Tema Central: LOS QUE VAN A MISA

978841612843Ha salido un libro que se titula: “Cómo ir a misa y no perder la fe” de Nicolás Bux, con evidentes exageraciones pero insistiendo con razón sobre la crisis de la homilía. Dejando este último tema  para otra ocasión, nos referimos aquí a la misa en su conjunto. A pesar de que la reforma litúrgica después del Concilio se aplicó en todas partes con entusiasmo, hay que reconocer que hoy ha cundido en muchas partes una especie de cansancio y estancamiento entre los fieles y que la rutina ha hecho mella en muchas comunidades cristianas. Muchos se quejan del abandono masivo de la misa y también de cómo se celebra la misa. Algunos quisieran volver a la misa de antes, más silenciosa y recogida; por el contrario otros la quisieran con más alborozo y hasta divertida.  La misa es frecuentada mayormente por gente de la tercera edad, mujeres y varones adultos; a los jóvenes les suena aburrida. Hay curas que han transformado la misa en espectáculo y nunca terminan de hablar.

No saben cuidar la debida armonía y proporción entre las distintas partes de la misa y hacen del rito penitencial una celebración de la Reconciliación, de la homilía una conferencia o una catequesis, del ofertorio una larga feria de donativos, del rito de la paz un extenso y alegre barullo.

¿Se entiende realmente la misa? ¿La Misa, en su profundo significado, llega verdaderamente al pueblo?

 

ANTES DEL CONCILIO

misa

 

 

Antes del Concilio no solo se celebraba misa de espaldas al pueblo y en latín, sino que en el más absoluto silencio. Nadie entendía nada y por lo tanto se rezaba el rosario o se leía un libro de oraciones. Todas las oraciones y lecturas de la misa eran en latín, excepto el sermón. Había una separación física (una reja o grandes escalinatas) que separaba el “presbiterio” (=lugar reservado a los presbíteros) de los fieles. Todo lo hacía el sacerdote; el monaguillo era el único que le respondía durante la misa y tocaba la campanilla para mantener despierta la atención de los fieles. Cuando se rezaba misa para los difuntos se disimulaba un túmulo con un difunto inexistente, llenando de color negro todo el templo. Había un listado de precios colocados estratégicamente en la oficina parroquial para las distintas categorías de misas. El exceso de ritualismo impedía cualquier tipo de espontaneidad al sacerdote fuera de lo escrito en el misal; tampoco podía adaptar la misa a las circunstancias del momento. En aquel tiempo el catecismo suplía la Biblia y los devocionarios suplantaban la liturgia. Muy pocos comulgaban porque se relacionaba la comunión más a la confesión que a la misa. La liturgia se celebraba sin ninguna participación de los fieles e inclusive sin su presencia. Durante siglos la liturgia ha vivido divorciada de la gente que se refugiaba en la religiosidad popular, menos fría e individualista. Por eso la reforma litúrgica del Concilio trajo  gran entusiasmo; se puso el acento sobre la Iglesia como Pueblo de Dios y la participación activa del mismo. El sacerdote empezó a presidir la misa frente al pueblo. Se adoptó el idioma local, se enriquecieron las lecturas; los fieles pasaron de asistentes a participantes, de oír misa a celebrar misa. Trascendentales fueron los cambios que hubo en estos cincuenta años. Sin embargo aún hoy, muchos siguen “asistiendo” a misa. Los protagonistas que acaparran la atención ahora ya no son tan solo el sacerdote sino el guía, los lectores, los cantores, los acólitos que conforman el equipo litúrgico o el grupo que “dirige” la misa.

 

