opinión: ¿REFORMAR? ¿RENOVAR? ¿REFUNDAR? Parte II

Hay y uno lo siente en la gente de Iglesia un deseo profundo de transformación y cambio que va más allá de lo estructural o lo espiritual, anida en el corazón del creyente el deseo de una comunidad más adaptada a nuestros tiempos veloces y de cambios profundos (Al decir del Cardenal Martini en un reportaje la Iglesia está atrasada 200 años). En charlas o debates se siente “esto no daba para más” o “¿cuanta hipocresía?” y lo que es peor: “cuanta mentira histórica que la hemos aceptado como verdad sin más”. Algunos entendidos hablan de desconocimiento de la historia o lo que es peor: “mala fe”.

El poder y su lucha palaciega en una institución que es bi-milenaria son terribles y muchas veces hacen caer nuestra mirada ingenua de las cosas. Nos dice Ivone Gebara: “Las estructuras pre modernas que aún mantienen a ese poder religioso necesitan ser confrontadas con las ansias democráticas de nuestros pueblos en la búsqueda de nuevas formas de organización, que se concilien mejor con los tiempos y grupos plurales de hoy. Necesitan ser confrontadas con las luchas de las mujeres, de las minorías y mayorías raciales, de personas de diferentes orientaciones sexuales y opciones; de pensadores, de científicos y de trabajadores de las más distintas profesiones. Necesitan ser re trabajadas en la línea de un diálogo mayor y más fructífero con otros credos religiosos y sabidurías esparcidas por el mundo” (…) “La elección de un nuevo Papa es algo que tiene que ver con el conjunto de las comunidades católicas esparcidas por todo el mundo y no sólo con una elite añosa minoritaria y masculina. Por eso, es necesario ir más allá de un discurso justificativo del poder papal y enfrentarse a los problemas y desafíos reales que estamos viviendo. Sin duda, para eso las dificultades son muchas, y enfrentarlas exige nuevas convicciones y el deseo real de promover cambios que favorezcan la convivencia humana” (Ivone Gevara, (2013), Revista Metodista, Nro. 206, abril/mayo, pp.19-20).

Sentimos deseo de reformar o renovar, transformar esta institución tan pesada. El Papa Benedicto renunció y se abrió una puerta, el Espíritu Santo, quien conduce y guía generó una vez más vientos de cambio y transformación: “no tengo fuerzas para conducir a la Iglesia”. Todos recordamos esas palabras sabias de un hombre conservador, pero inteligente y orante, capaz de ver más allá de lo coyuntural el comienzo de un nuevo tiempo: “al mundo le hace falta un líder espiritual, un pastor que anuncie y yo no puedo más”. Esta sabiduría fue tomada con mucho entusiasmo por las comunidades cristianas de otras confesiones que ven en el Papa anterior y en el Papa actual un desafío importante ante este modelo feroz de neoliberalismo capitalista que con el consumo adictivo a generado la mayor crisis de pobreza que vio la humanidad en su historia (Ver: Z. Bauman, Trabajo, consumismo y nuevos pobres, Gedisa, Barcelona 2008). Alguien tiene que decirle al mundo que esto no va más, que se “agotó el modelo” y hay que pensar un mundo mejor para nuestros hijos. Y la Iglesia parecía dormida en un gueto que protegía a diestra y siniestra los privilegios alcanzados a lo largo de siglos de poder y estrategias palaciegas acumuladas, (J. Perea, J.I. Gonzalez Fauss, Clamor contra el Guetto, Trotta, Madrid 2012).

