(Biblia) SACA PRIMERO LA VIGA DE TU OJO

No juzguen, para no ser juzgados. Porque con el criterio con que ustedes juzguen se los juzgará, y la medida con que midan se usará para ustedes
(clic aquí para el texto completo)
Mt 7,1-5; Lc 6,37-42

Mateo acaba de decir (6, 22-23) que si el ojo es luminoso, iluminado por la luz de Dios, todo lo verá claro en la vida y verá de forma correcta a los demás; sabrá verlos a la luz de Dios, con los ojos de Dios que es misericordioso y compasivo. Quien solo condena y no sabe perdonar, olvida que él mismo necesita perdón y comprensión.Es como alguien con una viga en el ojo (es el lenguaje paradójico del evangelio) y que por lo tanto no ve bien; si pretende guiar a otro ciego, ambos caerán en el pozo. Hay que reconocerse necesitados de ayuda para poder sacarse primero la viga; después se tendrá la lucidez necesaria para quitar la pelusa en el ojo ajeno. Cuando se ha experimentado en uno mismo la dificultad de la operación, mayor será la delicadeza en el trato ajeno. En general usamos dos medidas: una agravante para los demás y una atenuante para nosotros mismos. No sabemos reconocer el mal en nosotros y el bien en los demás. Muchas veces los que llamamos “malos” o enemigos de la Iglesia, por ejemplo, no entienden perseguir nuestra fe sino que simplemente exigen de nosotros más coherencia o rechazan a un Dios que no es el verdadero. La crítica al hermano, si es para ayudarlo, puede ser constructiva, pero tiene que empezar por la autocrítica (quítate primero), en plan de igualdad y no de superioridad.

Cuando Dios juzga a una persona, solo retiene el bien y deja perder sus pecados y errores. La mirada de Jesús va a lo que hay de verdadero y bueno en el hombre y ve con ojos distintos. San Pablo invita a no juzgarse ni a sí mismos (Flp 2,3; 1Cor 4,3). La tarea del juez (separar lo bueno de lo malo en la vida de cada persona) no corresponde a nosotros sino solo a Dios. Aunque uno tenga razón, juzgar mal a un hermano, atenta contra la vida fraterna y el amor del Padre. El juicio temerario es como un boomerang que termina por caer sobre quien lo lanza. Cristo prefirió ser condenado que condenar, perdonó y hasta disculpó a sus propios verdugos. El evangelio habla de no juzgar (Mt 7,1-5) y esto nos resulta chocante porque en realidad no podemos vivir sin juzgar, sin discernir, sin dar nuestra opinión o veredicto. Lo que tenemos que hacer no es quitar el juicio de nuestra mente, sino quitar el veneno de nuestra mente. Lo aclara muy bien Lucas que al mandato de no juzgar, añade inmediatamente como para explicar el sentido de esas palabras: no condenen y no serán condenados (Lc 6,37). El juicio puede terminar en condena, pero también en absolución. Lo que ha de evitarse es juzgar negativamente las intenciones y condenar a las personas.

El querer ser como Dios es cosa buena. Pero la serpiente engañadora (Gen 3,5) hizo que el hombre se hiciera una imagen falsa de Dios. Aún hoy en día mucha gente piensa que Dios es principalmente un juez castigador que nos condena por nuestros pecados. El evangelio sin embargo enseña que el mismo Dios renuncia a juzgar; el juicio sobre nosotros será el mismo juicio que nosotros pronunciamos sobre los hermanos (Mt 7,2). Nosotros mismos nos condenamos 0 justificamos en la medida que condenemos o justifiquemos a los demás. La única condición para recibir el perdón de Dios es perdonar a los demás (Mt 6,14; 18,21-35). Jesús quiere que seamos como Dios, pero, en el contexto del evangelio de Lucas, eso significa que tenemos que ser compasivos como Dios es compasivo (Lc 6,36). Esto nos hará hijos del Altísimo. En el Antiguo Testamento se dice que Dios es santo (Lv 19,2) porque es diferente y único; y lo es en cuanto es un Dios compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en clemencia (salmo 102). Dios es perfecto (Mt 5,48), pero la perfección de todas las cualidades se Dios es la misericordia. El amor se expresa en el don, la misericordia en el per-don (=superdon). A esta misericordia se opone la actitud de aquel que se hace juez de los hermanos. El evangelio no pide simplemente tolerancia; pide que se evite arrojar aún las sospechas sobre las personas y los juicios negativos.

Es impactante observar cómo los juicios y contra-juicios envenenan hoy el aire de la sociedad y además no arreglan absolutamente nada, si es que no lo empeoran todo. El evangelio no nos pide cerrar los ojos frente al mal y a los malos ni prohíbe que haya juicios y tribunales en la sociedad; son necesarios para la convivencia humana. No debe haber impunidad. Jesús solo recuerda que todos tendremos que dar cuenta a Dios de nuestra vida y que no hay que anticipar el juicio de Dios contra nadie. Con el mismo juicio de amor con el que Dios nos juzga a nosotros, tenemos que juzgar a los demás. No es cuestión de reprimir los pensamientos y juicios negativos en nuestra mente. Hay que vencer estos pensamientos de una manera superior: pensando en que Dios quiere salvar a todos sus hijos. Tener comprensión no significa justificar lo injustificable o evitar de corregir a las personas; pero esta corrección debe ser movida por la misericordia. Quien condena a otro es hipócrita y ciego porque tiene una viga en su ojo; y es falso porque su juicio es superficial ya que solo ve las apariencias. Únicamente quien no tiene pecados puede tirar piedras (Jn 8,7). El juicio sin misericordia es un pecado grave, más grave que el pecado cometido por el pecador. Dios comprende la debilidad del pecador, pero no la arrogancia del “justo”.

Al practicar misericordia recibiremos misericordia. No estamos llamados a ser buenos sino misericordiosos, no a ser justos sino simplemente a no ser jueces. La misericordia cubre una multitud de pecados (1Pe 4,8). Aunque el pecado fuera conciente y evidente, hay que amar y tratar de salvar al pecador. En la corrección tampoco conviene a veces decirlo todo (Mt 7,6); la denuncia debe ser gradual y hecha con discreción. La luz ayuda a ver, pero también puede encandilar y cegar.

 

 

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Primo Corbelli

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