(editorial) Diálogo social: ¿un país para quienes?

“El Diálogo Social es un encuentro amplio y participativo de la sociedad uruguaya en su conjunto para pensar el Uruguay del futuro. Es un proceso organizado y convocado por la Presidencia de la República. Tiene como objetivo generar insumos, en diversas áreas y temáticas, para contribuir a producir una estrategia de desarrollo del país… El propósito es que la sociedad civil organizada y/o el sector público generen y presenten propuestas sobre temas relevantes para el país… Se organizaron las temáticas en tres grandes bloques: Desarrollo e Inserción Internacional, Protección social y Políticas Transversales”. Así se lee en la página Web generada para informar sobre la iniciativa. Entre los sujetos de la sociedad civil que participan en este diálogo está también nuestra Iglesia.

En el bloque relativo a la Protección Social, una Mesa tratará los temas vinculados a “Derechos y justicia social”, con algunos objetivos: “1. Poner fin a la pobreza en todas sus formas; 2. Poner fin al hambre, lograr la seguridad alimentaria y la mejora de la nutrición y promover la agricultura sostenible; 3. Reducir las desigualdades en y entre las personas (protección social)”.

El proyecto se presenta muy alentador y ambicioso; por otro lado es evidente que el diálogo se necesita para que las políticas del Estado no caigan en un terreno poco fértil: de poco servirían iniciativas públicas orientadas a los más desfavorecidos si luego la sociedad civil, con las organizaciones sociales en primera fila, no las apoyaran. Pero ¿Quiénes son los más desfavorecidos? ¿Quiénes son los pobres? ¿Quiénes los que sufren la discriminación?

Los programas sociales impulsados y propuestos por el Estado, y muchas veces llevados adelante por las organizaciones privadas, parecen pensados para auxiliar a personas (familias, adolescentes, ancianos…) que tienen por lo menos la capacidad de entender lo que es un proyecto (de vida, de educación, de trabajo…): de hecho todo se mide por proyectos y cuando uno llega a pedir se le presenta un proyecto, que luego es evaluado por su eficacia, por las personas que lo aprovecharon, por los que a través de ese proyecto mejoraron su vida. La impresión es que también los operadores y agentes sociales están preparados para atender a ese tipo de población: éstos son los pobres, según el Estado, según las organizaciones, según la sociedad civil.

En cambio hay una parte de la población que resulta tan pobre que ni siquiera entiende lo que es un proyecto: los “ni ni”, los que no llegan a las oficinas del Mides, los que a lo sumo piden un surtido (que hay que negárselo, porque “no podemos ser asistencialistas…”). Esta parte de la población queda afuera de la atención social (esperemos no quede afuera de la cuidado pastoral de la Iglesia…), porque no hay proyectos para ellos, ni agentes sociales preparados para atenderlos. Son los invisibles de la sociedad, los que no deben aparecer. Últimamente no logran tener nombre ni cuando levantan la voz a través de la violencia (que por supuesto es una consecuencia de la falta de atención, ya que nadie nace violento…): con el “ajuste de cuentas” no aparece el nombre de la víctima y no se persigue tampoco a quien ha matado. Afuera de la atención social, afuera de la justicia, aunque fuera la penal, afuera de la Iglesia y de su cuidado pastoral… ¿podemos todavía hablar de personas? Las palabras de Primo Levi, desde Auschwitz, no parecen tan desubicadas:

“Ustedes que viven seguros
En sus cálidos hogares
Ustedes que al volver a casa
Encuentran la comida caliente
Y rostros amigos
Pregúntense si es un hombre
El que trabaja en el lodo
El que no conoce la paz
El que lucha por medio pan
El que muere por un sí o un no
Pregúntense si es una mujer
La que no tiene cabello ni nombre
Ni fuerza para recordarlo
Y sí la mirada vacía y el regazo frío
Como una rana en invierno
Piensen que ésto ocurrió:
Les encomiendo estas palabras.
Grábenlas en sus corazones
Cuando estén en casa, cuando anden por la calle
Cuando se acuesten, cuando se levanten;
Repítanselas a sus hijos.
Si no, que sus casas se derrumben
Y la enfermedad los incapacite
Y sus descendientes les den la espalda”.

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