Hay un clamor de reforma, de renovación o quizá algunos la llaman de refundación de la Iglesia desde lo que fue la Iglesia primitiva, más cercana al ser humano y no tanto a lo institucional, en y dentro de si mismo (Las intuiciones del Concilio Vaticano II). Refundar la Iglesia supone una Eclesiogènesis como dice el teólogo brasileño Leonardo Boff en el intento de que las Comunidades de Base reinventen la Iglesia desde los pobres (L. Boff, Eclesiogènesis, las comunidades de Base reinventan la Iglesia, Sal Terrae, Santander 1986). Refundar significa eso, empezar de nuevo, construir la Iglesia desde el Reino de Dios, desde ese proyecto de amor del Padre hacia cada hijo y hermano que circula por este mundo. Reformar supone cambiar lo que se está haciendo, hacerlo funcionar de otra manera, limpiar lo que está mal y quedarse con lo bueno (Recomendamos la lectura del artículo: “La reforma Protestante” en la revista Metodista nro. 201, octubre 2012). Al decir de Loisi: “Jesucristo anunció el Reino y vino la Iglesia” (Dicha por un viejo profesor del seminario en una charla), es una afirmación muy fuerte que resume la idea de refundar la comunidad cristiana desde el Reino de Dios como proyecto de salvación para el ser humano en el entendido que la salvación de Dios es dirigida al hombre antes que a la Iglesia. Últimamente teníamos la impresión que las ansias de poder se habían apoderado de la Iglesia, la querían salvar cueste lo que cueste, y nos habíamos convertido en un gueto. El proyecto no era el Reino (Ver L. Boff, Iglesia, Carisma y Poder”, sal Terrae, Santander 1982), sino reformar la Iglesia desde grupos cerrados con una alta espiritualidad, llenos de una elite muy cercana al poder. Al decir de Benjamin Gonzalez Buelta: “Se construye una burbuja de espiritualidad aislada de la realidad dura, para pacificarse, como se construye un hotel paradisíaco y exclusivo para que descanse y goce la élite del mundo. También existen espiritualidades <cinco estrellas>. Todos estamos afectados por esta ley del mercado, que ejerce su dominio con despotismo…” ( B.G. Buelta S.J. Orar en un mundo roto, Sal Terrae, Santander 2002). La pregunta es: ¿Cuál es el proyecto? ¿Cómo se transformará la Iglesia en una comunidad refundada desde el Espíritu? No hay receta, hay que empezar desde abajo: “crece desde el pie” dice Zitarrosa.

Necesitamos pequeñas Comunidades y cristianos en el mundo que desde el barrio o la gran ciudad testimonien una Iglesia nueva, distinta. Necesitamos una estructura liviana, no política, sino testimonial. Los cristianos (La Iglesia) deben ser sal de la tierra y luz del mundo como dice el Evangelio de Mateo, capítulo 5. <Si yo cómo un pedazo de pan no veo la sal, pero siento su sabor>. La comunidad cristiana debe ser luz en medio de las tinieblas, debe someterse a los tribunales como lo hizo Jesús desde la Verdad para purificarse de tanta idolatría. Necesitamos salir del secretismo y ser transparentes. Es el camino de la cruz, es la pasión de un amor comprometido que va hasta el final. Necesitamos una estructura fraterna dentro de la Iglesia mucho más flexible a los cambios y transformaciones. Necesitamos una Iglesia inserta en el mundo, no fuera del mundo, con una estructura que es del mundo. Necesitamos ser antes que aparecer (Da pena ver en la TV esos curas “Oa Oa” que tiran baldes de agua sobre la gente, en que han convertido aquella Iglesia de Elder Camara, Pedro Casaldaliga, Ivo Lorscheider, Frai Beto y tantos mártires que durante años de dictaduras feroces han denunciado la injusticia). Tenemos los cristianos la misión increíble en nuestras manos de dar testimonio ante el mundo de esa luz que resplandece en nuestros corazones y para ello es necesario estar en el mundo, insertarse, ser, no vivir dentro de la Iglesia. Ser cristiano no es sólo dar catequesis en la Iglesia o tener tareas allí, ser cristiano es estar en el barrio, en el sindicato, en la cooperativa, en el almacén, junto al vecino. Es salir al encuentro, es hacer lío, es generar conflicto por la injusticia cometida. Ahora que el Papa Francisco habló de salir a la calle, parece cómico ver a tantos cristianos o curas o monjas de a pie o en los ómnibus como un efecto mágico de las palabras del Papa (el efecto Francisco, por algo se empieza).

