YVES CONGAR: DESTIERRO Y CONCILIO

 

YvesCongar
“He amado a la verdad como se ama a una persona”. Yves Congar.

“Padre e inspirador del Concilio”; así definió el obispo teólogo Bruno Forte al dominico p. Yves Congar, fallecido hace más de 50 años atrás. En el aniversario del Concilio no podemos olvidar esta figura excepcional que fue uno de sus protagonistas.

 

Bruno Forte también lo definió como “el mayor teólogo de eclesiología del siglo XX”. Yves Congar estudió y enseñó en el ámbito del centro teológico de los dominicos de El Saulchoir en Bélgica y tuvo como colegas a grandes teólogos como Chenú, Danielou, De Lubac, que promovían la “nouvelle teologíe” (nueva teología) en pos de la renovación de la Iglesia. En la Segunda Guerra Mundial fue movilizado en 1939, capturado por los alemanes y tuvo que pasar unos 4 años primero en la cárcel y después en un campo de concentración nazi en Alemania. Dos años antes había escrito el libro: “Cristianos desunidos; principios de un ecumenismo católico”, que cayó mal en el Vaticano porque en aquellos tiempos no se quería oír hablar de ecumenismo por considerarlo un movimiento protestante. Había salido un documento (“Ecclesia Catholica”) desaconsejando la participación en el movimiento ecuménico. Congar sentía una fuerte inclinación hacia el ecumenismo desde chico cuando un pastor protestante había puesto amablemente a disposición del párroco de su pueblo, cuya iglesia había sido destruida por las bombas, su propia capilla. En el lager nazi tuvo varios contactos con protestantes y anglicanos e hizo muchas amistades. Su tesis de doctorado de teología había sido la “Unidad de la Iglesia”. En 1950 publicó otro libro de relevancia: “Verdadera y falsa reforma de la Iglesia”, orientándose cada vez más hacia la eclesiología.

El libro fue censurado por el Vaticano porque el tema de la “reforma” de la Iglesia era tema tabú, palabra prohibida. Las autoridades de la Orden le mandaron no hablar más, no enseñar y entregar sus escritos previamente a la censura eclesiástica. En 1952 viajó a Roma para someterse a un tribunal eclesiástico romano. No desistió y en 1953 publicó su obra más importante: “Puntos base para una teología del laicado”. En 1954 apoyó a los curas obreros. Las consecuencias fueron terribles. P. Congar obedeció siempre, pero la prueba lo llevó casi a la desesperación. Por diez años fue apartado de la enseñanza, sancionado y marginado de toda actividad pública. Tuvo que exilarse en Jerusalén. Nunca supo exactamente las acusaciones de tipo teológico que se le dirigían. Él criticaba la teología especulativa, barroca, de manual sin ninguna relación con la vida y la actualidad. También denunciaba el secretismo romano como el de un “sistema policial”. Según él, la Curia Romana “aplasta las personalidades creativas y premia personalidades mediocres y nulidades absolutas, incapaces de responder a los desafíos de nuestro tiempo. Sus decisiones no se discuten y todo se reduce a la obediencia”. Recibido en audiencia por Pío XII, tuvo una impresión positiva, pero no de los que lo rodeaban. Únicamente Juan Bautista Montini lo supo escuchar. Escribió: “El sistema ha fabricado a unos servidores a su imagen y semejanza”. Rechazaba el rostro autoritario y triunfalista de la Iglesia y a esos obispos “encorvados absolutamente en la pasividad y en el servilismo casi infantil a Roma”. Se oponía, en cuanto a los argumentos que no tocaban el dogma, a que la teología solo sirviera para “comentar los discursos del Papa”. Quizás estas expresiones fueron las que enfadaron al Vaticano, a pesar de que respondían a la realidad.

 

