tema central- De aventuras literarias: a propósito de los 400 años de Cervantes, una lectura de Don Quijote a la luz de sus valores

quijotesanchoUno de los aniversarios más importantes de este año es el de la muerte de Miguel Cervantes de Saavedra (Alcalá de Henares, 29 de septiembre de 1547-Madrid, 22 de abril de 1616), el paradigmático autor que entregó a la humanidad un libro inmortal de gran influencia en nuestra cultura. En este sentido, Montevideo en tanto “Ciudad cervantina” – recientemente así declarada por la Asociación de Cervantistas  y siendo una de las cuatro que existen en el mundo– ofrecerá, a lo largo del 2016, varios homenajes al “Manco de Lepanto”. UMBRALES también se suma a esta celebración al abrir un espacio para reflexionar sobre la actualidad y la pertinencia de seguir leyendo a Don Quijote de la Mancha. La propuesta es advertir los valores cristianos presentes en esta novela fundamental, la cual, aunque fue escrita en el marco de la Cristiandad del siglo XVII, continúa teniendo sentido en el siglo XXI: una época igualmente necesitada del amor a la libertad y a la justicia, y esta será una de la de las tantas verdades que nos sigue planteando hoy el héroe de nuestra historia.

¿Por qué leer El Quijote?

La fascinación por el verdadero protagonista de El Quijote no la provoca un caballero andante trasnochado e idealista, sino la combinación de las peripecias de Quijano/Quijote con la permanente aventura de interpretación que supone el mundo. Leer El Quijote ayuda a leer nuestro entorno, a desentrañar las ficciones de la mente, y porque su protagonista híbrido, extraordinario, es un espejo del lector: él también se multiplica con palabras, su identidad es también un mero ejercicio de interpretación.

La pregunta de arranque se refiere al porqué seguir hablando de Cervantes y para qué hacer un esfuerzo intelectual y cultural de leer un texto cuya primera parte se publicó en 1605, hace ya más de 400 años. En la edición de Francisco Rico (un referente fundamental de los estudios cervantinos actuales) se explica que la primera edición de la obra vio la luz en Madrid en1605 bajo el nombre de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. Tal fue su acogida e incluso, ante la publicación de otra versión apócrifa, fue necesaria una continuación impresa en 1615. Sobre su autor, Miguel de Cervantes Saavedra, se sabe que participó en la batalla de Lepanto en 1571 militando en la compañía de Diego de Urbina, una batalla que marcó el declive del poderío turco en el Mediterráneo y donde sufrió la mutilación parcial de su brazo izquierdo, anécdota por la cual también pasó a la historia. Es importante señalar que estaba en la miseria y tenía sesenta y ocho años cuando escribió la segunda parte de El Quijote en 1615.portada quijote

En el prólogo, el autor nos cuenta que concibió el texto en la cárcel, durante las ocasiones en que estuvo privado de su libertad en 1592 y 1597. En una época en la que la novela española y francesa habían exprimido hasta el cansancio la épica hasta derivar en la variante de la caballería, Cervantes sintetiza su principal aportación al género defendiéndose ante las posibles críticas, señalando acertadamente que su texto es “ una invectiva contra los libros de caballerías ”, es decir, una crítica severa y burlesca hacia libros como el Amadís de Gaula, entre muchos otros, que retomaban elementos de la novela picaresca como el Lazarillo de Tormes y los poemas épicos como el Cantar del Mío Cid, pero llevados a tal extremo de la fantasía que su valor literario ya resultaba cuestionable.

Más allá de su postura crítica hacia las novelas de caballerías, sin mayor propósito que el divertir y deleitar, Cervantes logra un texto con una complicada estructura que amalgama varios géneros literarios: textos de origen pastoril –églogas-, poesía –sonetos-, canciones, romances, drama, aventura, comedia, poemas épicos… También presenta recursos que son complejos para su época: por momentos se refiere a sí mismo y a su obra de manera impersonal; en otros, “juega” a ser el autor, editor, traductor y hasta comentarista de su propio texto. A esto se suma que en Don Quijote se plasma no sólo la lengua castellana de su época sino también una jerga pseudo-medieval para parodiar el léxico de los textos caballerescos. Junto a ello y quizá sin habérselo propuesto, el autor retrata las costumbres y tradiciones de la época, de la que se destaca el constante uso de dichos y refranes– tanto en la voz del Quijote como en la de su escudero Sancho Panza–que reflejan la inagotable creatividad y sabiduría popular, muchos de los cuales siguen siendo de uso común.