Aquí encontramos un desafío increíble para refundar la Iglesia. Necesitamos hacer creíble ante el mundo el Reino de Dios y por lo tanto necesitamos más que nunca a la pequeña comunidad, aquella que testimonia desde la periferia el camino de salvación porque el problema es la pobreza, y esta es mucha en el mundo de hoy. Cuando la Iglesia latinoamericana hizo explícita la opción por los pobres no hizo otra cosa que andar el camino del Reino de Dios. No debemos olvidar nunca que hoy el problema son los pobres como contó el papa que le dijo ese cardenal Brasilero en el momento de la elección. El Papa Francisco nos hizo volver a mirar ese ángulo perdido de nuestra reflexión, esa opción que no es otra que la de Jesús porque el problema de nuestro mundo actual es la pobreza:

“En este momento las 225 personas más ricas del mundo tienen unas fortunas que superan el billón (millón de millones) de dólares, es decir, lo mismo que el ingreso anual de 2500 millones de seres humanos, el 47% de la población mundial. Solo tres de esos ultra ricos suman unos activos superiores al PBI de los 48 países menos desarrollados y el PIB de China (1200 millones de habitantes) es superado con el capital de las 84 primeras fortunas del mundo (Informe sobre Desarrollo Humano 1998, realizado por el programa de las Naciones Unidas para el desarrollo (PNUD). El PNUD estima que con el 4% de la fortuna de los ultra ricos (44.000 millones de dólares) se podría lograr y mantener el acceso universal a la enseñanza básica para todos, a la atención sanitaria, a los medios de salud reproductiva para las mujeres, alimentación suficiente y agua potable, junto a saneamiento básico para todo el mundo. Y no es mucho pedir. Es lo que en Estados Unidos se gasta en cosméticos en un año…” ( Luis Perez Aguirre, Educación y Derechos Humanos ante los desafíos del Siglo XXI” en: La Construcción de los Derechos Humanos es una obra sin fin, Cátedra Unesco, UDELAR, Memoria 2010.

Recordar que los datos recogidos por “perico”, el P. Perez Aguirre son de 1998, lo cual hace sospechar que hoy al 2014 estamos bastante peor que en ese entonces. Y el Papa en la jornada mundial de la juventud en Río habló de “hacer lío” que muchos interpretan de formas ridículas. Hacer lío supone ser profeta y denunciar esta inmensa injusticia en la que vive el ser humano hoy.

Para finalizar entonces decimos que la Iglesia tiene el inmenso desafío hoy de encontrar en el problema de la pobreza su perspectiva mayor porque hay miles y miles de hermanos que viven en la miseria más absoluta y no gozan de los mínimos derechos elementales que revisten a su dignidad humana. La Iglesia debería no reformarse, ni siquiera renovarse, es necesaria una refundación desde el estilo de Jesús pobre y humilde para matar tanta soberbia, en medio de los que sufren el horror de la pobreza y la miseria. Ser testigos en medio del mundo supone luchar y transformar las estructuras que generan injusticias. Una Iglesia más del martirio que de las cruzadas, una Iglesia que encuentra en la mirada de los que no tienen voz el llamado de Jesús a ser en vez de aparecer. No necesitamos ser los “muñequitos de la torta” en las fiestas de aquellos que se enriquecen a costilla de los pobres, hay que tener el coraje como Jesús de correr a los mercaderes del Templo. La Conversión es un camino que nos exige como comunidad cristiana lo que plantea Adela Cortina en uno de sus libros: “hacerle un jaque al consumo” ( A. Cortina, Etica del Consumo, Trotta, Madrid 2012.). Supone un gran movimiento universal de ayuno contra el consumo que nos destruye para que las multinacionales quiebren. En fin… cuanta Utopía por construir y que importante es que nosotros desde dónde estemos, comencemos a generar conciencia.