DESPUÉS DEL CONCILIO

La misa se ha actualizado en todas partes, pero aún con fallas que deben superarse. A veces uno tiene la duda de que los que van a misa estén allí simplemente para cumplir con un precepto o una tradición de familia, pero no para un abrazo gozoso con el Cristo Resucitado, vivo y presente. Es Él que nos convoca en “asamblea” (=iglesia). Y nos convoca  “para estar con Él y enviarnos a anunciar el Evangelio” (Mc 3,14). La Eucaristía es una comida con el Resucitado. Hacer más alegre la misa es bueno, pero no por la presencia de guitarras y tambores sino por la presencia de Cristo. No hay que cantar para alegrar la misa sino por la alegría que experimentamos al encontrarnos con el Resucitado (Jn 20,20). Hay celebraciones por otro lado, sobre todo durante la semana, que no ayudan para nada a salir de una agobiante pasividad, en un clima casi fúnebre. La motivación para algunos de ir a misa es simplemente la de no pecar y porque está mandado; se va al encuentro de un amigo por obligación. Dice san Pablo: “si no tengo amor, no soy nada” (1Cor 13,2). No responden, no cantan, no hacen la comunión; lo que importa es que la misa sea breve. Llegan tarde y salen rápido sin saludar a nadie, conformes con su deber cumplido. Están los que ofrecen la misa, y la pagan, para sus difuntos; pero los nombres de estos deben ser pronunciados fuerte y claramente porqué vienen todos los parientes y en esa ocasión, en honor del difunto, todos comulgan. Es una misa-recuerdo del difunto, sin que se sepa minimamente lo que es la resurrección de los muertos y la vida eterna. Están los que encargan misas y más misas, pero nunca participan.  En general este tipo de cristianos está disminuyendo porqué con la secularización por un lado (ya los pecados y los castigos por los pecados no preocupan como antes) y por el otro la renovación conciliar han cambiado muchas cosas. Están los que tienen muchas posibilidades de hacer el bien y no hacen nada; sin embargo creen que con ir a misa todos los domingos están en regla con Dios. Muchos van a misa si hay tal cura o no van si hay otro. Siendo que la misa vale por sí  misma, otros van vagando de un lado para otro eligiendo el templo con el horario más cómodo; se prefiere donde hay linda música o simplemente donde la misa es más corta. Estas pinceladas no quieren pintar una situación generalizada; por el contrario, se constata que  hay un constante aumento de los que entienden y participan gustosos de la misa y de la vida de su propia comunidad cristiana, poniéndose al servicio de los demás.            

 

LOS CATÓLICOS “PRACTICANTES”

Son los que solo se preocupan de las “prácticas religiosas”, buscan cumplir con la misa del domingo sin que eso tenga la más mínima consecuencia en su vida de todos los días. En tiempos pasados hasta los grandes señores feudales que explotaban a los campesinos tenían su capilla privada, a la que no podía acceder el pueblo y no se perdían una misa. En tiempos recientes hemos visto acceder a la Eucaristía dictadores, torturadores, mafiosos… Para ser buenos cristianos lo importante era ir a misa. Se olvidaban que la liturgia antes que un rito exterior, es un culto que se le da a Dios desde lo profundo del corazón, abiertos a su mensaje hecho de palabras y gestos para traducirlo después a la vida cotidiana. Por otro lado tampoco se trata de “asistir” a misa. El sacerdote no es el protagonista de la misa; no es él que “dice” o “reza” misa. No “se recibe al celebrante” al comienzo de la misa, ya que todos  celebramos la misa uniéndonos a Cristo, el verdadero protagonista. La misa es una acción, presidida por el sacerdote, que la asamblea lleva adelante comunitariamente (con gestos, silencios, aclamaciones, cantos, oraciones ….).out0zse4n0j158xjb5o7s5pp3pl

En primer plano está el Pueblo de Dios y el cura no ha de sustituirse al sacerdocio bautismal de los feligreses; más bien ha de promoverlo. Por suerte el Concilio ha frenado el clericalismo y el monopolio de muchos curas “factotum”, que por desmedido paternalismo querían hacerlo todo tanto en la vida de la comunidad como también en la misa. Eran como directores de orquesta e impartían órdenes hasta desde el altar. Guiaban ellos la misa, entonaban los cantos, se levantaban de la sede para hablar con uno u otro, para arreglar un micrófono y hasta para prender una vela. Sigue habiendo curas que buscan desesperadamente, ya empezada la misa, las oraciones o la fiesta del día, las lecturas, el prefacio correspondiente y la plegaria eucarística, simplemente porque la celebración no ha sido preparada. Ellos también se transforman en “practicantes”. Todo esto le quita dignidad a la misa e inclusive participación a los fieles. Los feligreses obviamente no se animan a hablar con el cura y todo lo aguantan con heroica paciencia.

