Aniversario – Pacto de las Catacumbas: es vigente

catacumbas-5Es bueno destacar antes de que termine el año, y con él el aniversario de la conclusión del Concilio Vaticano II hace 50 años, lo que el teólogo Jon Sobrino llamó “el legado secreto del Concilio”. Se trata de un hecho que ocurrió al finalizar el Concilio en las Catacumbas de Santa Domitila en las afueras de Roma. El 16 de noviembre de de 1965 se reunieron allí 42 padres conciliares para firmar lo que se llamó “el pacto de las catacumbas”. Era el grupo de la “Iglesia de los pobres” que se había reunido constantemente durante el Concilio, pero que no había logrado el consenso por parte de la asamblea conciliar para sus propuestas. Se reunieron allí para formular un compromiso personal y de grupo. No hubo fotos, ni documento público, ni presencia de prensa; la primera referencia al hecho salió en el diario francés “Le Monde” un mes después. Se quería evitar que ese gesto fuera interpretado como una disonancia o una lección para los demás obispos del Concilio. No se quería obligar ni exigir a nadie un compromiso que era tan solo para los que habían impulsado en el Concilio, alentados por el cardenal Giacomo Lercaro (uno de los cuatro moderadores de la asamblea), una Iglesia pobre para los pobres. En aquella ocasión el inspirador principal de la iniciativa fue el obispo brasileño Helder Cámara, del que ahora se está haciendo el proceso de beatificación. A lo largo de todo el Concilio dom Helder se preguntaba: “¿solo debemos ocuparnos de los problemas internos de la Iglesia, mientras dos tercios de la humanidad se mueren de hambre?”. La Eucaristía la celebró Charles Himmer, obispo de Tournai.

En esas mismas catacumbas había estado Pablo VI dos meses antes afirmando que “aquí la Iglesia se despojó de todo poder humano, fue pobre, fue humilde, fue piadosa, fue opresa, fue heroica”. Los auto-convocados querían volver al espíritu de esa primera Iglesia. El documento que firmaron se llamaba: “Pacto para una Iglesia servidora y pobre”, sobre la huella de un libro con el mismo título del p.Yves Congar. Entre los firmantes latinoamericanos hubo 7 obispos de Brasil, 5 de Colombia, 4 de Argentina (Alberto Devoto de Goya, Vicente Zaspe de Santa Fe, Juan José Iriarte de Reconquista, Enrique Angelelli en aquel tiempo auxiliar de Córdoba), 2 de Uruguay (el obispo de Salto Alfredo Viola y su auxiliar Marcelo Mendiharat) además de Manuel Larrain de Chile, Leónidas Proaño de Ecuador y otros.

El 14 de noviembre pasado se desarrolló un Seminario en la Pontificia Universidad Urbaniana de Roma para recordar este Pacto y el expositor principal fue el teólogo Jon Sobrino. Sobrino rescató este episodio, olvidado por décadas, como un hito de la historia moderna de la Iglesia y como de suma actualidad en el actual pontificado que también se propone una Iglesia pobre para los pobres y así volver al Evangelio de Jesús.

Dijo Sobrino: “En América Latina hubo continuidad entre el Pacto de las Catacumbas y tres años después con la Asamblea de Medellín y más tarde con la de Puebla. De allí surgió la Opción Preferencial para los pobres, a los que no solo hay que amar sino defender sobre todo de los que los empobrecen, aún corriendo todos los riesgos”. Recordó a los Padres y Madres de la Iglesia en América Latina después del Concilio, a los mártires, a las comunidades eclesiales de base, el testimonio de tantos cristianos “por los que la Iglesia se acercó un poco más a Jesús”. El 16 de noviembre Jon Sobrino acompañó al obispo italiano Luigi Bettazzi, uno de los sobrevivientes del Pacto, en la celebración de la Eucaristía en las catacumbas de Santa Domitila, rodeado por una multitud de fieles. Recibió también un abrazo en el Vaticano por parte del Papa Francisco que lo animó a seguir escribiendo, a pesar de que en tiempos pasados se le había prohibido enseñar en las universidades católicas. Otro teólogo, Paulo Suess, también habló del Pacto como de un Manifiesto que todavía espera su concreción en toda la Iglesia: “Ahora el Pacto ha de salir de la catacumba, ha de ser un Pacto público para toda una Iglesia en salida”.
El pacto de las catacumbas

Nosotros, obispos, reunidos en el Concilio Vaticano II, conscientes de las deficiencias de nuestra vida de pobreza según el evangelio; motivados los unos por los otros, en una iniciativa en que cada uno de nosotros quisiera evitar la excepcionalidad y la presunción; unidos a todos nuestros hermanos de episcopado; contando sobre todo con la gracia y la fuerza de Nuestro Señor Jesucristo, con la oración de los fieles y de los sacerdotes de nuestras respectivas diócesis; poniéndonos con el pensamiento y la oración ante la Trinidad, ante la Iglesia de Cristo y ante los sacerdotes y los fieles de nuestras diócesis, con humildad y con conciencia de nuestra flaqueza, pero también con toda la determinación y toda la fuerza que Dios nos quiere dar como gracia suya, nos comprometemos a lo siguiente:

1) Procuraremos vivir según el modo ordinario de nuestra población, en lo que concierne a casa, alimentación, medios de locomoción y a todo lo que de ahí se sigue.

