó. No se trata de repetir anacrónicamente, estamos llamados a seguir a Jesús hoy, y aquí, encarnados y encarnándonos en la historia.

Por tanto la respuesta cristiana a los desafíos presentes deberá apelar a las mediaciones científicas: políticas, económicas, sociológicas, epistemológicas. Esto es parte de la encarnación, no alcanza la buena intención, la complejidad del mundo actual nos exige teoría y acciones coherentes, a partir de la inteligencia para comprender las realidades temporales. Lo cual implica ir a las causas, entender las dinámicas de exclusión que están en la base de la fragmentación que nos interpela.

A su vez nuestro compromiso como cristianos tiene una razón de ser, un sentido, y una fuerza que nos viene de nuestro Maestro. De ahí la necesidad de beber de la fuente, de la persona histórica de Jesús.

Es tiempo de “volver a encontrarnos” con Jesús de Nazaret. ¿Dónde, en qué tiempos y sociedad, en qué escenarios se movió, de quiénes se rodeó, a quiénes en particular “salvó” Jesús?

Según San Marcos Jesús es su acción va y viene, recorre, no se instala, se entrega a la prédica del Reino de Dios (Mc 1, 15) con cuerpo y alma, casi sin descansar. Predica, cura, come con los suyos y con los pecadores. Ese hacer de Jesús, lo resume Pedro “Jesús pasó haciendo el bien(Hc. 10, 38).

En Lucas tenemos  “el programa de acción” de Jesús ya en la Sinagoga de Nazaret  cuando lee el texto de Isaías (Lc 4, 18-22), y luego, de modo insuperable, “las explicaciones” de lo que hace Jesús en las parábolas del samaritano, y las de la misericordia –y la alegría.

Si volvemos a Jesús, constatamos que allí donde alguien queda caído en el camino, allí donde una viuda llora a su hijo muerto, allí donde un mendigo, o un pecador, quedan fuera de la mesa compartida, allí donde una mujer o un niño sufren la violencia o son “ninguneados”, allí donde la gente tiene hambre… En todos esos “allí” siempre encontramos a Jesús “salvando”, rescatando de esas situaciones de injusticia, consolando, invitando a comer, abrazando, mirando a los ojos y dialogando, enviando a los discípulos a dar de comer, bendiciendo el pan a ser compartido…

En los relatos evangélicos queda clarísimo que, sin hacer acepción de personas, hay en Jesús una peculiar sensibilidad y solidaridad para con los más pobres, y con los que sufren todo tipo de marginación. Y esa es una clave ineludible para los cristianos de este país y este tiempo, ante las fracturas sociales mencionadas, Jesús hoy también nos llama a optar y estar junto a todos los invisibilizados, los nadies, los descartables o sobrantes de la sociedad del consumo, los que los medios de comunicación estigmatizan, los que la cultura del confort nos lleva a olvidar…

“Los infiernos de la historia son también lugares teológicos”, dice González Buelta, tal vez pensar en infiernos es pensar en la crudeza de un país en guerra, o en campos de refugiados, de los que abundan hoy, una ciudad desvastada… pero más cerca y cotidianamente podemos pensar en las cárceles, en los hospitales, en el drama de la prostitución y la trata de personas, muchas de las cuales son niños y niñas, el mundo de la droga y sus redes… Pues, sin embargo, allí también encontramos la dinámica pascual: muerte y vida, cruz y resurrección, allí también nos sorprende Dios y nos habla. Quienes trabajan en esos medios saben que no falta el drama oscuro, el miedo, el dolor lacerante, pero tampoco falta en esos sitios la esperanza, la generosidad, la solidaridad y la ayuda mutua, signos inequívocos de la presencia de Dios. Por eso los infiernos de la historia no son mudos, son también lugares de revelación divina.

Y esto sucede porque cuanto más herido y frágil, más sensible es el ser humano al abrazo de Dios -y de los hermanos-, más desnudo está para sentir su tibieza, y más libre para aceptar una nueva oportunidad de vida plena. Eso fue lo que experimentaron los contemporáneos de Jesús, en especial esos desgraciados y despreciados que lo seguían por los caminos y aldeas, que se amontonaban para escucharlo o para ser mirados y tocados por él.

Otra clave que descubrimos en los evangelios: Jesús salva desde sus entrañas de misericordia. El encuentro con ese Jesús “tan humano que sólo puede ser divino”, con sus prioridades, sus gestos, su mirada, su estilo… nos pone hoy también en camino –como a los discípulos de entonces-, al oír una vez más su voz: “ve y haz tú lo mismo” (Lc. 10, 37).

Al igual que aquellos galileos ayer, también hoy muchos aquí, en especial en los márgenes, pueden experimentar la sanación-inclusión: “Aún estamos vivos, somos parte de la gran historia de dolor y esperanza, podemos volver a empezar, y podemos salir nosotros al encuentro de otros, construir fraternidad…” Es la dinámica pascual de los perdonados perdonadores, de los rescatados que van al rescate de otros.