 

CÓMO NO MALTRATAR LA PALABRA

La Liturgia de la Palabra es parte esencial de la misa. El Pan que recibimos en la comunión es Pan Vivo, es decir que habla y nos transmite un mensaje. Por eso el lector no puede ser una persona cualquiera, elegida a último momento ya que eso tendrá las inevitables consecuencias de la improvisación y el apuro. Ha de ser una persona, varón o mujer, designada expresamente y en forma estable para esa función. Pablo VI instituyó oficialmente el ministerio laical de los lectores junto al de los acólitos (función que antes desempeñaban los monaguillos). La del lector es la función más importante después de la del presidente de la asamblea. Se trata de la Palabra de Dios que resuena hoy y que hay que proclamar con dignidad y pausadamente. Debe hacerse con voz fuerte y con naturalidad, evitando pasar del grito al susurro como hacen algunos predicadores dejando pasmada a la asamblea, pero sin que se logre entender lo que dicen. Las lecturas han de ser preparadas antes de la misa con un uso apropiado de los micrófonos. El lector debe entender él primero lo que va a leer para darle sentido. El pueblo tiene derecho, acostumbrado como está hoy con los locutores de televisión y radio, a disfrutar con calma de la Palabra de Dios. Hace falta un equipo de lectores que se vayan turnando, con la debida formación y un responsable. Muchas veces serán suficientes dos lecturas (la primera y  la tercera que tienen la misma temática) sobre todo si hay misa de niños y dejar ciertas lecturas, sobre todo del Antiguo Testamento, que a la gente de hoy no le dicen nada. También hay lecturas de san Pablo (como las referentes a los esposos, a la mujer…), que reflejan otras épocas. Hay oraciones, prefacios y cánones de difícil comprensión por su lenguaje abstracto y elucubrado. El lenguaje de Jesús era a veces duro, pero nunca difícil de entender. La gente contesta “amén” a todo, pero sin entender. Bueno sería tener un salmista que cante el salmo “responsorial” (es decir como “respuesta” a la Palabra de Dios), acompañado con el canto del estribillo por toda la asamblea. Si hay lectores y cantores capacitados (y una buena homilía), la misa será atractiva.

 

¿PARTICIPAR  O  CALLARSE?

El Concilio ha pedido una “participación activa” a todos los fieles. Nuestras liturgias son todavía muy estilizadas, formales, dirigidas. Hay gente que todavía no ha comprendido el significado de los símbolos, gestos y momentos de la misa y se ha quedado con un catecismo que los ha preparado para la primera comunión, pero no para vivir la misa. Evitando exageraciones, es conveniente que el sacerdote o el guía hagan una brevísima catequesis antes de los momentos clave de la misa. La participación del pueblo en las respuestas de la misa y más todavía en los cantos, ha de ser fuerte y calurosa, no un murmullo más o menos caótico e ininteligible. Hay un momento de intercambio fraterno en la misa que nunca hay que olvidar ni relativizar; y es el beso o abrazo de paz lo más amplio posible, que lamentablemente los cantores suelen tapar inmediatamente cantando el “Cordero de Dios”. Y así se sigue con la costumbre de las misas anónimas, a menos que el rito se traslade al final de la misa o se supla con una cálida recepción personal al comienzo de la misa y una calurosa despedida al final. Lo dicho no significa caer en manifestaciones ruidosas e irreverentes. El templo es casa de oración y hace falta un clima de recogimiento para orar (aún antes de la misa). Participación “activa” no es solo hablar, cantar, ayudar; es vivir profundamente cada momento de la misa. También hay que hacer silencio para experimentar la presencia de Dios, escuchar su voz, orar con el corazón, sobre todo después de la homilía y de la comunión. La creatividad tampoco supone caer en cambios y sermoneos constantes que marean e indisponen a la gente. Pocos presbíteros aprovechan la variedad de oraciones eucarísticas, prefacios, pedidos de perdón, misas votivas para distintas intenciones. Un cantor o un pequeño coro han de guiar los cantos, no con la finalidad de lucirse ellos solos, sino para que todos canten. El coro no tiene que transformar su actuación en un concierto que el pueblo escucha pasivamente; es el pueblo el protagonista de la celebración. También los cantores deben ser preparados; no se puede dejar los cantos a la merced de gente desentonada y destemplada. No se pueden aguantar los gorgoritos de almas carismáticas que por si solas se imponen a la asamblea. Los cantores han de ayudar a vivir la misa con intensidad espiritual. El objetivo no es simplemente que todos aprendan a cantar, sino a orar cantando.

 

¿REZAR  SOLO PARA LOS DIFUNTOS?