El dilema está en: ¿salvar al ser humano o salvar la Iglesia? Hay que volver a la inserción, la misión no debe ser llevarle nada a nadie, sino ir a buscar en medio de nuestro pueblo el hambre de Dios que grita por un mundo más justo. No hay que salir a anunciar nada que nuestro pueblo ya no tenga, hay que maravillarse cada día con los gestos y actitudes de nuestros vecinos y encontrar allí a Dios. Hay que encontrarlo latiendo en el trabajo, en el cantegril, en la oficina, en el niño o el anciano, en todas partes hay un clamor de Dios que se siente. Salir significa encontrarlo dentro (el testimonio de un Santo Uruguayo como el Padre Cacho Alonso cuando nos dice: “Siento la imperiosa necesidad de vivir en un barrio de pobres y hacer como hacen ellos. Necesito encontrar a Dios entre los que más sufren…Sé que vive allí, que habla su idioma, que se sienta a su mesa, que participa de sus angustias y esperanzas” (Papel encontrado en una caja de zapatos en la Parroquia de Posolo luego de su muerte, citado en: Mercedes Clara (2012), Padre Cacho, cuando el otro quema dentro, Trilce, Obsur Montevideo, p. 27). Hay que salir de mi egoísmo que no me permite ver en el otro a Dios y no de los muros de la parroquia hacia la conquista de los infieles. Hay que salir de nuestra soberbia que no nos permite ver más halla del código y de las leyes. Hay que salir del dualismo de ver a los buenos aquí y a los malos allí, y enfrentar el enorme riesgo de equivocarnos por amor, porqué el amor es más fuerte. Hay que salir de la papolatría y el clericalismo y ver una Iglesia más laica, profundamente laica desde la categoría de pueblo de Dios encarnada por el laico Jesús de Nazaret., único sacerdote mediador con su sangre de la Nueva Alianza (ver: Albert Vanhoye, Sacerdotes antiguos, sacerdote nuevo, Sígueme, Salamanca 1995. O también: José I. González Faus, Hombres de la Comunidad, Sal Terrae, Santander 1989). Hay que entender la misión no como un llevarle cosas al mundo alejado de Dios, sino como un encontrar en el mundo las semillas de ese Dios lleno de misericordia y bondad. Hay que salir de una espiritualidad más dedicada a la mística de ojos cerrados por una que parta de un concepto de mística de ojos abiertos. En el nombre elegido por el Papa está el proyecto: ser como Francisco, hijo y hermano. Una Iglesia del martirio y no de las cruzadas que conquista. Al decir de ese Santo que nunca va a ser canonizado por la Iglesia, el santo padre Marcelo Mendhiarat: una Iglesia de hijos y no de esclavos. Que tremendo desafío nos espera por delante

Jesús Arbiza (El menor)

 

1 Joaquín Perea, Jose I. González Faus, Andrés Torres Queiruga y Javier Vitoria, Clamor contra el Gueto, Trotta, Madrid 2012.
2 Gustavi Gutierrez, Gerhard Ludwig Muller, Dalla Parte del Poveri (De parte de los pobres), emi, Padua 2013. Lo tenemos en la versión italiana gracias a amigos que nos quedan por allá.
3 Recomendamos la lectura de los últimos libros de José Ignacio Gonzalez Fauss: “Otro mundo es posible…desde Jesús”, Sal Terrae, Santander 2010. Hay una excelente reflexión comparando La Iglesia misionera del Concilio y la Iglesia constantiniana de la seguridad que vino después del Concilio y que nos llevó a la crisis actual de la Iglesia que ha muchos “ingenuos” cuesta reconocer.
4 Papa Francisco, Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, Tipografía Vaticana, noviembre 2013, p. 180.
5 Idem, p. 178.
6 La parábola del Hijo Pródigo refiere claramente a esto, el hijo mayor estaba dentro estando fuera.

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