2) Renunciamos para siempre a la apariencia y a la realidad de la riqueza, especialmente en el vestir (tejidos ricos, colores llamativos, insignias de material precioso). Esos signos deben ser ciertamente evangélicos: ni oro ni plata.

3) No poseeremos inmuebles ni muebles, ni cuenta bancaria, etc. a nuestro nombre; y si fuera necesario tenerlos, pondremos todo a nombre de la diócesis, o de las obras sociales caritativas.

4) Siempre que sea posible confiaremos la gestión financiera y material de nuestra diócesis a una comisión de laicos competentes y conscientes de su papel apostólico, en la perspectiva de ser menos administradores que pastores y apóstoles.

5) Rechazamos ser llamados, oralmente o por escrito, con nombres y títulos que signifiquen grandeza y poder (Eminencia, Excelencia, Monseñor…). Preferimos ser llamados con el nombre evangélico de Padre.

6) En nuestro comportamiento y en nuestras relaciones sociales evitaremos todo aquello que pueda parecer concesión de privilegios, prioridades o cualquier preferencia a los ricos y a los poderosos (ej: banquetes ofrecidos o aceptados, clases en los servicios religiosos).

7) Del mismo modo, evitaremos incentivar o lisonjear la vanidad de quien sea, con vistas a recompensar o a solicitar dádivas, o por cualquier otra razón. Invitaremos a nuestros fieles a considerar sus dádivas como una participación normal en el culto, en el apostolado y en la acción social.

8) Daremos todo lo que sea necesario de nuestro tiempo, reflexión, corazón, medios, etc. al servicio apostólico y pastoral de las personas y grupos trabajadores y económicamente débiles y subdesarrollados, sin que eso perjudique a otras personas y grupos de la diócesis. Apoyaremos a los laicos, religiosos, diáconos o sacerdotes que el Señor llama a evangelizar a los pobres y los trabajadores compartiendo la vida y el trabajo.

9) Conscientes de las exigencias de la justicia y de la caridad, y de sus relaciones mutuas, procuraremos transformar las obras de “beneficencia” en obras sociales basadas en la caridad y en la justicia, que tengan en cuenta a todos y a todas, como un humilde servicio a los organismos públicos competentes.

10) Haremos todo lo posible para que los responsables de nuestro gobierno y de nuestros servicios públicos decidan y pongan en práctica las leyes, las estructuras y las instituciones sociales necesarias a la justicia, a la igualdad y al desarrollo armónico y total de todo el hombre en todos los hombres, y, así, al advenimiento de otro orden social, nuevo, digno de los hijos del hombre y de los hijos de Dios.

11) Porque la colegialidad de los obispos encuentra su más plena realización evangélica en el servicio en común a las mayorías en estado de miseria física cultural y moral ―dos tercios de la humanidad― nos comprometemos a: -participar, conforme a nuestros medios, en las inversiones urgentes de los episcopados de las naciones pobres;

-pedir juntos a nivel de los organismos internacionales, dando siempre testimonio del evangelio como lo hizo el Papa Pablo VI en las Naciones Unidas, la adopción de estructuras económicas y culturales que no fabriquen más naciones pobres en un mundo cada vez más rico, sino que permitan a las mayorías pobres salir de su miseria.

12) Nos comprometemos a compartir nuestra vida, en caridad pastoral, con nuestros hermanos en Cristo, sacerdotes, religiosos y laicos, para que nuestro ministerio constituya un verdadero servicio; así:
-nos esforzaremos para “revisar nuestra vida” con ellos;
-buscaremos colaboradores que sean más animadores según el Espíritu que jefes según el mundo;
-procuraremos hacernos lo más humanamente presentes y ser acogedores;
-nos mostraremos abiertos a todos, sea cual sea su religión.

13) Cuando volvamos a nuestras diócesis, daremos a conocer a nuestros diocesanos nuestra resolución, rogándoles nos ayuden con su comprensión, su colaboración y sus oraciones.

Que Dios nos ayude a ser fieles
(Catacumba de Santa Domitila, Roma, 16 de noviembre de 1965)

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