Nunca sin el otro: CARLO GNOCCHI, EL DOLOR INOCENTE

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Fundación Don Gnocchi

El 28 de febrero de 1956 hace 60 años, moría en Milán (Italia) víctima de un tumor a los 56 años, un sacerdote extraordinario que está hoy encaminado a la canonización: Carlo Gnocchi. Fue beatificado el 25 de octubre del 2009.

A fines de los años 30 le había sido confiada en Milán la asistencia espiritual de los universitarios que desarrollaba con su natural cordialidad y sonrisa permanente, hasta que lo sorprendió la guerra. Muchos de esos jóvenes fueron llamados a las armas y él quiso estar con ellos ofreciéndose como capellán militar voluntario en la guerra de Italia contra Albania y Grecia. Quiso ser “cura en guerra, no cura de guerra”, la que él detestaba.

En el año 42 fue destinado a la campaña de Rusia. Después de la derrota del río Don, empezó la retirada. De 57 mil hombres volvieron 13 mil. Hubo una marcha de 700 km. de estepa helada, con 70 centímetros de nieve y 40 grados bajo cero. Todos con el mismo objetivo: caminar, caminar…, para no morir congelados en la nieve. Gnocchi cayó exhausto al borde del camino; alguien lo recogió y ató a un trineo y así pudo salvarse. Gnocchi contó después en su libro “Cristo con los alpinos”: “He visto donde puede llegar el egoísmo y la brutalidad humana: luchar por un pedazo de pan o de carne a golpes de bayoneta, aplastar con el fusil las manos de los heridos al borde del camino que se agarraban a los trineos como náufragos a una tabla de salvación…”. Cuenta el ingeniero Ugo Balzari, de 90 años: “Fui yo que lo llevé al capellán arriba de mis espaldas en esquí sobre el borde helado del Don para celebrar la Navidad. Él no llevaba armas, ni para defenderse. Bendecía a los muertos, sin mirar si eran de los nuestros o enemigos, de rodillas con 40 grados bajo cero en la nieve”. Al volver de la guerra en un tren lleno de heridos, un moribundo sabiendo de su generosidad lo llamó y le dijo: “Le encomiendo a mi hijo, se lo suplico”. “Quédate tranquilo, yo me encargo”, le contestó el capellán. Fue como un juramento para el presbítero, un voto que él cumplió después para todos los niños huérfanos de la guerra. A los moribundos que había asistido en Rusia, a todos les había dicho: “Me encargaré de tus hijos”, “Iré a visitar a tu familia” y tenía atiborrada de nombres y direcciones su agenda. Al volver a Italia hizo una larga y fatigosa campaña visitando a todas las familias de los caídos en Rusia. Se dedicó también a salvar judíos en un país todavía ocupado por los alemanes, apoyó la resistencia, fue arrestado y encarcelado hasta que una intervención de Hildefonso Schuster, obispo de Milán, lo salvó.

 

PEDAGOGÍA DEL DOLOR INOCENTE
El 8 de diciembre de 1945, ya estando a cargo de una obra social de la arquidiócesis, le trajeron a un niño; su padre había muerto en Rusia y ya no tenía madre. Fue el primero del que Gnocchi se hizo cargo. A este se le añadieron después chicos víctimas de bombas y proyectiles, sin brazos, sin manos, sin piernas. Fue una de las tragedias de la posguerra; cantidad de chicos jugando con armas que habían quedado por doquiera sin estallar, quedaban inválidos para siempre. carlo-gnocchiEl primero de estos fue un chico de 8 años, sin una pierna. Su madre se lo encargó diciendo: “No tengo más para darle de comer; he gastado todo en remedios. Que él siga viviendo con usted. Yo puedo tirarme bajo un tren”. Besó el niño  y se escapó. Nadie pudo pararla y nada más se supo de ella. A lo largo de los primeros días el chico lloraba y se desesperaba, le pegaba y rasguñaba al cura que lo acompañaba en todo momento con cariño, hasta que un día le echó los brazos al cuello y todo cambió. Este niño se llama hoy Paolo Balducci y fue uno de los primeros colaboradores de la “Obra don Gnocchi”. Fue en 1948 que nació oficialmente esta obra a favor de la infancia víctima de la guerra. En poco tiempo subieron a cinco mil los niños, mutilados y discapacitados físicos y síquicos, atendidos por la Obra. Gnocchi en 1956 escribió un libro que es casi su testamento espiritual: “Pedagogía del dolor inocente”, donde explica su metodología de rehabilitación integral de los niños. Además de educador Gnocchi se presenta como un guía espiritual enfrentando desde la fe el enigma del dolor inocente. Escribe: “Los niños inocentes sufren por culpa nuestra, pero sus sufrimientos están destinados a ayudar a quien no tiene fe, a redimir al que obra el mal. Hay en el cuerpo místico de la Iglesia almas que con su sufrimiento purifican todo el organismo. Entre ellas seguramente están los niños, llamados a sufrir siendo los más inocentes; por eso su sacrificio se asemeja todavía más al del Cordero inmaculado de Dios que quita los pecados del mundo”. Les pedía a los chicos unir sus penas a las de Jesús para salvar el mundo.

 

VER A DIOS EN LOS OJOS DE LOS NIÑOS
Gnocchi fue un emprendedor de la caridad siguiendo el ejemplo de otros curas famosos de sus tierras: Cafasso, Orione, Guanella… Supo promover una ola de solidaridad para con su obra. Creía en la Providencia: “Los hombres pagan el uno por ciento; Dios paga el ciento por uno”. También escribió: “Siempre he buscado las huellas de Dios en mi vida y me ha parecido encontrarlas en los ojos limpios y luminosos de los chicos”. Dejó dicho antes de morir: “Otros podrán ser más capacitados que yo en servir a estos chicos, pero nadie quizás podrá amarlos como yo los he amado”. Hasta el final de su vida pensó y trabajó para una obra piloto al servicio de los niños no autosuficientes “donde todo desde las sillas, los bancos, la cama, los servicios, los pisos, las puertas y los juegos fueran adaptados a ellos”. No pudo ver la obra, la que se terminó en los años sesenta. Gnocchi murió apretando y besando el crucifijo que le había regalado su madre para su primera misa. Sus últimas palabras a los presentes fueron: “Gracias por todo”. Antes de morir dispuso que se donaran las corneas de sus ojos a dos chicos no videntes. Estos volvieron a ver gracias al primer trasplante que se hizo con éxito en Italia, enseguida después de la muerte del sacerdote. Al poco tiempo se legalizó el trasplante de órganos en Italia y el papa Pío XII avaló el gesto heroico del sacerdote. Los funerales fueron celebrados por el arzobispo de Milán Juan Bautista Montini con la asistencia de cien mil personas que desbordaron el templo y la plaza. Alrededor del féretro los chicos inválidos eran llevados sobre las espaldas de hombres de la Obra para que lo vieran todo. El arzobispo no quiso hablar por la emoción y quiso que hablara al micrófono uno de los chicos. Fueron palabras breves, pero acompañadas de una interminable ovación: “Antes te decía: chau don Carlos. Ahora te digo: chau san Carlos”.  Hoy la Obra (la “barraca” como él la llamaba) está difundida en decenas de centros y ambulatorios que atienden también a enfermos terminales, poliomielíticos, Alzheimer y todo tipo de discapacidad. Había escrito Gnocchi, joven sacerdote: “Deseo y ruego a Dios por una sola cosa: servir a lo largo de toda mi vida a sus pobres. Esta será mi “carrera”. No sé si seré digno de esta gracia, porque es un privilegio”.

                                                                       PRIMO CORBELLI

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