Cultura: Horizontes críticos del pensamiento latinoamericano

Enrique Dussel y su Ética comunitaria

 

Enrique Dussel
Enrique Dussel

Dar a conocer o rescatar el pensamiento de filósofos latinoamericanos tales como Enrique Dussel (Argentina, 1934) es una forma de contribuir a seguir iluminando nuestro continente con ideas de fuerte arraigo cristiano desde la perspectiva de la “ecología de los saberes”. Esta feliz expresión –acuñada por Boaventura de Souza Santos, para quien “no hay justicia social sin justicia cognitiva”– es la que da sentido, precisamente, a este artículo: una reflexión sobre la ética comunitaria vinculada a aquella “ética del estar”, que ya mencionaba Tomás de Mattos. La circulación de conocimientos puede funcionar como usina de nuevas acciones y formas de pensar el devenir social en el que estamos insertos.

Repensando en y desde los problemas del pueblo

El proyecto de la Filosofía de la Liberación es, sin dudas, uno de los más importantes esfuerzos intelectuales elaborados desde América Latina para la comprensión crítica de los problemas que afectan en particular de nuestra región. Este intento de pensar en y desde los oprimidos surgió, entrados los años sesentas, a partir de lo que Dussel, uno de sus fundadores, identifica como el descubrimiento de la dominación que se juega en diferentes ejes (centro-periferia, elites-masas, hombre-mujer, etc.) y de la necesidad de comprender lo que determinaba esta situación. Desde un horizonte de transformación social emancipatoria, el filósofo comparte un espíritu de la época con el desarrollo de la Sociología de la Liberación, la Teología de la Liberación, y en general con el esfuerzo de elaboración de una Teoría de la Dependencia. Cabe mencionar que este genuino sendero crítico abierto por Dussel generó oportunidades a que nuevos pensadores se movieran a partir de esta preocupación ético-política.

tumblr_miv5cmfiFv1qi2wqto1_1280De vasta trayectoria académica e innumerables investigaciones, el historiador y teólogo produjo extensa bibliografía sobre temáticas eclesiales. El libro que aquí nos convoca se titula Ética Comunitaria y fue publicado en 1986. En sus páginas se plasma un razonamiento de enorme vigencia al día de hoy en lo que refiere a principios éticos teológicos-comunitarios y a dilemas de la praxis cristiana. Con una mirada lúcida, el autor entreteje una trama cuyos hilos se enlazan en torno a la ética y el valor del trabajo, la relación con el dinero y la productividad, las distintas dimensiones de la pobreza. Su análisis– germinal para la época en que aparece– da vueltas en torno a categorías fundamentales tales como el “proyecto de liberación”, el “principio de esperanza”, la “institución del pecado invisible” y la “crítica ética de la dependencia”. El pecado del armamentismo, el vínculo del ser humano con la Madre Tierra, la persona del trabajador, el problema de la cultura popular son otros de los temas importantes que se dan su lugar a lo largo de esta breve obra dividida en dos partes (Diez cuestiones fundamentales y Diez cuestiones disputadas). Todas estas realidades cotidianas se presentan en diálogo con textos bíblicos y con argumentos solventes que traen aparejadas conclusiones e interrogantes para guiar la reflexión. El objetivo de esta metodología es favorecer la comprensión gradual de conceptos que revisten cierta dificultad. A modo de ejemplo citamos el siguiente párrafo:

En concreto, la bondad es comunitaria, histórica, e institucionalizada igualmente. El que sirve al otro, el que rompe la estructura del sistema para solidarizarse con el otro, puede hacer esto. Porque el Señor antes ha firmado con él una alianza. Pero ser parte de una alianza es formar parte de la «comunidad». La «comunidad de la alianza» es denominada en la Biblia por el Señor «mi pueblo». El «pueblo» (Dt 4,34; Ex 7,5; Lc 1,17; 1 Cor 10,18), que, sin embargo, puede traicionar a su Dios. «Llámalo “no mi pueblo”, porque vosotros no sois mi pueblo y yo no estoy con vosotros» (Os 1,9), es precisamente la categoría teológica -además de la realidad histórica objetiva- que expresa la presencia en el mundo, en la historia de la santidad o bondad como comunidad, como institución, pero aquí con sentido positivo. La «pequeña comunidad», la «comunidad eclesial de base», la «asociación de hombres libres», todas estas expresiones o realidades indican el ámbito institucional donde la «relación» persona-persona, como cara a cara en el amor, ha sido reconstituida. De esta manera el bien no es sólo la buena voluntad de una persona, ni siquiera el acto aislado y personal de alguien bondadoso, no. Ahora es también una «comunidad» que tiene consistencia real, empírica, sociológica. Desde «fuera» del mundo, de la carne, del sistema, puede -desde su solidaridad real- cumplir la función crítico-liberadora y servicial concreta al pobre, al pueblo. Es dicha comunidad profética la que constituye a la «multitud» como «pueblo» y al «pobre» como sujeto histórico.”