EL DESTIERRO

A fines de 1955 el Superior General de los Dominicos envió a Congar a la casa de los Dominios en Cambridge, después de una estancia en la Escuela Bíblica de Jerusalén. No sabemos mucho de ese largo periodo de sufrimiento, pero una carta hasta hace poco inédita, enviada a su madre por sus 80 cumpleaños, fechada en setiembre de 1956 en Cambridge, revela su martirio secreto. Le dice a la madre que ella lo entiende “mucho más que tantos compañeros y amigos, menos acostumbrados a sufrir y amar”. Efectivamente su madre era una mujer cultísima y cariñosa que llevó adelante el hogar con el marido enfermo y cuatro hijos. En la carta se desahoga diciendo: “Roma jamás ha buscado ni busca sino una sola cosa: la afirmación de su autoridad. Ha llegado con 90 años de atraso a entender el movimiento litúrgico y ahora quiere que no se escape de su control. El Papa actual, sobre todo después de 1950, ha desarrollado hasta la obsesión un régimen paternalista consistente en que él y solo él diga al mundo y a cada uno (sobre cualquier argumento) lo que es necesario pensar y como hay que actuar”. Su amargura lo lleva a confiarle a la madre: “Me han destruido. Todo aquello en lo que he creído y a lo que me he dedicado, ahora me lo impiden: ecumenismo, enseñanza, conferencias, apostolado sacerdotal, prensa, congresos. Me han reducido a nada. Es como ser muertos en vida. En el campo de concentración tenía camaradas para conversar y eso me ayudaba a vivir. Aquí hasta he llegado a llorar en esta soledad sin salida”. Y recordando al gran biblista p. Sertillanges al que se le había permitido volver a Francia a los 80 años escribe: “al final puede suceder como con los judíos que construían monumentos fúnebres a los profetas después de haberlos matado”. Sin saberlo, profetizaba sobre su suerte; tan solo un año antes de su muerte será creado cardenal por Juan Pablo II “por los insignes servicios hechos a la Iglesia”. Después del desahogo, Congar piensa en su madre que vive en Francia, la que se dedica con cariño a “su tarea del momento y encuentra en ella la voluntad de Dios y allí está, de cuerpo entero”. Le escribe con cariño: “Pensando en ti, siempre entregada al servicio de los demás y del papá enfermo, me parece que soy excesivamente egoísta en quejarme. Debo aceptar mejor mis desgracias, más humildemente y en comunión con la voluntad de Dios, tomar parte en la cruz de Jesús, de los demás y en la pena del mundo”. Al final de esta carta de antología, escribe Congar a la madre: “Hubiera querido ofrecerte en tus 80 años de vida la satisfacción legítima de una vida lograda y no, este grito de mi pobreza y angustia. Sé que tienes el corazón demasiado alto y purificado para embargarte tú también en esta angustia. Te ofrezco a pesar de todo, mi corazón infinitamente amante y agradecido. Te abrazo 80 veces, desde lejos pero muy cerca”.

 

EL CONCILIO

 

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Con el joven Ratzinger

Muerto Pío XII, su sucesor el Papa Juan que había conocido a Congar y a los teólogos franceses cuando era Nuncio Apostólico en París, lo invitó personalmente a participar como consultor de la Comisión Teológica Pontificia del Concilio. Fue en el Concilio Vaticano II que se dio la resurrección de Congar y allí, junto a los mejores teólogos del Concilio (Rahner, de Lubac, Schillebeeck, Kung, Ratzinger, Philips…) pudo explicitar sus enormes conocimientos. Los temas para los cuales tanto había luchado, fueron los principales del Concilio. Su sacrificio, su silencio heroico, su obediencia habían sido providenciales y fecundos. El mismo Pablo VI dijo de él, que había sido el teólogo que más había trabajado y aportado para la preparación del Concilio. A él se debe en gran parte la nueva eclesiología del Concilio y la definición de la Iglesia como “Pueblo de Dios”. Trabajó sobre todo en temas como el ecumenismo, los laicos en la Iglesia, la libertad religiosa, las religiones no cristianas, la Iglesia y el Espíritu Santo. Escribió un libro profético: “Por una Iglesia servidora y pobre” que fue un texto básico para los obispos que firmaron después el Pacto de las Catacumbas. Congar, que ya había sido uno de los protagonistas del primer Congreso Mundial de Laicos en 1954 y había apoyado a la JOC, promovió también los Ministerios Laicales, el Diaconado Permanente para los varones y también para las mujeres. Escribía: “Los laicos son sujetos de la pastoral, no objetos. Y esto vale sobre todo para las mujeres; muchas de ellas están desilusionadas por el rol insignificante que a ellas se les atribuye”. Congar siguió trabajando hasta 1984 cuando una paraplejía lo fue como inmovilizando y reduciéndolo a un sillón a ruedas. Pero siguió hasta lo último defendiendo la libertad de opinión y el libre debate en la Iglesia, apoyando a Leonardo Boff y a los teólogos de la liberación. Recién un año antes de su muerte le llegó el nombramiento al cardenalato. Congar vistió la capa roja de los cardenales consciente de su simbolismo. No solo sufrió por la Iglesia sino también por parte de la Iglesia a la cual había dedicado su vida y ese fue su martirio más doloroso porque le venía de aquellos que creían honrar a Dios. Murió el 22 de junio de 1995. Había dicho: “He consagrado mi vida al servicio de la verdad, a la que he amado como se ama a una persona”.

 

 

                                                                                     PRIMO CORBELLI

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