Muchas misas “se aplican”, aún con dinero sonante, por un familiar difunto con la idea de que su alma está sufriendo en el purgatorio y por eso hay que sacarla de allí. Atrás de esto subyace la idea de un Dios que castiga y hace sufrir a los pecadores. No es lo que piensa Jesús hablando de su Padre en la parábola del hijo pródigo. La purificación de los que han muerto en amistad con Dios es de intensa esperanza y amor a Dios. Participan de la “comunión de los santos” y con María y toda la Iglesia nos acompañan en la celebración, alabando a Dios. Llama la atención que, después de la homilía del sacerdote cuando llega el momento de la Oración de los Fieles en la que ellos pueden participar aún más plenamente de la misa, muchas veces, con excepción de pocos, nadie hable. Puede suceder también que algunos abunden en palabras como si pronunciaran ellos también pequeñas homilías. Las suplicas deben ser breves y concretas. La Oración de los Fieles es antes que nada una respuesta a la Palabra de Dios escuchada y las invocaciones deben orientarse hacia el mensaje de Dios recibido. Son oraciones “universales”, no personales. Deben tener en cuenta no solo los difuntos sino las necesidades de la Iglesia, la unidad de los cristianos, la paz en el mundo, la justicia para los que sufren hambre y persecución, los problemas del barrio , de la comunidad  cristiana y de las familias…  Esta Oración es propia de los feligreses, no del sacerdote. Con esta Oración los laicos ejercen su sacerdocio bautismal, intercediendo por los hermanos. Es llamada “universal” porque, aunque esté expresada en forma personal, no debe ser individualista sino hacerse interprete frente a Dios de las necesidades de todos los hombres, indicando situaciones y categorías de personas. Posteriormente la Oración de los Fieles es recogida por el sacerdote en la Plegaria Eucarística y el mismo Cristo hace suyas esas intenciones y las presenta al Padre. Con la Oración de los Fieles termina la Liturgia de la Palabra. Por el sacerdocio bautismal todos recibimos la capacidad de representar a los hermanos frente a Dios, ser sus abogados e intercesores. “Interceder” significa interponerse a favor de alguien, por más pecador que sea. Dios quiere y acepta la oración de unos en favor de otros, porqué no somos islas; todos formamos un único cuerpo en Cristo. Interceder es ser la voz de los que no tienen fe, pedir perdón, agradecer, alabar a Dios por los que no lo hacen.

 

¿SE OFRECE TAN SOLO PAN Y VINO?

pueblo-de-diosUn poco de pan y algo de vino para ofrecer a Dios es realmente poco. Lo que sucede es que estos elementos significan nuestros sacrificios y nuestro trabajo que por supuesto ha de ser limpio y honesto. Lo que antes se llamaba “Ofertorio” hoy se llama “Presentación de los Dones”. Esto se debe a que la gran ofrenda a la que nosotros nos unimos con nuestras pobres ofrendas (“no tenemos más que cinco panes y dos peces” Lc 9,13) es la que Jesús vuelve a  hacer de si mismo a Dios por la remisión de los pecados. Esta ofrenda se realiza después, con la Consagración del pan y del vino y la Plegaria Eucarística. Al final el sacerdote levanta bien en alto el Pan y el Vino consagrados diciendo justamente: “Con Él, por Él, en Él..”. En la Presentación de los Dones del pan y del vino está simbolizada nuestra participación activa en la que será después la ofrenda del Cuerpo y la Sangre de Cristo. Nosotros presentamos a Jesús los cinco panes y dos peces para que Él los asuma y haga propios, multiplicando su valor. Las gotas de agua que el sacerdote mezcla en el vino del cáliz, significan el deseo de parte de los cristianos de participar en la ofrenda de Jesús con sus sacrificios y esfuerzos de bien. Nos volvemos una sola cosa con Jesús, como el agua que se mezcla con el vino. La “colecta” de dinero (no hay que llamarla “limosna”) es parte integrante también de la Presentación de los Dones y por lo tanto de la liturgia. Puede haber párrocos particularmente interesados para juntar dinero para las obras parroquiales, pero no es correcto hacerlo en este momento. También el dinero es “fruto de nuestro trabajo” y es parte de nuestra participación en la ofrenda de Cristo. La “colecta” es un recuerdo lejano de la “comunión de bienes” que practicaban los primeros cristianos en ocasión de la eucaristía semanal, por la que “no había ningún necesitado” (He 4, 32-34). Ahora este gesto ha perdido lamentablemente su sentido original porqué la colecta se destina para el mantenimiento del culto y del clero, más que para los pobres. Es oportuno en este momento parar la celebración y sentarse todos para que los encargados puedan recoger la colecta sin apuro, con cantos adecuados, y que se le de al gesto su sentido originario. En muchas parroquias se hace pública a fin de mes la cantidad de dinero recogida y su destinación. También en la procesión con el pan y el vino, están previstas (aunque muchos se olvidan) donaciones para los pobres. Algo no funciona cuando los pobres tan solo mendigan a la puerta del templo, pero son olvidados adentro.  

