tema central: EL MINISTERIO DE LA MISERICORDIA

5aaa6-papafranciscomisericordiaUno de los grandes objetivos del Jubileo de la Misericordia fijado por el Papa Francisco es el fortalecimiento del sacramento de la Reconciliación. Este sacramento está en crisis y hay que restaurarlo de otra forma. Ha escrito el teólogo Walter Kasper: “Para el futuro de la Iglesia será esencial elaborar un nuevo orden penitencial y llevar a cabo una renovación del sacramento”. Sin excluir esta posibilidad, ¿no será también cierto que todavía no hemos explotado plenamente las orientaciones que nos dio el Concilio?

 

¿CRISIS DEL SACRAMENTO?

Muchos en la Iglesia se quejan de que se ha perdido el sentido del pecado; ¿no será esta una reacción a la que era antes una obsesión por el pecado? Lo que seguramente hay, es una nueva sensibilidad. Se tolera más lo que afecta a lo individual (siempre que no perjudique a los demás), que lo que afecta a la comunidad y a la sociedad. La sensibilidad moral en el ámbito de la Iglesia estaba centrada antes en los pecados sexuales y de tipo familiar o en las faltas a la misa dominical, mientras que ahora se pone el acento sobre las transgresiones a la caridad, a la justicia, a los derechos humanos; son pecados sociales que sin duda son mucho más graves (Mt 23,23-24). Un destacado catequista y maestro de catequistas, el p. Francisco de Vos, escribe: “Se dice que la moral hoy es permisiva, pero al mismo tiempo hay que reconocer que antes era puritana. Se dice que es subjetiva, pero antes era legalista y casuística. Se dice que se rige tan solo por la consciencia de cada uno, pero antes era puro cumplimiento exterior. Se han perdido algunos valores, pero se han reencontrado o descubierto otros. Por lo tanto no todos los tiempos pasados fueron mejores y cada generación tiene su propia sensibilidad”. En realidad la sociedad actual es menos inhibida y lo que antes se hacía en la oscuridad, hoy se hace públicamente.

confesion1¿Crisis del sacramento? Es indudable la disminución en la participación de este sacramento. Antes se excedía en su administración (no se podía comulgar sin antes confesarse); ahora, como una reacción, casi todos comulgan sin confesar. Si bien la comunión es Pan para los débiles y una orden tajante de Jesús (“tomen y coman”), es a partir de la fe y la humildad que ese Pan podrá alimentarnos. El reconocimiento de nuestros pecados, de nuestra debilidad e indignidad, hacen posible acudir con confianza a un Amigo fiel y a un Médico espiritual que quiere curar nuestra heridas. Es obvio que la sola preocupación de confesarse para poder comulgar, no es suficiente si no hay un compromiso de fidelidad diaria al Evangelio. Además, si bien no hay que vincular la confesión con la comunión, también es cierto que la confesión periódica (por los menos en las grandes celebraciones comunitarias del año litúrgico) ayuda, con la gracia del sacramento y los consejos del sacerdote, a progresar en la vida cristiana. Cuando los pecados que llamamos veniales o leves son frecuentes y no se lucha contra ellos, llevan a la mediocridad y al estancamiento espiritual.

 

¿ “TRIBUNAL” DE LA PENITENCIA?

La crisis del sacramento se debe también a una falsa imagen de Dios que se nos ha transmitido a lo largo de generaciones y que ha provocado el alejamiento de muchos. Antes, el confesionario era presentado como el “tribunal de la Penitencia” para la rendición de cuentas a un Dios Juez que exigía la confesión detallada y minuciosa de todos los pecados, con sacerdotes que insistían en rigurosos interrogatorios. Todo esto terminaba siendo un tormento. La moral era presentada en forma negativa; era la moral de lo prohibido. No faltó quien dijera: “En la Iglesia Católica todo está prohibido y lo que está permitido es obligatorio”. En consecuencia esa moral hecha de mandamientos y prohibiciones suscitaba el miedo a Dios y el rechazo. Hay gente que aún ahora vive la moral y los mandamientos como una imposición (y piensa por dentro: “si Dios no existiera, cuantas cosas que podría hacer que ahora no puedo…”). La religión sería cumplir con unos deberes, guardar unos límites, observar unas prácticas…; pero esto no tiene nada que ver con la “buena noticia” de Jesús. No estamos obligados a nada en la vida cristiana; o todo se hace por amor, o no sirve. La verdadera fe cristiana que nos ha recordado el Concilio es la fe en un Dios misericordioso y bueno, tal como se ha revelado en Jesucristo. La moral es algo positivo, como un camino, un proceso gradual de maduración para el hombre. Es la moral de la felicidad; porque significa seguir el camino de las Bienaventuranzas. Dios rechaza las imposiciones, y los mandamientos son invitaciones que se nos hacen para nuestro bien; el mensaje de Cristo es un mensaje de amor, y por lo tanto liberador. Las cosas no son buenas o malas porque Dios las permite o no. Dios las desea o no, según si son buenas o malas para nuestra felicidad.