 

Lo extenso de la cita da cuenta del concepto “comunitario” como potencia y como cimiento de una ética.

Delineamos ahora algunos puntos de interés que inviten a nuestros lectores a seguir investigando en esta dimensión del pensamiento en América Latina.

 

Injusticia y Sensibilidad

Dussel habla de la “sensibilidad” enfocada en la sensibilidad del otro. Se trata de “su” hambre y no de la mía, de su sed, frío, enfermedad, falta de vivienda. La dominación del otro es el pecado; su fruto es la pobreza del otro. La pobreza muestra la negatividad de la sensibilidad; la pobreza es consecuencia del pecado (que desposesionó al otro de su comida, de su bebida, casa, vestido, salud…). Estos males no son solamente “físicos”; son un mal ético, político, comunitario. El sufrimiento del hambriento, o del torturado (como Jesús pendiendo de la cruz por haberse comprometido en la evangelización de los pobres) se experimenta en la piel y en el estómago. La “carne” grita, sufre, padece. Es la «sensibilidad» la que notifica en el oprimido-justo (como Job) la realidad del pecado (de quien –persona o institución- resulta dominador, ladrón, torturador). El pecado, praxis del dominador (y satisfacción para él, ya que su sensibilidad goza del bien ajeno), aparece así como dolor (en la subjetividad sensible del oprimido).

 

La Cultura humana como proyecto de Dios

El pobre no sólo sufre en su carnalidad, en su sensibilidad, la falta de bienes materiales. Sufre también la falta de otros bienes históricos y culturales. No tiene tierra ni trabajo propio, pero tampoco los medios para producirlos. Sólo tiene su «piel» sufriente y su trabajo como una mercancía que puede vender. Por ello hoy podríamos decir no sólo «Tuve hambre…», sino «No tuve trabajo y no me ayudaste; no tuve tierra y me explotaste; no tuve instrumentos…». La cultura como totalidad instrumental, la tecnología como prolongación de la corporalidad, cuando falta al hombre es igualmente causa de dolor, sufrimiento, desigualdad, carencia espiritual.

La teología de la cultura es un capítulo de la teología del trabajo: “El hombre, cuando con el trabajo de sus manos o con la ayuda de los recursos técnicos, cultiva la tierra para que produzca frutos y llegue a ser morada digna de toda familia humana…, cumple personalmente el plan mismo de Dios” señala Dussel. Y continúa más adelante:

 

el fruto del trabajo, en la Biblia, es el «pan», sacramentalidad eucarística, satisfacción como alimento, esencia de la cultura humana. La cultura es primeramente agri-cultura: culto a la tierra como trabajo de la naturaleza. El trabajo mismo es la sustancia de la cultura, su esencia última, su determinación fundamental, en el sentido de que su ser como actualización del hombre por el trabajo es un modo de producir la vida humana, de autoproducirla, de crearla. Antes que los objetos, o aun los modos de consumo de dichos objetos culturales, la cultura es un modo de trabajar.

 

Por un lado, entonces, la cultura es póiesis o producción material de objetos, tanto el hábito productor (técnica, tecnología, arte) como los instrumentos del trabajo o los objetos producidos. La relación trabajo-tierra-pan (acción humana creativa, naturaleza, producto) es el nivel material esencial de la cultura. Pero también la cultura implica una dimensión simbólica y por ende expresión espiritual. En este sentido “el Hijo encarnado habló según los tipos de cultura propios de cada época”, por ende, “la Iglesia, enviada a todos los pueblos sin distinción de épocas y regiones, no está ligada de manera exclusiva e indisoluble a raza o nación alguna…, puede entrar en comunión con las diversas formas de cultura”.

El análisis de Enrique Dussel propone la permanencia en la fidelidad a las exigencias del Evangelio en la hora histórica presente. Imposible dar soluciones de antemano, pero sí nuevas coordenadas para pensar en la vida misma de los oprimidos, en las prácticas de los vencidos, no desde la torre de cristal del pensamiento aséptico, sino desde la retaguardia del movimiento social. Al tiempo hodierno le toca asumir el compromiso ético (y liberador) de pensar en la actual crisis civilizatoria; una posibilidad es hacerlo a partir de este libro, en la medida que nos ayuda a reubicar algunas problemáticas contemporáneas, construidas y pensadas desde América Latina.

Un comentario en “Cultura: Horizontes críticos del pensamiento latinoamericano

  1. Excelente rescate de un material que sigue siendo actual para pensarnos como latinoamericanos. Esperemos que se sigan reciclando estos grandes pensadores. un gran saludo para el equipo de redactores

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