 

ROMPER  EL  PAN CON LOS HAMBRIENTOS

Terminada la Presentación de los Dones, empieza la Plegaria Eucarística que se abre con el “Prefacio” (=introducción). La acción de gracias (este es el significado de “eucaristía”) se da en la Plegaria Eucarística que se ubica en la parte central de la misa y es protagonizada en nombre de todos (al plural) tan solo por el sacerdote. Es la parte más nuclear de la misa y mientras a veces se derrocha tiempo en la homilía y en las ofrendas, se dispara a toda velocidad en la Plegaria Eucarística (obviamente siempre la n. 2, más breve). Es toda la comunidad que se ofrece al Padre en unión con Jesús y toda la Iglesia. Empieza después la preparación a la comunión con el Padre Nuestro. A continuación hay dos gestos de gran importancia: el beso de la paz y la fracción del pan. El sacerdote reza una oración pidiendo a Cristo Resucitado el “don de la paz” (Lc 24,37). Por eso Jesús dijo: “Les doy “mi” paz” (Jn 14,27). Recién después esa paz tiene que ser compartida entre todos en nombre de Cristo. Es el “ósculo de la paz” que ya practicaban los primeros cristianos (Rom 16,16; 1Cor 16,20). Es necesario parar aquí la celebración para que se intercambie un saludo cordial, sin cantos o rezos que interrumpan. No hay que sobreponer los gestos. Terminado el intercambio se canta el Cordero de Dios y recién después el sacerdote parte el Pan consagrado (esto jamás debe hacerse antes de la Consagración). La Fracción del Pan se realiza en el más absoluto silencio; es Cristo que quiere ser pan compartido para toda la familia. Era tan importante en la antigüedad la Fracción del Pan que le daba el nombre a toda la misa (He 2,42). Los discípulos de Emaús reconocieron a Jesús “al partir el pan” (Lc 24,35). Se nos reconocerá como cristianos a nosotros también si  sabemos  “romper el pan” con el hambriento, el necesitado. “Hacer memoria” de Jesús, del Cuerpo despedazado de Cristo significa vivir y morir como Él, al servicio de los demás. El sacerdote pone después un fragmento de Pan consagrado en el Vino para destacar que el Cuerpo y la Sangre de Jesús forman una sola cosa. La persona de Cristo Resucitado está presente tanto en el Pan como en el Vino (no es que el Pan se transforme en el Cuerpo y el Vino en la Sangre, como si las dos cosas estuvieran separadas). Recibiendo la Hostia, se recibe a Cristo en su totalidad, si bien comulgar con las dos especies resulta más significativo. Al decir el sacerdote: “Cuerpo de Cristo”, se entiende no la persona física del Cristo que colgó en la cruz y que se pueda tocar, sino el mismo Cristo pero con su cuerpo espiritual y glorificado.

 