También la palabra “penitencia” sonaba a castigo y a menudo solo indicaba las obras y oraciones impuestas por el sacerdote para una apropiada reparación. En realidad la palabra “penitencia” viene del latín que traduce una palabra griega (metánoia) que significa cambio de mentalidad, conversión. Es el esfuerzo de acercamiento a Dios y al Evangelio que debe preceder y acompañar al sacramento. Generalmente hablamos del sacramento diciendo: “me voy a confesar” o “hace mucho que no me confieso”. Sin embargo ese no es el objetivo principal del sacramento. No es suficiente desembolsar una larga lista de pecados para volver a casa tranquilos. El objetivo no es lavarse, purificarse, hacer un baño espiritual y dejar atrás los pecados con un solo golpe de esponja.

 

¿ “PENITENCIA” O CONVERSIÓN?

El objetivo es la conversión permanente, obra de la gracia de Dios y de un esfuerzo por parte nuestra que requiere un examen constante de nuestra conducta y la perseverancia en el caminar. Es el camino del hijo pródigo, de regreso a la casa del padre. Hay que hacer un cultivo permanente de la vida espiritual. Hay muchos católicos adultos que no han pasado del catecismo de primera comunión. No se puede seguir vistiendo el traje de los 10, 12 años a los cuarenta. Se crece en todos los demás órdenes, menos en el espiritual. Es evidente el desajuste, debido a una fe superficial e insignificante. La conversión no empieza ni termina con el sacramento. El sacramento es una etapa de un proceso que debe durar toda la vida y que implica una maduración creciente en la fe y el compromiso. La palabra “penitencia” puede evocar erróneamente la idea de una prenda a pagar, de sacrificios y mortificaciones a cumplir. Pero el amor del Padre es gratuito. Muchos han banalizado el sacramento reduciéndolo a un sacramento tan barato que todo lo arregla con tan solo tres Ave María; de allí se dedujo la escasa relevancia del pecado y del mismo sacramento. Dicen que en el pasado los penitentes iban a pie a Santiago de Compostela o a Roma y así podían decir de haber “merecido” el perdón de Dios. Detrás de estas consideraciones está la idea de que el hombre puede autojustificarse con sus méritos y esfuerzos, tal como pensaban los fariseos del evangelio.

hijo prodigoPor el contrario el perdón de Dios, como el del padre del hijo pródigo, es totalmente gratuito. Gratuito, pero no barato. No es desobedecer a una ley, sino traicionar a un padre, a una madre, a un amigo que nos ama entrañablemente. Amor con amor se paga. Dios es justo y es juez, pero misericordioso en el juzgarnos como solo lo puede ser una madre con su hijo. Su justicia es una justicia salvífica, capaz de vencer el mal con el bien. Pero el perdón permanente de Dios exige de nosotros una respuesta sumamente generosa. Nos exige también que perdonemos al hermano. Si no perdonamos a los hermanos, tampoco el Padre nos perdonará a nosotros (Mt 6,15).

El término “sacramento de reconciliación” expresa mejor la iniciativa de Dios que quiere reconciliarnos con Él, con nuestros hermanos y con nosotros mismos. Igual que en la parábola del hijo prodigo, el protagonista del sacramento es el Padre que nos acoge. Más allá de encontrar un buen confesor que nos comprenda y nos aliente, está Dios que quiere crear en nosotros un corazón nuevo, un espíritu nuevo a imagen de su Hijo Jesús.

