(editorial): TRANSPARENCIA

El año pasado, el obispo de Montevideo, Daniel Sturla, daba a conocer su primera Carta Pastoral con el significativo título: La transparencia del Evangelio”.

A casi un año de su publicación, el tema de la Carta se impone en Uruguay, con motivo de la trascendencia de las denuncias a sacerdotes y religiosos, acusados de molestias, abusos o acosos sexuales. Hace ya varias semanas que el problema ocupa y preocupa a la Iglesia en Uruguay por tener la “primera página” en los medios de comunicación. Evidentemente lo que aparece ahora no es algo nuevo: si el silencio, a veces cómplice, la poca consideración o minimización del problema y la falta de medidas adecuadas han marcado la vida de la Iglesia tal vez por décadas, el salir de esta situación llevará otras décadas, para que en la opinión de la mayoría la Iglesia vuelva a ser una institución confiable y querida.

Lo cierto es que la aparición de este problema en los medios de comunicación marca y marcará seguramente un antes y un después. Si antes se intentó encubrir, de ahora en adelante habrá que ser transparentes; si antes se relativizó el problema, ahora es necesario prevenir y dar a conocer las medidas de prevención; si antes se negó el problema, ahora se pide perdón, sin pasar al ataque de quien hace lo mismo; si antes se encuadró el problema en un contexto que lo podía justificar, ahora es necesario reparar.

Es un camino duro, pero necesario; y desde el centro de la Iglesia católica hasta llegar a esta periferia, la palabra que resume esta nueva actitud, tal vez la que más ayudará a volver al Evangelio, es: transparencia. El cristiano y la Iglesia no tienen y no pueden tener nada para esconder u ocultar.

Sería, sin embargo, un error relegar la exigencia de la transparencia solo para enfrentar la crisis que ha sorprendido a la Iglesia con las últimas denuncias. La misma transparencia, por ejemplo, ha sido invocada en lo que se refiere a lo económico-financiero: un proceso que sigue con gran dificultad en Roma y en muchos otros lugares.

Transparencia deberá tener nuestra Iglesia reconociendo que el modelo que la organiza no responde más al tiempo actual: la renovación pastoral de la cual hablaba el papa Juan XXIII al convocar el Concilio Vaticano II, no se dio; solo se actualizó una vieja estructura, pero no se logró acercar el actuar de la Iglesia a la manera de ser de Jesús, Buen Pastor. Los jóvenes, que no entrarán en este viejo esquema, casi no participan de la vida eclesial y los pobres no tienen lugar en las iglesias (muy difícil encontrar en una misa dominical alguien que viva en un asentamiento): ¿es que el Buen Pastor no tiene algo para decirles a ellos? Transparencia significa saber partir de la cuestionada situación actual, pedir perdón, reparar, informar sobre las medidas que se tomaron…

Transparencia en el problema vocacional: no se puede ir a buscar sacerdotes en tierras lejanas, sin cuestionar el modelo de Iglesia clerical que esto implica, sin admitir que no encuentran lugar los laicos que ya están en la Iglesia. Transparencia significa una vez más pedir perdón por el olvido de los laicos, reparar y tomar medidas para salir del clericalismo de nuestra Iglesia.

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