JESÚS VUELVE A COMER CON LOS PECADORES

A Jesús lo llamaron “comilón y borracho, amigo de los pecadores” (Mt 11,19). También en la misa hay una mesa familiar con manteles, velas y flores y la eucaristía se desarrolla como una comida. Los pecadores somos nosotros y el que nos convoca es Jesús. “Yo los elegí a ustedes, no ustedes a mi” (Jn 15,16). No somos un club de gente perfecta, sino de pecadores como Simón (Lc 5, 8-10). Jesús nos llama para “estar con Él” (Mc 3,14) antes de enviarnos a predicar. La Misa es la asamblea de “los que están con Jesús”. La comunión es el momento culmen de la misa; es el gran objetivo de Dios: ser el “Dios con nosotros”. “Comer la carne y beber la sangre” de Jesús significa unirse profundamente a la persona de Cristo para que Él nos transmita su Espíritu, su propia Vida como la vid lo hace con  los sarmientos (Jn 15,1-8); sin este contacto permanente, el sarmiento se seca y muere. Él quiere vivir y actuar en nosotros, formar con nosotros “una sola carne”. En la cena judía cada uno brindaba con su copa. Jesús por el contrario ofrece a todos su propia copa; nos pide participar en su destino. Si Jesús habla de pan, y no de otras comidas, es por tratarse de algo accesible y a la vez indispensable para todos, un alimento para el camino. Dios nos invita gratuitamente a todos, buenos y malos (Mt 22,10). El Papa nos dice en “Evangelii Gaudium”: “la Eucaristía no es un premio para los perfectos, sino un generoso remedio y un alimento para los débiles. A menudo nos comportamos como contralores de la Gracia y no como sus facilitadotes” (47). Al mismo tiempo se nos pide reconocer nuestros pecados y pedir perdón; en el banquete hay que tener puesto el “traje de fiesta” (22,11). Mucha gente hoy comulga porque todos lo hacen o para conformar a un familiar, como si fuera algo mágico o tan solo tragar una pastilla como remedio.  Con la comunión se adquiere un compromiso serio de un cambio de vida, siguiendo a Jesús. Dice san Pablo: “Que cada uno examine su conciencia antes de comer el Pan” (1Cor 11,28-29). La comunión se recibe de la mano del sacerdote (nadie puede servirse por su cuenta) porque es un don, puro regalo que se recibe del cielo.  Es necesario que cada uno, después de una breve inclinación, al recibir la Hostia diga su “amén” en forma clara y fuerte como profesando un acto de fe. Después de la comunión no debe haber ni cantos ni avisos; hay que rumiar la Palabra de Dios escuchada para que se haga carne en nosotros y produzca frutos en la semana.

 

SIN COMUNIDAD NO HAY EUCARISTÍA

Nos llamamos “hermanos” es decir miembros de la Familia de Dios, con el bonito nombre de “comunidad cristiana” y muchas veces ni nos conocemos, ni nos saludamos. Cristo quiere vernos unidos en comunidad. Es obvio que alrededor de una mesa familiar hay que conocerse personalmente por nombre, darse a conocer, hablarse, interesarse el uno para el otro. Desde los primerísimos tiempos de la Iglesia se habla de la Eucaristía como de la “Cena del Señor”; así lo hace san Pablo en el año 54 en la primera carta a los cristianos de Corinto. La Eucaristía es símbolo y anticipo del banquete del Reino. No tiene por lo tanto sentido una misa en la que uno solo esté sentado a la mesa y los demás desparramados a los cuatro ángulos del templo. La Cena del Señor es la explicitación del gran mandamiento de Jesús: “Ámense los unos a los otros…”. Debería ser una escuela de fraternidad. El “Cuerpo de Cristo” es también el Cuerpo Místico de Cristo. Muchísima gente que va a la misa no va con el interés de encontrarse con los hermanos en la fe, para ir integrándose a la comunidad o a los grupos que la conforman. Quizás en un supermercado encuentren más oportunidad de conversar amigablemente con los conocidos. A Jesús en la misa se le llama “Cordero de Dios” porque en el Antiguo Testamento el cordero era el animal que se usaba normalmente para el sacrificio y cuyas carnes se comían en familia, en la noche de Pascua. Jesús es el verdadero Cordero del que nos alimentamos los cristianos reunidos en familia. No es bueno multiplicar las misas (para niños, jóvenes, adultos); se trata de promover la unión de la comunidad cristiana en su totalidad. Jesús hizo muchos milagros, pero el único milagro que pidió a los cristianos es de orden moral: “En esto todos reconocerán que son mis discípulos: en el amor que se tengan unos a otros” (Jn 13,35). Y una familia no puede vivir unida si no se reúne con regularidad; faltar a la misa dominical es faltar a los deberes de familia.

Los avisos parroquiales deberían darse antes de la bendición final. Es oportuno aquí que todo lo que se refiere a la vida de la comunidad (cumpleaños, aniversarios, acontecimientos, agradecimientos, pedidos de ayuda, informes sobre enfermos, presentación de nuevos hermanos e inclusive hechos del barrio) sea puesto brevemente  en conocimiento de todos por los mismos laicos, como parte de la misa. La Eucaristía ha de llevarnos a fortalecer la comunidad cristiana en pos de la misión.

