“Amoris laetitia”: PASTORAL FAMILIAR CON LOS PIES EN LA TIERRA

amoris laetitia
Amoris Laetitia

La Exhortación papal en la conclusión de los dos Sínodos sobre la Familia se llama: “Amoris Letitia” (= la alegría del amor) y se propone “formar conciencias, no sustituirlas” (37), partiendo de la realidad de las familias actuales “tal como son” (36), con los pies en la tierra y hacer juntos un camino. Sin modificar la doctrina tradicional, invita a la más amplia acogida y a una fuerte atención a personas y situaciones.

 

Después de una amplia panorámica en el primer capítulo del documento sobre los desafíos actuales de la familia, en el segundo el Papa pide “no presentar un ideal del matrimonio demasiado abstracto, casi artificialmente construido, lejos de la realidad concreta” (36) porque el matrimonio “es un camino dinámico de crecimiento y realización” y no basta con “insistir únicamente sobre cuestiones doctrinales, bioéticas y morales para un suficiente apoyo a las familias” (37). Los pastores, “expresada con claridad la doctrina, deben al mismo tiempo discernir las distintas situaciones y evitar juicios que no tengan en cuenta la complejidad de las mismas” (79). Particular importancia tiene el capítulo 5 sobre la fecundidad y generosidad del amor, inspirado en el himno al amor de san Pablo. Se habla en positivo de la “dimensión erótica” del amor, del “largo tirocinio del diálogo en familia”, de las fiestas de casamiento que deben ser “sobrias y sencillas”. Se denuncia la falta de “políticas familiares” en muchos países y se pide para los sacerdotes una “formación más adecuada en el tratar los complejos problemas actuales de la familia” (202). En el sexto capítulo dedicado a las perspectivas pastorales el Papa vuelve a repetir que el de la Iglesia “no debe ser un anuncio meramente teórico desenganchado de los problemas reales de las personas”. Insiste en una “mayor formación interdisciplinaria, no solamente doctrinal, de los seminaristas en el tratar los problemas actuales de la familia”. En el capítulo 7 habla de la educación de los hijos. El documento promueve la educación sexual de los hijos en las instituciones católicas “en el marco de una educación al amor, a la recíproca entrega” (280). En el caso de una separación, “que los hijos no sean rehenes que lleven el peso de la separación”. Los párrafos que van del 296 al 312 hablan de las situaciones irregulares. Hay tres palabras clave: “acompañar, discernir, integrar”. Se trata de “integrar a todos (297) a la comunidad cristiana”. “A veces ponemos tantos condicionamientos a la misericordia que la vaciamos de contenido y significado, y esta es la mejor manera de aguar el Evangelio” (311).

Amoris Laetitia
Amoris Laetitia

El matrimonio indisoluble, el amor fiel es un punto de llegada indiscutible, pero no un punto de partida. Hay que respetar la ley de gradualidad que refleja la pedagogía divina. El Papa reconoce que “en la misma naturaleza del amor conyugal está la abertura a lo definitivo” (123), pero Jesús “proponía un ideal exigente y sin embargo practicaba la cercanía compasiva hacia las personas frágiles como la samaritana o la mujer adultera” (38). El Papa explica que frente a las situaciones irregulares no es posible dar normas canónicas generales, válidas para todos; se trata de discernir caso por caso. Tampoco se dice, como en el pasado, que los divorciados vueltos a casar tengan que vivir como hermano y hermana. En el párrafo 305 se afirma textualmente: “A causa de los condicionamientos o factores atenuantes es posible que en una situación objetiva de pecado uno no sea culpable subjetivamente o no plenamente, y pueda vivir y crecer en gracia de Dios”. Y más rotundamente: “No es posible que todos los que se encuentran en situaciones llamadas “irregulares”, vivan en estado de pecado mortal, privados de la gracia de Dios” (301). El Papa invita a un discernimiento pastoral y personal en cada caso  y en el foro interno. Una cosa es el ambón y otra el confesionario. Por eso el Papa lamenta que haya pastores que “se sientan en la cátedra de Moisés y juzgan, a veces con superioridad y superficialidad, los casos difíciles de las familias heridas” (349). Sobre distintas interpretaciones que se han dado al documento en cuanto a la participación a la Eucaristía de los divorciados y vueltos a casar civilmente, el secretario de los dos Sínodos, el obispo y teólogo Bruno Forte ha declarado: “También para ellos debe haber una integración que puede llegar en ciertos casos, cuando hay fe intensa, un camino de conversión sincera, una situación irreversible y un testimonio de fidelidad al Señor, a la participación a los sacramentos”. Se impulsa por eso una pastoral de los divorciados. No es un cedimiento a la mundanidad actual, sino un estilo de Iglesia en camino, que va a las periferias, ejerciendo la misericordia. También la parroquia ha de transformarse en una familia de familias, cuando hoy la familia natural ha pasado de ser patriarcal a nuclear.

El Papa cita también a distintas Conferencias Episcopales, a personalidades como Luther King, Erich Fromm, Jorge Luis Borges, Octavio Paz, Mario Benedetti, Gabriel Marcel, Dietrich Bonhoeffer y hasta una película danesa: “El festín de Babette” de 1987, que habla de una buena cocinera que sabe valorar positivamente los placeres de la mesa familiar, siempre con moderación. En definitiva se trata de un mensaje positivo y esperanzador, en la lógica de la misericordia, justamente en este Año de la Misericordia. Se afirma: “Nadie según el Evangelio puede ser condenado para siempre” (196 y 296). Hay que integrar a todos, superando inclusive la catalogación de regulares e irregulares. En el documento tampoco hay un catalogo de prohibiciones y obligaciones, sino tan solo comprensión. Se trata además de un proceso abierto. El texto no pretende zanjar definitivamente ningún tema; el Papa mismo afirma que “hay que seguir profundizando con libertad.” (2 y 3). El texto es fiel a las resoluciones de los Sínodos, pero puede tener ulteriores desarrollos para una búsqueda que el documento no cierra ni agota.

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