 

¿CONFESARSE DIRECTAMENTE A DIOS?

Por otra parte al hablar de sacramento de la “confesión” muchos identificaban antes el sacramento con la simple enumeración de los pecados, lo más exactamente posible. Y esta confesión había que hacerla en esos muebles oscuros tan poco atrayentes que eran los viejos confesionarios. Algunos siguen pensando que lo más importante es una detallada confesión de los pecados porque es necesario sentir la dificultad, la vergüenza, la humillación de haber pecado. En realidad, esto es masoquismo. La verdad nos hace libres. Lo que sucede es que Dios nos perdona, pero nosotros no nos perdonamos debido a nuestro orgullo. La plena aceptación de nosotros mismos y de los demás es el punto de partida de una verdadera madurez. Los encuentros de los pecadores con Jesús en el Evangelio eran encuentros de fiesta. El les hacía sentir su ternura, su extrema delicadez y discreción como en el caso de Zaqueo, la adultera, la samaritana, la prostituta en casa del fariseo, los mismos discípulos después que lo abandonaron; no hubo reproches, rezongos, preguntas curiosas e indiscretas, interrogatorios. El Padre no amonesta al hijo pródigo sino que lo abraza, no lo castiga sino que hace fiesta. Cuando el sacramento, que es por excelencia el sacramento de la alegría, se vive con angustia y tristeza o como una carga, no puede ser celebrado como sacramento. Si el sacerdote hace alguna pregunta es para contestar alguna duda o para ayudar al penitente a expresarse; y tan solo en lo esencial. Al hablar de “confesión” la Iglesia siempre entendió antes que nada lo de confesar nuestra fe en la misericordia de Dios, en el perdón de Dios, agradeciéndole su fidelidad. La confesión se hace frente a un sacerdote, porque el perdón nos viene desde afuera (nadie puede absolverse a sí mismo), a través de un hermano que lo hace en nombre del Señor y de la comunidad que también queda afectada. Dice el Papa Francisco: “Si no eres capaz de hablar de tus pecados al hermano, seguramente tampoco serás capaz de reconocer tus pecados frente a Dios”. La mediación del sacerdote establecida por Cristo sirve para no auto engañarnos; nos obliga a enfrentarnos con la verdad. “Solo el hermano nos puede salvar de la ilusión”, decía el pastor protestante Dietrich Bonoeffer. Cuando uno afirma después de largo tiempo: “No tengo pecados”, es porque su insensibilidad y ceguera son fruto del mismo pecado y precisan entonces de alguien que les ayude a abrir los ojos. Cristo no ha dicho: “Cuando estén en pecado, pidan perdón directamente a Dios”, sino: “A quienes ustedes perdonen los pecados, les serán perdonados” (Jn 20,23). Lo que no significa que para los pecados menores (o veniales) haya que recurrir necesariamente al sacerdote. A través de la Eucaristía, la oración, las obras de caridad también se puede obtener el perdón de Dios. Por otro lado, tampoco es tan generalizada esa vergüenza infantil para desnudarse espiritualmente que algunos dicen tener. Por el contrario, le gusta a la gente hoy hablar de sus problemas con alguien que le escuche. La gente se confiesa en los diarios, revistas, por televisión, radio, en cualquier consultorio. La vergüenza con respecto al sacramento se da más bien por el infantilismo, la mediocridad y el paternalismo con el cual se administra a veces el sacramento.

 

¿SE PERDIÓ EL SENTIDO DEL PECADO?