Ser cristiano es “seguir a Jesús” (una categoría de movimiento y no estática). Seguirlo supone mirar como mira, creer como cree (más que tener fe en Jesús, se trata de vivir la fe al modo de Jesús), amar como ama, trabajar como trabaja, vivir como vive y estar dispuestos –si fuera necesario- a morir como muere

Ese es el compromiso del bautizado, ser testigo; en las primeras comunidades bautizarse implicaba esto, estar dispuestos a dar la vida por la fe. Y de hecho a lo largo de la historia así ha sido, por eso caminamos acompañados-guiados por “una nube de testigos”. En nuestra América Latina y en nuestro país, tantas mujeres y tantos varones lo han hecho con su entrega generosa y fecunda, regando la historia con su sangre derramada o con su sudor cotidiano, gastando la vida día a día a favor de esa construcción de fraternidad.

En estos tiempos difíciles y complejos (donde hay que evitar tanto las interpretaciones como las acciones simplistas) tenemos el desafío permanente de la encarnación, una encarnación continua, como fue la de Jesús: asumiendo los límites y las posibilidades epocales y jugándonos en ellas. ¡Pero no como francotiradores solitarios e intermitentes! Sino en comunidad.

El centro de la prédica de Jesús fue el Reino de Dios, ese modo de relaciones nuevas donde reinen otros valores que los dominantes en aquel tiempo -y en este-, valores humanizantes. Reino que hay que acoger, recibir.

Jesús predica y hace presente el reino con muchos signos, el propio Jesús es esa novedad de Dios que irrumpe en la historia, y la significa con gestos sanadores, incluyentes. Mateo lo expresa en la respuesta de Jesús a Juan el bautista cuando manda preguntar desde la cárcel si es él o hoy que esperar a otro: “Vayan y díganle a Juan que los ciegos ven, los paralíticos caminan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, y la buena noticia es anunciada a los pobres” (Mt. 11, 5-6).

¿Cuál fue el modo de predicar “el Reino de Dios está cerca” y de hacerlo visible, reconocible? Jesús elige vivir, moverse, actuar, rescatar, en comunidad. La novedad de Jesús como Maestro es el movimiento que provoca con su prédica, es itinerante, siempre rodeado de una muchedumbre. Para su misión convoca a los discípulos (Mc. 3, 13-19 y paralelos) y lo siguen numerosas discípulas (Lc. 8, 1-3), vale decir forma la comunidad de los seguidores, una comunidad en círculos concéntricos cada vez más amplios, formada por los “Doce”, que llama para “estar con él y darles poder de expulsar demonios”, por los y las que dejan todo para seguirlo, pero también por amigos que los reciben en sus casas, y los que salen de ellas para escucharlo.

Esta es una clave fundamental para el seguimiento, la fe cristiana es comunitaria, seguimos a Jesús como Pueblo de Dios. Vivir la fe en forma comunitaria, no es marginal, sino central en el proyecto de Jesús. No es lo mismo caminar a solas que con otros, como lo hizo Él.

Otro aspecto a destacar en este punto, es la necesidad de “escrutar a fondo los signos de los tiempos”, como nos dice el Concilio: “Es necesario por ello conocer y comprender el mundo en que vivimos, sus esperanzas, sus aspiraciones y el sesgo dramático que con frecuencia le caracteriza…” (GS 4). Y agrega que la expresión “signos de los tiempos” debe usarse para los signos positivos que construyan la historia, y no para los negativos. También plantea que deben afectar a todos los hombres, cristianos o no.

Los seguidores de Jesús estamos llamados a descubrir esos signos en las semillas de  vida y esperanza que brotan, a alegrarnos y cultivar esos brotes donde aparezcan. Indudablemente hay signos dolorosos de fractura en nuestra sociedad, pero también hay múltiples ensayos de construcción de fraternidad, son  los signos y los “milagros” que hoy nos alientan. Parafraseando a Eduardo Galeano son como fueguitos -un mar de fueguitos-, a veces dispersos aquí y allá. No importa sin son encendidos por cristianos o por “otros”, pero estamos invitados, sí, a reconocerlos, cuidar, alentar, alimentar y a unir esos fueguitos de resistencia y construcción de dignidad con otros, que descubrimos como signos de los tiempos que anuncian ya en arras que “otro mundo es posible”. O dicho al modo del profeta Isaías, Dios siempre está haciendo brotar algo nuevo, sólo hay que notarlo (Is. 43, 19)

Así lo dice el Concilio: “El Pueblo de Dios, movido por la fe, que le impulsa a creer que quien lo conduce es el Espíritu del Señor, que llena el universo, procura discernir en los acontecimientos, exigencias y deseos, de los cuales participa juntamente con sus contemporáneos, los signos verdaderos de la presencia o de los planes de Dios. La fe todo lo ilumina con nueva luz y manifiesta el plan divino sobre la entera vocación del hombre. Por ello orienta la mente hacia soluciones plenamente humanas”. (GS 11)

Se trata de estar atentos al vuelo del Espíritu, para seguirlo, de sentir su soplo y animarnos a caminar con dirección: pues no es lo mismo caminar que deambular. Es fundamental el estar muy atentos, y “aprender a ser sabios competentes” en el arte de discernir estos signos de vida y esperanza en comunidad, como Pueblo de Dios.

Rosa Ramos

Extractado de la presentación realizada en el Encuentro Nacional de Laicos (28 de mayo 2016) y cuya versión completa ha sido publicada por Amerindia y se puede encontrar en

www.amerindiaenlared.org

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