 

LA IGLESIA DEL DELANTAL

Bergoglio

Decía el obispo Tonino Bello, hombre de las periferias: “El delantal es la única vestimenta litúrgica sacerdotal que usó Jesús en la última cena. No se habla allí de albas, casullas, estolas, pluviales, sino de un ordinario delantal que Jesús se puso para lavar los pies a los apóstoles”. Juan, el último de los evangelistas, no contó la institución de la Eucaristía que ya se celebraba desde unas décadas, pero para que esta no se convirtiera en un simple rito, recordó el lavatorio de los pies de Jesús. Al hablar de este hecho, Juan lo hace con solemnidad porque para él le da sentido a toda la Eucaristía y además marca cada uno de los gestos con precisión. Jesús se levanta, depone la vestimenta, toma el paño, se ciñe la toalla, agarra la palangana… Es como cuando Mateo relata: “Tomó el pan, lo bendijo, lo partió, se lo dio…”. Aquí también Jesús repite el mismo mandato de la Eucaristía: “Hagan lo mismo que yo hice” (Jn 13,15). Añade inclusive que quien no tiene en la vida una actitud de servicio al prójimo, “no tendrá parte con Él” (Jn 13,8). Desde la Misa Jesús propone una Iglesia servidora. Tenemos entonces que hacer memoria del lavatorio de los pies no solo el jueves santo sino en todas las Eucaristías para practicarlo todos los días. Muchos van a misa para encontrar un oasis de paz y tranquilidad, un refugio para olvidar los problemas de la vida y del mundo. Sin embargo los encuentros con Jesús en el Evangelio siempre comprometen. Con la visita de Jesús en la casa de Zaqueo entró la bendición de Dios, pero Zaqueo se sintió obligado a devolver lo robado y a compartir sus bienes con los pobres. Sin embargo también hoy abundan los que dicen ser religiosos y defensores de la religión a pesar de ser corruptos, robar, mentir, quedarse con el dinero público. Son fervorosos devotos de algún santo y saben pisar la iglesia. Se olvidan de Jesús que dijo que no se puede dar culto a Dios y al dinero. Los profetas de la Biblia siempre han criticado un culto a Dios separado de la práctica de la justicia, la solidaridad, la honestidad. Hoy nos encontramos en general con una Eucaristía descolgada de la doctrina social de la Iglesia. Se olvida partir el pan, compartirlo y repartirlo. Hay que transformar el mundo según el Proyecto de Dios. Es notable también el parecido entre las palabras eucarísticas de Jesús (“este es mi cuerpo”) con las del juicio final (“yo tuve hambre”). Por eso decía madre Teresa de Calcuta: “Jesús tiene dos sacramentos: uno que se nos da en alimento y el otro en el que recibe alimento”. Hay un profundo lazo entre el sacramento del altar y el sacramento del pobre.

 

“VAYAN Y ANUNCIEN EL EVANGELIO”

Después que los discípulos de Emaús se encontraron con Jesús Resucitado, “al momento se levantaron” (Lc 24,33) para ir a comunicar la buena noticia a los hermanos, a pesar de la oscuridad de la noche. Dice el evangelista Marcos que Jesús nos reúne a sus discípulos para estar con Él y “enviarnos a anunciar el Evangelio” (Mc 3,14). Deben ser muy pocos los que toman conciencia de esta consigna al ir a sus casas después de misa. Así como Jesús es enviado por el Padre, así también nos envía a nosotros (Jn 20,21). Jesús nos pide ser “sus testigos” en todas partes (He 1,8). Se es testigos por haber visto y oído. La misa debe ser una experiencia en la que hemos visto y oído al Resucitado. Por lo tanto no se nos pide “ir en paz” sino llevar a todos la paz del Resucitado (Lc 10,5-6). No es correcto anunciar que la misa ha terminado como si hubiera que levantar una sesión (a lo que encima se contesta con satisfacción: “demos gracias a Dios”). No hay un rito de despedida sino de envío misionero. Es el momento de la Misión; la palabra “misa” viene justamente del verbo latín “míttere” (=enviar). “Vayan (es la palabra final de Jesús a sus apóstoles) y hagan que todos sean mis discípulos” (Mt 28,19). Siendo que para muchos católicos la fórmula “Vayan en paz” pudiera significar simplemente: “Se acabó la misa, vayan a descansar”, la Congregación Pontificia para el Culto Divino sugirió hace años otras fórmulas, lamentablemente sin mucho resultado. Estas son: “Vayan a anunciar el Evangelio del Señor”, “Vayan en paz glorificando a Dios en su vida” y otras. Estas fórmulas reflejan mucho mejor la relación entre la misa celebrada y la misión cristiana en el mundo. La Iglesia ha de alimentarse de la Eucaristía para ser una comunidad evangelizadora y servidora del Reino. La Misión es difícil; por eso se nos da la bendición de Dios y la recibimos de pie, listos para salir a los caminos. Y para que no tengamos miedo se nos dice como al profeta Jeremías (1,8), a María (Lc 1,28), a los apóstoles (Mt 28,20): “El Señor está con ustedes”. Por la comunión efectivamente llevamos a Cristo con nosotros.  No solo hay que recibirlo en nuestra casa, sino hay que hacerlo conocer. No solo hay que conocer su Palabra, sino comunicarla a los demás. Es urgente una pastoral misionera, nos repite el Papa, en los barrios periféricos, en las zonas rurales y hasta en la grandes ciudades, una “Iglesia en salida”.