Con la crisis de la fe en Dios debido al materialismo, al secularismo y a una falsa imagen de Dios que se nos ha predicado por largo tiempo, también ha entrado en crisis el concepto de pecado. Hay que reconocer que también se ha desarrollado al mismo tiempo una moral o ética laica, fundada en la racionalidad, con importantes aportes a la moral social sobre temas como los derechos humanos, la libertad de religión y la tolerancia, la promoción de la paz, la dignidad de la mujer, la participación democrática, la justicia y la solidaridad, la reforma de las estructuras económicas, el cuidado del ambiente. Escribió el moralista católico Marciano Vidal: “Los cristianos no debemos seguir repitiendo: ‘Si Dios no existe, todo está permitido’. Hay valores auténticos que se fueron dando y se dan al margen de la religión oficial. Muchas veces en la Iglesia se cuela el mosquito de la inmoralidad individual (sexual, familiar) mientras se traga el camello de la inmoralidad social”. Al mismo tiempo sin embargo se tiende a quitarles responsabilidad a las personas. Muchos viven una ilusión de inocencia patológica; la culpa siempre es de la sociedad. Se llega hasta a negar o querer superar el sentido de culpa; como si todo fuera cuestión de educación y cultura. El sentido de culpa no es creación de la religión, sino un sentimiento natural y sano (no hay que confundirlo con el “complejo de culpa”), que nos puede ayudar a crecer y madurar. También entre los cristianos hay cierta inocencia ética que se reduce muchas veces a no matar, no robar, no dañar al prójimo como si Cristo se hubiera limitado a esto. Por otro lado el sentido de pecado es mucho más que el sentido de culpa; presupone la fe verdadera. El “pecado” es un concepto religioso. Cuando el sentido de culpa se transforma en confianza en el perdón de Dios cuyo amor es siempre fiel, entonces llega el perdón y la paz. Por el contrario, el simple remordimiento puede transformarse en desánimo, cerrazón, angustia, repliegue sobre sí mismo y en un monólogo exasperante, en vez de ser un diálogo amoroso con el Padre Dios. El pecado es negarse a crecer como hijos y hermanos. El pecado entristece a Dios, pero solo en cuanto daña al hombre que Él ama. “Ellos creen dañarme a mí; pero en realidad se dañan a sí mismos” (Jer 7,19). Dios es herido por el pecado, pero no en su honor sino en su amor, por ser un amor no correspondido. El pecado no es interesante. Puede ser atrayente y engañoso, pero produce vacío, tristeza y hastío en los que se prostituyen, se aprovechan de los demás, son egoístas y violentos. El pecado deshumaniza. Se dice que “pecar es humano” pero el que vence al pecado, y no el que es vencido por él, es profundamente humano. Cristo es el “hombre nuevo” porque no tiene pecados y no a pesar de no tener pecados.

 

¿ SEGUIR LA PROPIA CONCIENCIA?

Muchos hoy se creen cristianos adultos y piensan que con seguir su propia conciencia, es suficiente y no se precisa otra cosa. Es cierto que hay que seguir siempre los dictámenes de la conciencia aunque esté objetivamente equivocada, pero esa conciencia ha de ser permanentemente cuestionada e iluminada a la luz del Evangelio y de la enseñanza de la Iglesia, por no terminar siendo un cómodo pretexto. Ya decía M. Blondel: “Si el Evangelio no es fuente de referencia permanente, a fuerza de obrar como se piensa, se termina pensando como se obra”.

Es imprescindible formar la conciencia para que solo se deje guiar por la Palabra de Dios y no por lo que “está de moda”, lo que “todos hacen”, lo que “piensa la mayoría” o por nuestra inercia. Si nuestra conciencia no ha madurado y crecido con los años, no nos daremos cuenta y seguiremos confesando pecados de niños. Los pecados más graves que son los pecados contra la justicia y la caridad, difícilmente se confiesan. Muchos, sin saberlo ni quererlo, son como los antiguos fariseos que se consideraban “justos” por ir al templo; por eso también hoy lo que más se confiesa es no haber ido a Misa el domingo. Sin embargo en el Evangelio la verdadera lucha es entre Dios y el Dinero, que se presenta como el dios alternativo. Quizás esto también se deba a que en la predicación poco se habla del buen uso del dinero, de la justicia, de la Doctrina Social de la Iglesia, de la Opción por los Pobres. Otros temas ausentes son la no violencia, la denuncia del armamentismo, del tráfico y la proliferación de armas, la devastación del medio ambiente. La estafa, el incumplimiento en el trabajo, la competencia desleal, los salarios de hambre o en negro, la acumulación desmedida de dinero, el derroche consumista, la indiferencia hacia el que sufre, la corrupción.., parecerían no entrar en el catálogo normal de los pecados. Los pecados más graves son los pecados de omisión hacia los hermanos más pobres y desfavorecidos, como está establecido en el juicio universal (Mt 25,31-46). De muchos pecados graves podemos ser indirectamente cómplices por no decir nada o por tolerar. La madre que comete aborto siente en sí misma, y quizás por toda la vida, la marca de ese crimen; pero no menos grave es la culpa de los que sabiendo no dijeron nada o peor aún la aconsejaron para abortar: el padre, la familia, los médicos.