Tal creatividad queda manifiesta, además, porque desde el prólogo Cervantes se autodefine como el padrastro de Don Quijote: atribuye al supuesto historiador moro Cide Hamete Benengeli la autoría real de la obra, posteriormente un morisco toledano le ayuda a traducir el texto una vez que logra recuperarlo y finalmente él mismo se define como una suerte de compilador, justificando así los posibles errores del documento por causa de las varias versiones del mismo.

Martín de Riquer, en su Aproximación al Quijote (1971), señala que la obra es un constante sucederse de episodios fuerte y hábilmente organizados alrededor del héroe, aunque, a lo que su título sugiere, no se trata sólo de la vida, obra y desventuras de Alonso Quijano transformado en el Hidalgo, sino que éste, al mismo tiempo, es el hilo conductor sobre el cual se van tejiendo otras historias alternas. Así, en la primera parte del texto conocimos las historias de Andrés y su amo; el ventero, su esposa y Maritones; Grisóstomo y Marcela; Cardenio y Luscinda; Fernando y Dorotea; Zoraida y Ruy Pérez de Viedma; Juan Pérez y Clara, Clara y Luis, así como Leandra y Vicente. En varias de éstas, el héroe viene a ser la parte mesurada y prudente, contrario a lo que piensan de él quienes le rodean.

Ahora bien, mientras que Don Quijote es el fiel ejemplo de un hombre que es capaz de dar la vida por la defensa de sus ideales y el amor hacia su señora, su leal amigo Sancho Panza viene a ser la representación de la vida real, esencialmente práctica y materialista. No obstante, lejos de ser su contraparte humorística, se complementan mutuamente.

 

Y del poco dormir y del mucho leer, se le secó el seso…”

 

Curiosa resulta la descripción física que hace Cervantes del hidalgo manchego, a quien Sancho Panza llamó “El Caballero de la Triste Figura”, pero no menos curiosas son las razones que esgrime para justificarlo. Alto y desgarbado, “frisaba la edad de nuestro Hidalgo con los cincuenta años. Era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza… ” y quizás, como apunta Rico, los rasgos de Don Quijote coincidían con el temperamento colérico y melancólico de la medicina antigua.

cervantesLa locura de Don Quijote, empero, dista mucho de serlo. Si hemos de calificar como tal a la permanente e irreversible ruptura con la realidad, Alonso Quijano es consciente de todo cuanto hace y asume como propias las reglas de caballería dentro de su ideal particular: ese mundo en el cual se respeta a la vida y se vive en armonía con la naturaleza; donde la palabra empeñada se cumple aún sin estar escrita; donde la mujer amada es merecedora de todo respeto. Por el contrario, para la lógica de Don Quijote, son los demás quienes se niegan a cumplir con sus reglas. Este personaje es, pues, “un idealista de alma ardiente y un luchador activo en los caminos”. Por eso nos obsequia con las más inverosímiles aventuras: los molinos de viento que él ve como gigantes de varios brazos; el rebaño de cabras que para él son dos ejércitos en combate; la noria cuyo ruido le hizo admitir –no sin algo de contrariedad- que aún un Hidalgo puede sentir temor; la mágica medicina que a él beneficia pero a Sancho enferma, e incluso confundir vino derramado con la sangre que emana de sus heridas de batalla. Las posadas son castillos, las campesinas son ilustres doncellas, sus desventuras se deben a las malas artes de algún hechicero celoso, lo cotidiano y vulgar se vuelve noble y distinguido dentro de su exaltada imaginación…No obstante, es justamente en estos rasgos donde encontramos una característica de la humanidad y de buenos propósitos en Don Quijote, para quien su razón de ser era la transformación del mundo a su mundo, un mundo mejor que revalora al género humano a partir de la defensa de a aquéllos a los que nadie defiende.