 

CONCLUSIÓN

04La sensación que a uno le queda con frecuencia al salir de la misa, es la improvisación. Y eso se nota cuando hay un cuchicheo constante entre el sacerdote y los acólitos, entre el guía y los lectores. Los desplazamientos del equipo litúrgico en la celebración  también distraen y molestan. Si bien se han realizado grandes avances después del Concilio, falta todavía una formación litúrgica de los fieles que por siglos han manifestado su fe a través de la religiosidad popular, huyendo de la frialdad de la liturgia tradicional. Es imprescindible educar no solo a la participación activa sino a la oración personal y de intercesión, a la lectura orante de la Biblia, al silencio, al canto y a la alabanza. Los grandes Padres de la Iglesia (Agustín, Ambrosio, Juan Crisóstomo…) explicaban al pueblo los gestos y los símbolos litúrgicos. Hoy los documentos de la Iglesia son en general prolijos e inaccesibles. Hasta el lenguaje litúrgico es a veces ininteligible y anticuado. En las iglesias pentecostales el culto es comunitario, sencillo y alegre, en el que se alternan los lectores de la Biblia y los cantos con la participación de todos. Muchos piden que nuestras misas tengan un tono más festivo, que se note  ya desde un comienzo con música de fondo, con el sacerdote o los laicos que reciben cordialmente a la gente y la acompañan adentro del templo. La misa dominical es un encuentro con el Resucitado más que con el Crucificado. Además Cristo no nos salva tan solo con su muerte en cruz, sino con toda su vida ofrecida hasta la muerte. La cruz no significa tan solo sufrimiento y muerte, sino sobre todo una vida entregada por amor. Y es el amor que nos salva. En definitiva, la misa es el corazón de la vida cristiana y de la comunidad; alimento de la vida espiritual y fuerza para el camino.

                                                                                                        PRIMO CORBELLI

Un comentario en “Tema Central: LOS QUE VAN A MISA

  1. Me parece un artículo de suma actualidad, me preocupa particularmente la falta de equipos de liturgia para preparar cada Celebración. Me siento identificada especialmente con la “conclusión” de este artículo, donde cada domingo (y peor los días de semana), veo que la Misa resulta una cadena de improvisaciones, y ese revuelo y movimientos que hacen los que para salir del paso, buscan quienes se adhieran al servicio de la celebración, distrae a todos y nos quita concentración del ritual. Algo que debería estar armado con especial dedicación, porque se trata de una celebración que no debe ser perfecta y agradable para la asamblea, sino porque es para DIOS, termina siendo “armada” a los “ponchazos” porque hasta después de comenzada la Misa no se sabe con qué feligreses se puede contar para las lecturas ya que llegan tarde. Es imprescindible un equipo de Liturgia también para que se pueda enseñar ciertos símbolos y posturas de la celebración: parece que cuando se oye el Evangelio, tanto dá si uno está de pie o sentado, o si cuando el saludo de la paz se prolonga aún hasta mitad del “Cordero de Dios”….algo que la gente hace por desconocimiento y sin mala intención. Por eso creo que se necesita el grupo de Liturgia también para educar. Gracias por publicar este tipo de artículos. Bendiciones.

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