 

¿SIRVE CONFESARSE?

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Por parte de muchos cristianos la objeción más fuerte hoy es, simplemente, que este sacramento no sirve. Tantas confesiones, tantos padrenuestros y absoluciones, y nada cambia en nuestra vida. Estos cristianos se olvidan que la vida espiritual va creciendo lentamente, en forma imperceptible, como una semilla. Aceptar nuestra miseria y debilidad es la verdadera penitencia que nos impone este sacramento, pero con la confianza puesta en Dios. Nuestra ambición nos lleva al perfeccionismo; no para agradar a Dios, sino a nuestro orgullo. Queremos estar contentos de nosotros mismos, más que de Dios. Muchos no toleran confesar siempre los mismos pecados. Quisieran no tener necesidad de confesarse y así prescindir de Dios. El sacramento no es una deuda que se paga, para después no deber nada a nadie. Nosotros siempre seremos pecadores y necesitados de Dios, pero su perdón nos irá purificando y fortaleciendo. Uno se siente cada vez más pecador en la medida que más se acerca a Dios; y más, siente la necesidad de Él. Dios es capaz hasta de sacar del mal un bien mayor y convertir las faltas en benditas faltas. Por más que uno se sienta seguro de volver a caer en los mismos pecados debido a su debilidad, si tiene buena voluntad debe acudir al sacramento una y otra vez. El sacramento además del perdón nos da la gracia de Dios para ir curando nuestras heridas. No cabe duda que la experiencia del perdón de Dios en forma inmediata, personal, directa y concreta es una experiencia única de liberación interior, paz y alegría; una oportunidad para volver de nuevo a empezar.

La frecuencia del sacramento no debe hacernos experimentar necesariamente que somos cada vez más buenos, sino que estamos cada vez más unidos a Cristo, el buen Pastor y el Médico que carga sobre sus hombros la oveja herida. No importa caer si se cae subiendo. Hay gente que dice: “Yo soy así, no puedo cambiar”. Es una postura cobarde y suicida; y es además falta de confianza en el poder de Dios. Dios nos va modelando de a poco a imagen de su Hijo con paciencia y a paso de hombre.

 

UN SACRAMENTO A EVANGELIZAR

Este sacramento necesita ser más evangelizado a todos los niveles, pero sobre todo para los católicos que acuden a la Iglesia en ocasión de un bautismo, de una primera comunión o un funeral. Todos comulgan, sin saber de qué se trata, para acompañar al niño que hace su primera comunión o en el funeral para acompañar en su dolor a los familiares del difunto. Muchos acuden al sacerdote para desahogarse y contarle sus problemas. Si bien es conveniente que el asesoramiento espiritual se dé fuera del sacramento, hay que recordar que este sacramento es también el sacramento del consuelo y la escucha; y nadie tiene que irse sin sentirse acompañado y bendecido.

Tampoco se ha logrado aún darle cabida a la Palabra de Dios al comienzo de la celebración del sacramento, sobre todo cuando se lo practica en forma individual y privada. El sacramento no se abre con la confesión de los pecados sino con el anuncio de la misericordia de Dios a través de la lectura de párrafos evangélicos, a la que sigue después nuestra respuesta. Esto es más fácil en las celebraciones comunitarias, pero aún en la confesión individual el feligrés ha de prepararse con la lectura orante de la Biblia; solo la Palabra de Dios puede movernos a conversión. En este Año de la Misericordia el papa Francisco puso como ejemplo para los confesores al p. Leopoldo Mandic. Este fraile capuchino era toda bondad y a quien se quejaba de la poca atención que prestaba a la acusación detallada de los pecados, le decía: “Dios sabe todo, hijo, y te perdona”. A quienes lo acusaban de ser demasiado misericordioso (entre los cuales estaba su obispo), les decía: “Cuando me encuentre frente a Él, le diré: ‘El mal ejemplo me lo diste tú, Señor, porque en la cruz no condenaste a nadie’ ”.

 

                                                                             PRIMO CORBELLI

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