Por eso no podemos afirmar la locura de Don Quijote, sin tomar en cuenta que ésta tenía dentro de sí el amor devoto como una aspiración superior. Y no sólo el amor cortés, apacible, respetuoso y algo tímido de un Hidalgo hacia su dama, sino el amor en todo sentido y a todas las manifestaciones de vida, es decir, hacia Dios. Si Alonso Quijano perdió el juicio leyendo, luego la locura lo llevó al amor, puesto que al hacerse caballero, Don Quijote buscó además de sus armas y de su caballo, “ …una dama de quién enamorarse, porque el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma ”.

 

El valor de Don Quijote desde una perspectiva cristiana

 

Desde el principio de la obra salta a la vista que la razón de ser de Don Quijote es ponerse al servicio del desposeído, y para ello dispone de la fuerza de su brazo y de su valentía para acometer todo aquello que pueda hacer perfecto y famoso a un andante caballero. El valor, así entendido, guarda relación con la conservación del honor y el procurar el bien. Don Quijote tiene “valor”, pues posee la “virtud del valiente” y en tanto tal, hace uso de las virtudes morales: busca la justicia para deshacer todo género de agravios, ostenta su fortaleza –moral más que la física, desde luego- aunque de vez en cuando se ponga en ocasión de peligro, demuestra su templanza en su proceder, aunque a los ojos de los demás su actuar no sea del todo prudente, dado que, en la gran mayoría de las ocasiones sus aventuras no tuvieron un feliz desenlace a pesar de sus buenas intenciones. Lo importante era no desfallecer en su empeño e intentarlo de nuevo cuantas veces fuera necesario. Este planteo coincide con lo expuesto por López de Llergo, quien define “El Valor de la colaboración solidaria” gracias al cual el ser busca su perfección tras ponerse con entera libertad al servicio de sus semejantes para combatir a los malhechores, socorrer a los indigentes, y alcanzar la paz y la justicia.

Con respecto al tratamiento de lo femenino, la mayoría de los estudios críticos coinciden en que la obra cervantina rescata la inteligencia y capacidad de autonomía de las mujeres. Don Quijote realza a Dulcinea A sus ojos y por causa del “efluvio del amor”, una sencilla campesina se torna en la más linda de las princesas. Pero no sólo es capaz de embelesarse por la belleza física de su amada, sino también cuando es capaz de mirar una rústica posada para transformarla en un elegante castillo, a un flacucho jamelgo en un distinguido rocín, un molino de viento en un gigante o una grosera bacinica de peluquero en un yelmo de oro. Vemos entonces que el Hidalgo manchego posee “ El Valor estético ”, ya que aún y cuando él mismo dista mucho de parecerse a la imagen caballeresca, dada su edad y fisonomía, no por ello deja de explicitar la belleza como cualidad.

El vínculo que establece con Sancho es también motivo de reflexión, pues lejos de tratarse de la distante relación propia de un amo a su siervo, termina por consolidarse en una evidente amistad unida por la fe mutua. A pesar de las diferencias entre ambos (físicas, de linaje, etcétera) Sancho cree a fe ciega en Don Quijote y éste brinda atenciones al primero. Trátese pues, del  “Valor relacional espiritual” trascendente por cuanto a que ensalza cualidades tales como el honor y la estimación, que el Hidalgo hace patente a su escudero cuando le invita a sentarse con él durante la cena con los cabreros y en tantos pasajes de la obra.

La devoción de Don Quijote concuerda con “el Valor religioso”, por cuanto a que se relaciona a los seres espirituales entre sí y con el Ser Supremo, marcando dicha relación con el sentido de pertenencia. Y aun cuando algún caminante lo cuestiona por encomendarse primero a su dama en lugar que a Dios, Quijote argumenta a su favor que “no sólo vuelve a ella los ojos blanda y amorosamente” antes de hacer uso de las armas, “sin que por ello deje de encomendarse a Dios”.

El “Valor Trascendente” también está presente en el hidalgo caballero, ya que, definido por López de Llergo como “ aquél que beneficia a otros, por ejemplo, la enseñanza ” vemos que Don Quijote piensa sinceramente en el beneficio de su siervo y su familia cuando la oportunidad se lo permita, no sólo con la ínsula prometida sino con ascenderlo en su nivel social y hacerle caballero si es preciso, incluso le recita pasajes de libros que Sancho ni remotamente leerá, pero con el genuino deseo de incrementar su preparación y experiencia.

Es patente el “Valor del aprendizaje”, aquel que hace posible la asimilación voluntaria de conocimientos y habilidades para mejorar y crecer. Esto podemos verlo en la afición a la lectura de Alonso-Quijote, vista como una suerte de ejercicio auto-didacta, o bien, en la graciosa conducta de Sancho, quien no obstante su rusticidad, hace manifiesta su sabiduría natural y buen juicio, no sólo al pronunciar ingeniosos refranes casi sin esfuerzo, sino al acuñar jocosos vocablos, como el “baciyelmo”, cuando su amo estaba convencido de que se trataba del casco de Mambrino y no una bacinica de peluquero, logrando así una genial integración de realismo y fantasía.

Se constata también el “Valor Verdad”, que corresponde a lo que cada ente es de conformidad con su naturaleza. Así, aunque a los ojos de los demás no es sino un pobre trastornado, Don Quijote está realmente convencido de que es un Hidalgo con el linaje de antaño y con la misión de resucitar el honor caballeresco. Siendo ésta su naturaleza, entonces todo su comportamiento resulta coherente: su indumentaria es motivo de extrañeza, pero él se siente el más digno de los caballeros a pesar de la celada de cartón y el peto abollado; habla con el léxico y la parsimonia medieval aunque nadie le comprende; conserva la fidelidad a Dulcinea sin pensar que más de uno cuestiona la existencia de semejante beldad.

De entre todas las injusticias a las que se enfrenta y pretende erradicar, el manchego desafía a la mentira y al deshonor de quienes deliberadamente no cumplen con la palabra empeñada, como sucede con el patrón de Andrés; a la obcecación del amante rechazado quien malgasta su vida en aras de un amor que nunca fue alentado, como Grisóstomo; a los pícaros que poco les importa pasar por las demás personas con tal de sacar provecho de ellas, como hace el ventero; a los ladrones como Ginés de Pasamonte que despojan de su patrimonio a sus semejantes sin agradecer los favores recibidos. En este sentido, Don Quijote demuestra el verdadero perfil del caballero: un caballero es aquél que siendo afable, bien criado, cortés, comedido y oficioso, no soberbio, no arrogante, no murmurador y sobre todo caritativo.

 

Una actitud frente a la vida: “Bien podrán los encantadores quitarme la ventura, pero el esfuerzo y el ánimo será imposible

 

Don Quijote actúa con apego y orden moral porque se pone al servicio de los desposeídos, las viudas, los humildes. Busca el bien aunque los medios y las circunstancias no le sean propicios. El bien así logrado es útil y deleitable a la vez, pues la orden de la caballería para el Hidalgo manchego no es un fin, sino el medio para acceder a ese pretendido estado de bienaventuranza personal y social. Muchas son, entonces, las lecciones de vida que nos deja el honrado caballero:

  • Antepone la recta razón sobre el egoísmo y busca dar a cada cual lo que le pertenece conforme a su derecho. No ambiciona riquezas materiales y no le va mal el dormir al aire libre, su reconocimiento va más hacia el orden espiritual si con ello consigue y conserva el amor de su dama.
  • Es un ejemplo de creatividad y constancia, pues enfrenta sus obstáculos y sus carencias y los sustituye a base de ingenio. Aunque la celada de cartón no garantice mucha seguridad para el ataque, al menos demuestra la importancia de intentarlo antes de darse por vencido, el nunca decir “no puedo” sin revisar las alternativas posibles, pero nunca llevado al extremo de la fatuidad.
  • Don Quijote es un visionario, pues ve lo que los demás no ven. Encuentra belleza donde no la hay, nobleza en la rusticidad, dignidad en la ignominia y determinación en la timidez.
  • Demuestra lealtad no sólo hacia quienes le profesan su amistad desde antes, sino incluso hacia desconocidos, fortuitos acompañantes de aventuras que pudieran necesitar de su ayuda incondicional. En ello se muestra como un hombre ciertamente virtuoso, pues antepone la fe –y la fe sobre la humanidad en general- aún a costa de su propia vida.
  • Habrá quien le juzgue por arriesgado, pero es, al mismo tiempo, un ejemplo de tenacidad, paciencia y perseverancia, por cuanto hace a actuar con entereza y firmeza de carácter.
  • La extrema fidelidad que le demuestra a Dulcinea, aún a pesar de su cercanía con otras mujeres expone, además, su templanza para ordenar sobre las pasiones de la concupiscencia. Su moderación es una característica inobjetable de su condición de caballero, pues a la mínima falta cometida ya no sería digno a los ojos de la mujer amada, quien es la razón de su actuar.
  • Demuestra su amor por la lectura y el conocimiento, es legítima su defensa del estudio autodidacta como una manera de preparación y perfección personal, no en vano su gran tristeza por la destrucción de su biblioteca.
  • Indudable resulta, además, el valor estético de la obra, por cuanto representativa de la riqueza y usos de la lengua de su tiempo.

Evidentemente que esta lista no pretende ser exhaustiva sino tan solo dar cuenta de la  universalidad de un caso no cerrado que sigue diseminando significados siempre abiertos.

Quizás existe una denominación clínica para una personalidad arrebatada y fantasiosa como la de Alonso Quijano. Pero si serlo implica una búsqueda suprema y una defensa de un mundo en donde una persona común aspira a su propio crecimiento; si serlo es mostrarnos lo que la vida es y debe ser; si serlo es abrazar un ideal y poner la vida en ello… entonces sí, Alonso Quijano estaba rematadamente loco, “vencido y cargado de amargura”, como dice la canción de Joan Manuel Serrat inspirado en la poesía León Felipe, otro gran escritor español que honra la perennidad del genio de Cervantes.

Siendo casi un ícono de nuestra cultura occidental, no hay quien no conozca al ingenioso manchego aún sin haber leído ni una sola de sus páginas. Pero, para quien quiera vivir emociones inusitadas, la sugerencia es leer auténticamente a Don Quijote, un personaje nacido para el prójimo. Adentrarse en la obra es una oportunidad para que  nos haga sitio en su montura, siendo ejemplo, especialmente para las futuras generaciones, de la valentía que se requiere para “desfacer entuertos” de nuestra sociedad a golpes de puro idealismo. Que podamos aprender de este campeón de las causas justas, aún cuando dicha postura nos suponga sacrificios y burlas sin fin (leer los episodios de los mercaderes, de los yangüeses, de los disciplinantes, la derrota contra el caballero de la Blanca Luna en II, 64). Porque en la medida que conservemos propósitos para la vida, sin dimitir nuestra ética, sabremos practicar con elegancia la más alta forma de amistad y romperemos lanzas contra la violencia, el apetito feroz insatisfecho, la injusticia, la prepotencia, la carencia o la esclavitud: en eso consiste la sabiduría del que trabaja por la paz. Su alegría radica en entender que el proyecto moral no fracasa cuando no puede vencer al mal, dado que siempre habrá viejos y nuevos males a que enfrentarse. El verdadero, el único fracaso de la ética, tal como dice Fernando Savater, es no poder vencer a la pereza paralizadora…y nuestro hidalgo es cualquier cosa menos perezoso.

3 comentarios en “tema central- De aventuras literarias: a propósito de los 400 años de Cervantes, una lectura de Don Quijote a la luz de sus valores

  1. Rodó fue el primero en asociar a Cristo con Don Quijote. Muy bueno el artículo para retomar un aspecto de la lectura. 400 AÑOS Y SIEMPRE ALGO NUEVO APARECE EN este libro. Creo que soon importantes las propuestas literarias en la revista. O el arte en general también es otra forma de ser cristianos. saludos

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  2. Un nuevo enfoque para pensar este libro. Al quijote lo conocemos pero no veíamos los valores cristianos sino el humor. Cervantes un gran escritor y se debe rescatar.

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